Vanesa siempre fue la personificación de la paz en la Escuela de Varela y Eva Perón, una seño sumamente tranqui, de esas que transmiten un aura de meditación Zen apenas entran al aula. Tenía una voz pausada, una paciencia infinita y jamás en la vida la había visto sobresaltarse por los gritos habituales del recreo. Su sola presencia parecía ralentizar el tiempo. Mientras el resto del plantel docente corría por los pasillos con el termo bajo el brazo, esquivando alumnos a la velocidad de la luz y con las pulsaciones a mil, Vanesa caminaba como si flotara sobre una nube de tila y lavanda. Su secreto era un misterio absoluto, pero todos envidiábamos esa inmunidad espiritual al caos cotidiano... hasta el fatídico día en que la pequeña Jeni decidió comprobar, de manera empírica y sin medir las consecuencias biológicas, si las famosas gomas de borrar con perfume a frutilla también venían en una práctica versión comestible para el almuerzo.
Aprovechando que la maestra anotaba la tarea en el pizarrón con su caligrafía perfecta, prolija y relajante, Jeni se puso a jugar en su banco. Estaba en una especie de trance hipnótico, fascinada por el artículo de librería que acababa de estrenar esa misma mañana. Tentada por el aroma frutal que inundaba un radio de tres bancos a la redonda, la niña no lo pensó dos veces: se metió la goma entera en la boca y se la tragó de un solo bocado, como quien se pasa una pastilla sin agua.
Los compañeros de la primera fila dieron la alerta general de inmediato. El primero en reaccionar fue su compañero de banco, que pegó un salto de su silla tirando el lapicero al piso. Los chicos se levantaron en masa de sus asientos porque Jeni se había puesto roja como un tomate maduro, se agarraba el cuello con las dos manos en el clásico gesto de asfixia y, por más que abría la boca, no podía emitir ningún sonido. Aquella goma de borrar importada con intenso perfume a frutilla, de un color rosa tan brillante y tentador que realmente parecía un caramelo masticable de quiosco de primera línea, había quedado peligrosamente atravesada en el medio de su garganta, obstruyendo por completo el paso del aire.
El aula se transformó en un caos absoluto en cuestión de segundos. El silencio Zen de Vanesa se astilló en mil pedazos cuando giró del pizarrón y vio la escena. Corrimos todos los docentes de los salones vecinos al escuchar el griterío y el llanto unísono que empezó a brotar de segundo grado. Nos agolpamos en el aula para socorrerla: aplicamos maniobras de primeros auxilios con una desesperación creciente, alternando palmadas en la espalda con intentos de mantener la calma que nadie sentía en ese momento. Mientras tanto, la secretaria de la escuela llamaba de urgencia al servicio médico del SAME con los dedos temblorosos sobre el teléfono fijo, exigiendo una ambulancia con código rojo. El pasillo se llenaba de un pánico contagioso, nervios al borde del colapso institucional y llantos desgarradores de los demás chicos de la escuela, que miraban la escena totalmente horrorizados desde las puertas de sus respectivas aulas.
En medio de ese revuelo dramático, que ya parecía una película de suspenso, la puerta de la entrada principal de la escuela se abrió de par en par. Llegó corriendo la mamá de la nena, avisada por la vicedirectora, acompañada por una tía de la familia sumamente ruidosa y dada a la sobreactuación dramática. Ambas mujeres entraron al establecimiento como dos torbellinos de furia. En lugar de intentar mantener la mínima calma necesaria, colaborar con los docentes o tratar de tranquilizar a la nena mientras esperábamos los ansiados giros de la sirena de la ambulancia, encontraron que era mucho más productivo, eficiente y catártico descargar toda su furia acumulada insultando a los gritos a la pobre seño Vanesa.
—¡Sos una irresponsable! ¿Para qué te pagan? ¿Cómo no vas a estar mirando lo que hace la nena? —bramaba la tía, agitando una cartera enorme en el aire a milímetros de la nariz de la maestra, mientras la madre lloraba a los gritos acusando a la escuela de ser un peligro público.
Para la familia de la menor, la única y absoluta culpable de la supuesta negligencia era la maestra, por el simple hecho de no haber adivinado las intenciones gastronómicas e impulsos irracionales de la alumna de siete años. La goma rosa de frutilla, al parecer, era una víctima inocente del sistema educativo y de la falta de control docente. Y Jeni... bueno, ella era una simple e incomprendida catadora amateur de útiles escolares de primaria que solo exploraba el mundo a través de sus sentidos.
Finalmente, el sonido bendito de la sirena del SAME trajo un poco de orden. Los paramédicos entraron al aula con la camilla, evaluaron rápidamente a Jeni y la trasladaron de urgencia al hospital vecinal. El cuerpo docente respiró por primera vez en media hora, aunque la tensión seguía flotando en el aire. En la guardia del hospital, los médicos la controlaron minuciosamente con radiografías y estudios. Para alivio de todos, comprobaron que el objeto ya había pasado de la zona respiratoria al estómago por efecto de los mismos espasmos de la nena. El peligro de asfixia había cesado. El médico de guardia, con una sonrisa resignada ante los insólitos casos que recibe la salud pública, le recetó abundante vaselina líquida para facilitar el tránsito digestivo de la goma importada y recomendó revisar el bolso antes de salir de casa. Unos días después, tras controlar que la física hiciera su trabajo natural, dieron a la nena el alta médica definitiva sin ninguna complicación física ni secuela. Por absoluta suerte y gracias a la rápida y desesperada reacción de todos los que estábamos ahí, la tragedia se diluyó y todo quedó guardado en el archivo de los grandes e inolvidables sustos escolares.
Vanesa, por su parte, sobrevivió con una hidalguía y una entereza admirable al atragantamiento de su alumna, a los gritos ensordecedores del momento, a los insultos totalmente injustificados de los parientes en el pasillo y al impiadoso juicio popular que se había improvisado de urgencia en la puerta de la escuela entre los demás padres, que tejían teorías conspirativas sobre los peligros de la librería escolar. Aunque su aura Zen tardó varias semanas en recuperar el brillo original, se mantuvo firme al frente del aula, recibiendo a Jeni con el mismo cariño de siempre cuando la nena se reincorporó a las clases (esta vez, portando gomas grises, feas y sin ningún tipo de atractivo olfativo).
Así que cuando llegó el esperado Día del Maestro el 11 de septiembre, la atmósfera en la sala de profesores era de pura celebración y complicidad. Al momento de planificar los regalos, concluimos unánimemente que entregarle una simple taza de cerámica con bombones de chocolate no alcanzaba para compensar semejante nivel de estrés laboral y daño emocional. Había que otorgarle un reconocimiento histórico, un galardón que quedara grabado en las paredes de la escuela para siempre.
En medio del acto formal, ante la mirada de todos los alumnos y los mismos padres que semanas atrás se escandalizaban, tomamos el micrófono y decidimos entregarle formalmente la Goma de Oro del año. Era un trofeo casero que habíamos armado con una goma gigante de verdad, pintada con aerosol dorado brillante y montada sobre una base de madera pulida.
Fue un premio simbólico entregado entre aplausos, risas y alguna lágrima de alivio; un reconocimiento no por su capacidad para borrar los errores del cuaderno de clase, sino por haber protagonizado con una gracia inigualable el único caso registrado en la historia de la docencia en que una goma de borrar no borró absolutamente nada escrito... excepto, claro está, la preciada, esquiva y extrañada tranquilidad de toda la comunidad de la escuela durante una semana entera.