El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 15: La clase que terminó en plumas

Ni bien comencé mi carrera docente, con apenas 19 años recién cumplidos, me encontré frente a un desafío que, por aquel entonces, parecía enorme: me asignaron 6.º y 7.º grado de Matemática y Ciencias Naturales. Alumnos de 12 y 13 años, chicos que ya tenían una personalidad definida, opiniones propias, mucha energía y esa mezcla tan particular de curiosidad, rebeldía y necesidad de sentirse grandes que caracteriza a la preadolescencia.

Yo llegaba al aula con la ilusión intacta, una carpeta llena de planificaciones y muchas ganas de enseñar. Ellos, en cambio, me miraban con cierta sorpresa: probablemente esperaban encontrar a una docente con más experiencia, con esa seguridad que parecen tener quienes llevan años frente a un curso. Pero allí estaba yo, apenas unos años mayor que mis alumnos, intentando transmitir conocimientos, sostener la autoridad y, al mismo tiempo, construir un vínculo de confianza.

Cada clase era una aventura. Había que encontrar el equilibrio entre explicar una fórmula matemática, despertar interés por las ciencias naturales y lograr que treinta adolescentes permanecieran sentados el tiempo suficiente como para escuchar una explicación completa. Aprendí rápidamente que una buena planificación era fundamental, pero que la realidad del aula siempre tenía preparada alguna sorpresa capaz de cambiar el rumbo de la jornada.

Aquellos primeros años fueron una verdadera escuela para mí. Mis alumnos no solo aprendieron contenidos; sin saberlo, también me enseñaron a observar, a escuchar, a tener paciencia y a entender que detrás de cada pregunta, cada distracción o cada ocurrencia había una historia. Descubrí que enseñar no consistía únicamente en pararse frente a un pizarrón, sino en construir puentes, acompañar procesos y aceptar que cada grupo tenía su propia identidad.

Hoy, al mirar hacia atrás, recuerdo a aquella joven de 19 años entrando por primera vez a un aula de sexto y séptimo grado con una mezcla de entusiasmo y nervios. No sabía todo lo que vendría, las miles de anécdotas que se acumularían con los años ni la cantidad de aprendizajes que recibiría de esos niños que, con el tiempo, se convertirían en los primeros protagonistas de una larga historia de amor con la escuela.

Y la verdad es que me iba bastante bien. Siempre tuve buen manejo de grupo... o eso creía.

Corría 1991, casi en la prehistoria de la educación. En Ciencias Naturales todavía estudiábamos los animales "en vivo y en directo". Hoy sería impensado. Antes de que terminara la primera hora ya tendríamos a la Asociación protectora de animales, tres periodistas y una denuncia en redes sociales.

La pedagogía de la época dictaba que el empirismo lo era todo. Si querías explicar la columna vertebral, alguien caía con un espinazo de asado que había sobrado del domingo; si tocaba ver los moluscos, el aula se inundaba de un tufillo a líneas de calamares que competía cuerpo a cuerpo con el olor a encierro de los días lluviosos. Éramos rústicos, pero entusiastas.

Era fines de noviembre. El calor hacía que la escuela pareciera una olla a presión a punto de explotar. El aire estaba tan espeso que se podía cortar con cuchillo, y los alumnos arrastraban los pies como almas en pena por el pasillo. Para colmo de males, el único alivio ambiental era un enorme ventilador de techo, una reliquia de hierro forjado que giraba a la velocidad de la luz emitiendo un zumbido amenazante, como el motor de un avión de la Segunda Guerra Mundial. Ese aparato no ventilaba: redistribuía el sufrimiento térmico.

Para la clase pedí que llevaran animales con alas. En mi mente ingenua de maestra debutante, imaginé que traerían fotos recortadas de la revista Anteojito, alguna mariposa disecada en un frasco de mermelada o, a lo sumo, el caparazón de un escarabajo despistado que hubieran encontrado en el patio de sus casas. Nunca calculé el factor de impredecibilidad que maneja un preadolescente cuando se le da una consigna abierta.

Jorgito apareció con un pajarito diminuto, amarillo verdoso, dentro de una caja de zapatillas llena de agujeritos hechos con una lapicera Bic. Su mamá me la entregó en la puerta con la solemnidad de quien deja a un recién nacido en una guardería . "Seño, se cayó del nido el mes pasado. Come polenta y mijo, por favor que no le dé el sol directo", me suplicó la mujer, mirándome . Yo asentí asumiendo la custodia temporal del plumífero.

La caja quedó toda la mañana sobre mi escritorio. De tanto en tanto se escuchaba un sutil ¡pío, pío! que competía con el murmullo de las divisiones de tres cifras. Los chicos miraban la caja de zapatillas con la misma fascinación con la que los arqueólogos observan la tumba de Tutankamón. El aula entera estaba magnetizada por el misterio de la caja calada.

Llegó el recreo. Revisé con celo militar que los 32 alumnos salieran al patio, pasé llave a la cerradura del aula para evitar cualquier sabotaje o incursión comando de los grados linderos y me fui al baño a mojarme la nuca, convencida de que tenía la situación bajo absoluto control profesional.

Al volver, abrí la puerta. Entraron todos en tropel, atropellándose con esa energía caótica de quienes acaban de consumir un alfajor y una gaseosa en tiempo récord. Yo, como siempre, entré última, acomodándome el pelo y cargando el tazón de café frío.

Y de pronto...

—¡¡¡Nooooooooo!!!

El grito desgarrador de la mitad del curso me paralizó el corazón.

Jorgito, en un acto de brillante e inoportuna iniciativa infantil, empujado por el deseo irrefrenable de ganarse la admiración de sus pares y erigirse como el héroe de la jornada, había decidido mostrarles el pajarito a sus compañeros. Abrió la tapa de la caja de zapatillas con la parsimonia de un mago que presenta su mejor truco... sin advertir un detalle insignificante: el ventilador de techo seguía prendido en su velocidad máxima, la opción "Tornado Tropical".

El pajarito, que llevaba cuatro horas encerrado respirando olor a cartón y pegamento, vio la luz, estiró las alas y experimentó un rapto de libertad absoluta. Saltó de la caja y subió en línea recta, directo hacia la zona de exclusión aérea dominada por las aspas metálicas de la reliquia de hierro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.