El aula: un reality show sin cámaras

Episodio14:El chupetín que quiso hacer un posgrado

Belu era la líder indiscutida de aquel quinto grado de la Escuela Caviglia. Inteligente, excelente compañera, abanderada en potencia y sumamente estudiosa, poseía además un talento especial para meterse en líos de proporciones bíblicas sin perder jamás la elegancia ni el peinado. Tenía una respuesta ingeniosa para todo, una sonrisa compradora capaz de convencer al director más estricto y esa habilidad tan propia de algunos alumnos magnéticos de aparecer siempre en el centro exacto de cada anécdota escolar sin haberlo planeado del todo. Si el curso hubiera sido una multinacional, Belu habría sido la gerente general indiscutida; y si en la primaria hubiera existido un sindicato de travesuras y desmadres áulicos, ella seguramente habría presidido las asambleas con el voto unánime de sus compañeros.

Aquella tarde de jueves, el clima en el aula era de una concentración sospechosa. Estábamos trabajando en grupos resumiendo esos interminables, densos y áridos textos de Ciencias Naturales que traían los manuales de la época, verdaderos Libros Gordos de Petete que parecían diseñados más para dormir elefantes que para educar niños de diez años. Como siempre, y como si fuera una extensión natural de su propio cuerpo, Belu tenía un chupetín bolita gigante metido en la boca. Era un accesorio permanente en ella: ningún docente lograba que se lo sacara, y tenía una técnica depurada para esconderlo detrás del cachete cada vez que uno la miraba fijo, simulando una repentina e inexistente hinchazón de muelas.

Estaba tan compenetrada redactando las diferencias entre los animales vertebrados e invertebrados que ni ella misma supo cómo hizo para coordinar el pensamiento, la respiración y el habla al mismo tiempo... y tragarse el chupetín completo de un solo viaje. El universo de la física escolar es cruel: la golosina rosa y azucarada siguió viaje directo hacia el esófago, pero el maldito palito de plástico blanco decidió quedarse de visita, clavado de forma horizontal, en el fondo de la garganta.

Caos total e instantáneo.

El aula pasó de ser un templo del saber a transformarse en el set de filmación de una película de catástrofe de Hollywood. Belu abrió los ojos como dos platos voladores, se paró arriba de la silla y empezó a señalarse el cuello desesperadamente con una mano mientras con la otra manoteaba el aire. Corrimos todos los docentes de los salones vecinos al escuchar el sismo educativo: aplicamos la maniobra de Heimlich con más pánico que técnica, mientras los chicos de su grupo lloraban a moco tendido, las maestras corrían por el pasillo buscando un médico entre los padres de la puerta y la secretaria llamaba al SAME exigiendo un helicóptero de rescate. La ambulancia, para variar, parecía venir caminando a paso de tortuga desde otra provincia. El pasillo se convirtió en una procesión de almas en pena, docentes al borde del síncope cardíaco y directivos rezándole a todos los santos de la pedagogía para que el palito decidiera moverse.

Después de un traslado de película con sirenas abiertas, varios estudios de urgencia en el hospital vecinal y unos cuantos días de pura incertidumbre que nos costaron tres cajas de ansiolíticos a todo el personal, finalmente le dieron el alta médica. El bendito palito era de un plástico importado tan extraño que no salía en las radiografías convencionales, lo que generó un debate médico digno de la serie Dr. House. Por absoluta suerte, el bendito cuerpo humano hizo su trabajo digestivo sin necesidad de una cirugía mayor que nos hubiera dejado a todos con licencia psiquiátrica.

La enseñanza pedagógica de aquella jornada fue clarísima y quedó grabada a fuego en el diseño curricular de la escuela: en los establecimientos educativos se mastican ideas y conceptos, nunca chupetines de quiosco. Y yo, con el diario del lunes y los nervios un poco más enteros, agregaría otra ley fundamental: los manuales de Ciencias Naturales de quinto grado podrán ser densos, aburridos y muy difíciles de tragar para cualquiera, pero les aseguro que nunca van a ser tan difíciles de digerir como un chupetín bolita entero con vajilla incluida.

Desde ese fatídico día de la golosina voladora, cada vez que yo veía a un alumno entrar al colegio con un chupetín en la mano, me daban muchísimo más miedo los palitos plásticos que las mesas de examen de matemáticas de diciembre. Porque si algo aprendemos a los golpes los maestros de trinchera es que cualquier útil inofensivo, juguete de cotillón o golosina barata puede convertirse, en una milésima de segundo, en el protagonista absoluto del próximo capítulo de "El aula: un reality show sin cámaras y al borde del colapso".

Por supuesto, el reglamento de convivencia sufrió una reforma histórica. Desde aquel día, en quinto grado quedó terminantemente prohibido por decreto escolar estudiar, respirar o realizar cualquier actividad lúdica con un chupetín en la boca. Descubrimos, no sin cierto espanto, que algunos alumnos se toman de manera demasiado literal, física y gastronómica eso de “incorporar conocimientos y tragarse los textos”.

A la semana siguiente del incidente, cuando el alma me había vuelto al cuerpo y la presión arterial se me había estabilizado, entré al aula esperando encontrar la típica apatía de los jueves. En su lugar, encontré sobre mi escritorio un cartel enorme, cartulina escolar mediante, dibujado por los chicos con un fibrón rojo chillón que decía: “Prohibido estudiar con chupetines. El cerebro trabaja mejor sin accesorios plásticos”.

Belu, que para esa altura ya se había convertido en una celebridad involuntaria del colegio y caminaba por los recreos con el estatus de una diva que sobrevivió a una tragedia internacional, levantó la mano con una parsimonia envidiable. Se paró al lado de su banco, se acomodó las solapas del guardapolvo blanco y declaró con el rostro más serio del mundo que, tras un profundo debate interno y familiar, había decidido cambiar oficialmente los chupetines bolita por caramelos masticables suaves. Argumentó que estos últimos presentaban un riesgo de asfixia significativamente menor y que, en caso de accidente, eran biodegradables en jugos gástricos de manera inmediata.




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