Hay códigos sagrados en la escuela. Uno de ellos dice que primer grado va siempre al salón más grande y, si es posible, en planta baja. Son los más chiquitos. Bastante tienen con aprender a leer, escribir y distinguir la goma de borrar de la de mascar como para encima andar escalando pisos con mochilas que pesan más que ellos.
Bueno... en mi escuela ese reglamento lo debía haber escrito un gato.
Ese año mis treinta alumnitos compartían el aula con el felino del casero. "Compartían" es una forma elegante de decirlo. El aula era de él. Nosotros éramos simples ocupantes ilegales que pagábamos el alquiler soportando sus caprichos. El personaje en cuestión se llamaba "Sultán", un nombre que le quedaba pintado porque realmente se comportaba como un monarca absolutista del Imperio Otomano, pero con pulgas.
Sultán entraba cuando quería, salía cuando quería, dormía donde quería y, por supuesto, hacía pis donde quería. Cada mañana la jornada empezaba con una actividad de estimulación olfativa no planificada en el diseño curricular. El aroma a amoníaco era tan intenso que los chicos aprendieron primero a contener la respiración por tres minutos seguidos antes que a distinguir la "M" de la "P". Yo misma desarrollé una resistencia inmunológica digna de un laboratorio de alta complejidad.
Los afiches... ¡qué inocencia la nuestra! Los preparábamos con amor, colores, brillantina, cartulinas troqueladas y horas de insomnio. Para Sultán, todo eso no era material pedagógico: era su gimnasio personal de crossfit y un desafío directo a su autoridad. No dejaba un solo abecedario vivo. Si pegábamos los números del 1 al 10 a la altura de los ojos de los chicos, Sultán saltaba, se colgaba del número 7 (que siempre terminaba decapitado) y se deslizaba hacia abajo usando sus garras como cuchillas. Era el inspector oficial de decoración escolar. Si el afiche no terminaba en flecos en el suelo, significaba que no aprobaba el diseño curricular.
Una tarde intentamos hacer un mural interactivo con texturas: algodón para las nubes, lija para las montañas, porotos para el suelo. Fue el peor error de mi carrera docente. Sultán descubrió que el algodón era ideal para deshilachar, usó las montañas de lija para afilarse las uñas hasta que le quedaron brillantes y se comió la mitad de los porotos, lo que derivó en un problema gástrico al día siguiente que redefinió el concepto de "accidente biológico" en el aula. Los chicos miraban el desastre y me preguntaban: "Seño, ¿el gato va a repetir de grado?". "No, mi amor", respondía yo, secándome una lágrima de frustración, "el gato nos va a evaluar a nosotros".
El problema no era solo el vandalismo, sino su interferencia en el dictado de clases. Sultán tenía una fascinación magnética por mi escritorio. Específicamente, por elos cuadernos de los chicos y los boletines de calificaciones. Cuando yo intentaba corregir , él se acostaba cuan largo era sobre las hojas abiertas. Si intentaba moverlo un centímetro, me clavaba una mirada fija, felina y mafiosa, seguida de un sutil despliegue de garras sobre el papel de calcar. Los chicos ya sabían: si el cuaderno venía con una marca de garra roja, era un "Excelente". Si venía con un pelo blanco pegado, era que Sultán había aprobado la caligrafía.
En las horas de lectura obligatoria, el gato se transformaba en el auditor del silencio. Se subía a la mesa de algún nene distraído y se le sentaba arriba del cuaderno de lectoescritura. Si el nene intentaba leer en voz alta, Sultán lo miraba y emitía un maullido sordo, como un profesor amargado que exige silencio en la biblioteca. Tuvimos un alumno, Santiaguito, que estuvo tres meses convencido de que la letra "S" no sonaba como una serpiente, sino como el ronroneo de Sultán cuando le rascaban la oreja derecha. El atraso alfabetizador de ese año no fue culpa de la pandemia ni de los paros; fue culpa de la hegemonía cultural del gato.
Pedimos soluciones. Hablamos con los directivos, con el casero, con la cooperadora, con el sindicato y casi llamo a las Naciones Unidas. La respuesta institucional era siempre el silencio incómodo... o una mirada de los directivos que parecía decir: "—¿Y qué quieren que hagamos? Él llegó primero". Y tenían razón. El gato tenía más estabilidad laboral que cualquier docente interino o suplente. Tenía antigüedad, conocimiento del terreno y el respaldo político implícito del casero, que controlaba las llaves del edificio. Sultán era parte del mobiliario, pero con garras.
En una reunión de personal, junté coraje y expuse el caso: "El gato orinó el proyecto institucional de lectoescritura que nos llevó tres meses armar". La vicedirectora me miró con lástima, suspiró y me dijo: "Bueno, tomalo como una crítica constructiva, el gato tiene buen ojo para los contenidos". Ahí entendí que estaba sola en esta guerra geopolítica entre la educación pública y el reino animal.
Hasta que un día la directora entró al aula con una sonrisa radiante, de esas que anticipan un milagro de la gestión educativa. Se paró frente a los chicos (que en ese momento estaban intentando rescatar un lápiz que Sultán había metido abajo del armario) y anunció feliz: —¡Encontramos una solución definitiva para el problema del espacio y el felino!
Por un segundo, juro que escuché coros celestiales. Pensé: "¡Al fin! Al fin imperó la cordura. Se llevaron al gato a vivir a la casa del casero, o lo nombraron asesor en el Ministerio de Educación, bien lejos de mis cartulinas".
Pero no. La burocracia escolar tiene caminos misteriosos e infinitamente perversos.
Nos mudaron a nosotros.
Primer grado terminó en un aula mínima, en el primer piso, al fondo del pasillo, justo al lado del depósito de sillas rotas. Era un espacio tan reducido que para abrir una mochila había que pedirle permiso al compañero y coordinar los movimientos corporales para no generar un efecto dominó de cabezas golpeadas. No había ventilación cruzada, las ventanas daban a un patio interno sombrío y el pizarrón era tan chico que solo me entraba la fecha y el título; el resto de la clase tenía que dictarlo como si estuviéramos en la Edad Media.
El gato, en cambio, conservó su salón enorme en planta baja, con ventanales a la calle, excelente ventilación, sol de mañana ideal para sus reumas, y lo mejor de todo: sin treinta chicos ruidosos que interrumpieran sus dieciocho horas de siesta diarias. Consiguió el aula premium sin haber aprobado un solo concurso de titularización.
Los primeros días en el piso de arriba fueron duros. Los chicos extrañaban el peligro. "Seño", me dijo un día un nene mirando el piso limpio, "este salón es aburrido, no tiene olor a aventura". No quise explicarle que lo que extrañaba era el olor a pis concentrado que le destruía las neuronas.
Moraleja: en algunas escuelas no importa cuántos años estudies para ser maestra, cuántos cursos hagas, ni cuántas estrategias de inclusión implementes en el aula. Si sos un gato... ascendés más rápido y conseguís mejores condiciones edilicias.
Años después, cuando cambié de escuela, supe por boca de unas colegas que el gato siguió ocupando el salón de planta baja por muchísimo tiempo más. Se convirtió en una leyenda urbana viviente. Dicen las maestras nuevas que Sultán todavía recorre los pasillos con un paso lento y aristocrático.
Y juran, con total seriedad, que cuando hay reunión de personal y se debaten temas pesados como el presupuesto de la cooperadora o las fechas de los actos escolares, Sultán entra al piso tecnológico, se sienta en la silla de la cabecera, mira fijamente a la directora, y maúlla dos veces con tono imperativo para aprobar el acta antes de volverse a dormir. Nadie se atreve a llevarle la contra. Después de todo, es el único miembro del equipo directivo que logró desalojar a treinta personas sin un solo telegrama de preaviso.