El aula: un reality show sin cámaras

Episodio16: Un cajón de sorpresas

Quién dijo que en el cajón de una directora hay material de escritorio tradicional? El mío parece el depósito de aduanas de un país en guerra permanente con el sentido común y la lógica pedagógica. Si lo vieran las autoridades del Ministerio de Educación, llamarían de inmediato a un comité de expertos en conductas extrañas, psicólogos forenses y, probablemente, al escuadrón antibombas. Olvídense de los clips ordenados por tamaño, las lapiceras que escriben o los resaltadores flúor... Mi escritorio es una zona franca de contrabando institucional. Ahí conviven, en perfecta y delirante armonía, maquillajes de dudosa procedencia y colores poco frecuentes que harían dudar a un payaso de circo, potes de mini vaselina a medio usar, un vaper con sabor frutilla que todavía huele a misterio juvenil, navajas de tamaños varios (que van desde la cortaplumas suiza oxidada hasta cosas que parecen sacadas de una película de piratas), destornilladores de todo tipo, trinchetas con el filo mellado y un arsenal de armas de cebita digno de una producción cinematográfica de acción de bajísimo presupuesto de los años ochenta.

Detrás de cada uno de estos extraños objetos hay una historia profundamente tragicómica. Pequeños rebeldes de escuela primaria intentando desafiar el orden establecido, las leyes de la física y la paciencia del personal, y maestros que, autopercibiéndose agentes de elite del servicio secreto o comisarios de frontera, ejecutan requisas implacables en medio de las clases de Ciencias Naturales. El protocolo escolar que nos mandan desde la supervisión es sumamente claro y elegante en los papeles: se incauta el botín, se labra un acta en el libro correspondiente, se cita formalmente a la familia por cuaderno de comunicaciones y se devuelve la pertenencia al adulto responsable. Pero la cruda realidad del día a día es completamente otra. A los padres les da tanta vergüenza ajena tener que venir a la dirección a reclamar un cuchillo de plástico tramontina modificado, una honda de fabricación casera o un labial color violeta metalizado que prefieren dejar los objetos en el olvido, simulando una amnesia temporal colectiva.

Así que ahí siguen mis tesoros coloniales, acumulando polvo por meses, trimestres y años, transformándose en una especie de registro arqueológico del delito escolar. El otro día, una nueva maestra suplente, que acababa de incorporarse esa misma mañana y todavía creía en la pureza del sistema educativo, entró desesperada a mi oficina buscando un elemento para cortar una cartulina para la cartelera . Le señalé el escritorio con un gesto y le dije: "Buscá tranquila en el primer cajón, ahí hay de todo". Al abrirlo, la pobre mujer se quedó completamente pálida, inmóvil, mirando el arsenal como si hubiera descubierto un búnker clandestino. Me miró con los ojos abiertos como platos, conteniendo la respiración, y yo, con la total naturalidad que dan los años de circo al frente de una escuela, le sugerí amablemente: "¿Para la cartulina qué preferís... la trincheta oxidada de Juanito de cuarto grado o el machete de utilería a escala real que le saqué a Lucas en el acto del General San Martín?".

La suplente terminó usando una regla de plástico para cortar el papel, rasgándolo de manera espantosa, mientras temblaba visiblemente y cerraba el cajón de un manotazo desconfiado, temiendo que alguna de las armas de cebita se activara sola. Pero lo más divertido de toda esta mitología escolar no fue su espanto de novata, sino la reacción cotidiana de los maestros más antiguos de la escuela, los veteranos de la tiza, que ya se toman mi cajón como si fuera un catálogo de ferretería industrial de libre acceso o una guardia de emergencias de hospital público. Para ellos, ese espacio dejó de ser un secreto institucional vergonzoso y se convirtió en el "plan B" oficial del establecimiento para resolver cualquier catástrofe doméstica.

Por ejemplo, la vicedirectora entra sin golpear cuando se le rompe el taco de un zapato en medio del recreo , revuelve con total soltura entre las navajas secuestradas y saca el destornillador de punta plana para hacer palanca y reacomodar la base como si estuviera en el taller mecánico de su casa, quejándose de paso de que las armas de juguete le quitan espacio de maniobra. El profesor de educación física, cuando necesita ajustar con urgencia los picos e infladores de las gastadas pelotas de fútbol, viene directo a mi escritorio a buscar la pincita de depilar que le secuestramos a una nena de sexto grado que se quería lookear las cejas en plena clase de Geografía mientras el profesor explicaba el relieve de la llanura pampeana.. Lo que para la pobre suplente era claramente la escena de un crimen federal, para los veteranos de la tiza es simplemente nuestra caja de herramientas de supervivencia y el motor que mantiene en marcha el ciclo lectivo.

Desde ese mismísimo día en que la nueva casi se desmaya y necesitó un té de tilo para recuperar el habla, el rumor del "cajón de la muerte" corrió con la fuerza de un tsunami por los pasillos, la sala de profesores y hasta por el patio de los docentes. Ahora, el miedo cambió de bando. Antes de venir a mi oficina a pedirme una simple birome azul que funcione o una tijerita escolar de plástico para recortar figuritas, los docentes nuevos se aseguran dos veces con los auxiliares de la escuela de que para llevársela no haga falta firmar un acta formal de secuestro de bienes, pasar por un peritaje balístico de la policía científica o firmar un tratado de paz internacional avalado por la ONU conmigo.

La paranoia llegó a tal punto que el maestro de música prefirió usar sus propios dientes para pelar un cable del equipo de audio antes que venir a pedirme una de las navajas de mi colección privada. Saben perfectamente que entrar a mi despacho a buscar un útil escolar básico implica asomarse a un abismo donde las leyes de la pedagogía tradicional se suspenden por completo y donde la máxima autoridad de la escuela atesora, con un orgullo casi místico, el producto de los delitos menores de tres generaciones de alumnos.




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