Tener treinta y cuatro alumnos de primer grado en jornada completa (de ocho de la mañana a cuatro y veinte de la tarde) no es un trabajo; es un deporte de extremo riesgo. Para cuando dan las cuatro, te quedan exactamente dos neuronas vivas: una memoriza qué mochila pertenece a qué pibe y la otra reza para que no aparezca un piojo mutante antes del timbre de salida. Los treinta y cuatro mini-humanos, que a las ocho de la mañana eran dulces pimpollos con olor a colonia infantil, a las cuatro de la tarde ya han mutado en una masa uniforme de guardapolvos grises, rodillas raspadas, cordones desatados que arrastran mugre histórica y una capa invisible pero palpable de azúcar, plastilina y sudor de recreo.
En aquella escuela cercana al Parque Avellaneda, el clima ya era intenso de por sí. El edificio, una mole de techos altos que en invierno te congelaba las pestañas y en verano funcionaba como un horno industrial, amplificaba cualquier sonido. Multipliquen treinta y cuatro voces agudas por catorce aulas, súmenle el eco de los pasillos de baldosas flojas y tendrán una sinfonía capaz de desestabilizar mentalmente al mismísimo Dalai Lama.
Pero todo se coronaba con nuestra Directora. Ella no era una jefa común; ella jugaba en la liga de las divinidades. Se sentía la reencarnación de la Madre Teresa de Calcuta, la versión escolar de la solidaridad y la administradora oficial de las partidas de dinero comunitarias. En su cabeza, la escuela no era una institución pública del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: era su propio Vaticano de cabotaje, un feudo místico donde las leyes de la física, el sentido común y el Estatuto del Docente quedaban suspendidos ante el avance de su halo de santidad. Su despacho no olía a expedientes ni a tinta, sino a sahumerio de sándalo y a té de tilo, un contraste violento con el olor a guiso del comedor y a desinfectante barato que dominaba el resto del establecimiento.
El gran problema del espíritu samaritano de "La Santa" era su sentido del reloj. La señora padecía una disfunción temporal severa: para ella, el tiempo no era una línea recta de sesenta minutos por hora, sino un chicle elástico que podía estirar según sus necesidades espirituales. No tenía mejor idea que repartir las donaciones del proyecto solidario los viernes a la salida. Justo el viernes. El día en que la energía del personal docente está en números rojos, el día en que los padres se agolpan en la puerta con los motores de los autos en marcha .
Para colmo, el organigrama del colegio parecía diseñado por el enemigo, un complot maquiavélico perpetrado por algún burócrata resentido: primero salían los grados más altos, esos preadolescentes de séptimo que ya caminan con desgano y se manejan solos. Después, en un goteo agónico, iban evacuando los medianos. Y últimos en la fila de la existencia, en el fondo del tarro de las prioridades institucionales, quedaban mis treinta y cuatro enanos de seis años.
Yo en esa época tenía paciencia. Una paciencia bíblica, de esas que resisten inundaciones, plagas de langostas, pérdida sistemática de capuchones de fibras y llantos desgarradores causados por un lápiz verde que mágicamente ahora pertenecía al compañero de banco. Tenía la capacidad de mediar en disputas territoriales complejas ("Seño, me respiró cerca") sin perder la sonrisa y de limpiar mocos ajenos con la dignidad de un cirujano de alta complejidad. Pero todo tanque de reserva se agota, sobre todo cuando el combustible se gasta en ceremonias absurdas.
Un viernes les encajó pañuelos de papel, mientras la Santa les daba una minicharla sobre la higiene respiratoria y el desinterés material. Los pibes, por supuesto, usaron los pañuelos para hacer avioncitos que terminaron incrustados en las canaletas del patio.
El viernes siguiente, lapicitos de colores. Cortitos. Tan cortos que sacarle punta requería la motricidad fina de un relojero suizo. Cada entrega venía acompañada de una charla personalizada y una caricia en la cabeza que desacomodaba los peinados que las madres habían tardado una hora en armar a la mañana.
Al otro, guitarritas de juguete que hacían un ruido infernal. Un plástico chillón que emitía una sola nota monocorde y estridente. Treinta y cuatro guitarritas sonando al mismo tiempo en un patio cerrado redujeron mi última reserva de salud auditiva . Los padres en la puerta me miraban con ojos de asesinos seriales mientras el concierto de bocinas caseras tapaba el ruido del tránsito de la avenida Directorio.
Después vinieron las galletitas de agua partidas, los guantes de lana de una sola mano (vaya uno a saber dónde había quedado la otra mitad del cargamento solidario)... Cada viernes era una tómbola del delirio benéfico, una kermés del absurdo donde el único premio era salir más tarde.
Hasta que llegó el Viernes del Juicio Final.
El menú de la beneficencia del día era: bombachitas y calzoncillos. Ropa interior. Algodón rústico, elásticos vencidos y estampados que parecían saldos de una fábrica clausurada en 1984.
Eran las cinco y cuarto de la tarde. Hacía casi una hora que mi contrato laboral había expirado, que mi ART ya no me cubría y que mi mente flotaba en un limbo donde solo existía el deseo de una ducha y un sillón. El sol bajaba lánguido sobre los techos de chapa de Parque Avellaneda, el cansancio subía como una marea negra y pegajosa, y yo seguía ahí, en el medio del patio central, pastoreando a treinta y cuatro chiquitos hiperactivos.
A esa hora, mis alumnos ya habían perdido cualquier rastro de socialización urbana; tenían el nivel de civilización de una horda de vikingos en pleno saqueo de una aldea sajona. Dos se estaban trenzando en una lucha libre por la posesión de una tapita de gaseosa, tres intentaban trepar por las rejas del gimnasio como simios en cautiverio, una lloraba porque se le había metido una piedrita invisible en la zapatilla y el resto corría en círculos concéntricos emitiendo alaridos tribales.