El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 19: Crónica de un acto escolar desastroso

Hay escuelas difíciles, de esas donde el contexto social te exige más esfuerzo social que pedagógico. Y después están esas escuelas que son un polvorín permanente, donde cada mañana, antes de firmar el libro de firmas, uno se preguntaba qué incendio de magnitudes bíblicas habría que apagar antes del timbre del primer recreo. Yo era la vicedirectora en esa época y sentía que, tras años de lidiar con actas, desbordes, cañerías rotas y familias intensas, ya estaba entrenada para casi todo... o eso creía con una soberbia que el destino se encargaría de pulverizar.
Se acercaba el 11 de septiembre, el Día del Maestro. En el calendario escolar, este es el único acto del año donde el docente se sienta del lado del agasajado, donde espera recibir un mimo, una canción desafinada pero cariñosa, un dibujo con plasticola y un respiro en la batalla diaria. La tarea de organizar el evento recayó, por esas vueltas misteriosas del sorteo, en una docente particular: una colega con pocas luces profesionales, una alarmante falta de empatía y un sentido del sarcasmo que solía usar como escudo para ocultar su propia frustración.
Cuando la directora le pidió semanas antes que presentara el boceto del acto para supervisarlo, la maestra entregó una planificación vaga, prolija en la superficie pero sospechosamente incompleta. Con una sonrisa cargada de un misterio que debió habernos encendido todas las alarmas rojas, sentenció:
—La primera parte es lo formal de siempre, chicas. El resto no se los muestro porque es sorpresa. Quiero que las agasajadas se sorprendan de verdad.
Y vaya si lo fue. Todavía me tiembla el pulso al recordarlo.
Apenas comenzó el acto, el aire del salón se enrareció. Los maestros estábamos sentados en la primera fila, con nuestros mejores guardapolvos e indumentaria de civil de los días de fiesta, esperando el inicio. Pero los minutos pasaban y el protocolo habitual empezó a brillar por su ausencia. No hubo llamado para el ingreso de la Bandera de Ceremonia. No hubo Himno Nacional Argentino. No se pronunciaron las palabras alusivas de rigor que suelen repasar la vida de Sarmiento y la importancia de la educación pública. Ninguno de los pasos institucionales que uno espera en una ceremonia escolar ocurrió. El escenario estaba vacío, decorado apenas con unas letras torcidas de goma eva que decían "Feliz Día".
Pero ese vacío protocolar era apenas el aperitivo de la pesadilla que se estaba cocinando tras el telón de pana roja.
Los chicos de su grado salieron a escena para presentar un número que, según el programa apócrifo, había sido preparado especialmente para la ocasión. En lugar de homenajear a sus maestros, de rescatar el valor de quienes les enseñaban a leer o de hacer alguna representación cómica inocente, los alumnos comenzaron a interpretar una especie de representación teatralizada donde contaban, con lujo de detalles y exageraciones dramáticas, lo mal que la pasaban adentro de la escuela.
Los diálogos, guionados con una saña invisible pero palpable, hacían hincapié en lo poco felices que eran con los docentes que les habían tocado en suerte, lo aburridas que eran las materias y lo injusto que les parecía absolutamente todo el sistema. Los chicos actuaban de sí mismos sufriendo el sometimiento de maestras caricaturizadas como tiranas.
Yo sentía que la sangre me abandonaba el cuerpo a una velocidad pasmosa. El calor de la vergüenza ajena me subía por el cuello, tiñéndome las mejillas de un rojo furioso. Miré de reojo a las maestras de grado sentadas a mi lado: sus caras eran un poema de desconcierto, indignación y tristeza. Habían ido a buscar un reconocimiento y estaban siendo juzgadas públicamente por sus propios alumnos, bajo la dirección de una colega.
Pensé, en mi desesperado optimismo de vicedirectora acorralada, que ese sería el momento más incómodo de la jornada y que después vendría alguna vuelta de tuerca que salvara la situación. Qué ingenua. Qué soberana falta de experiencia ante la maldad vestida de propuesta pedagógica.
Como broche de oro y cierre del número, la docente organizadora le dio play al equipo de audio. Comenzó a sonar a todo volumen una canción cuya letra —lejos de cualquier poesía infantil— relataba de manera explícita y morbosa los traumas psicológicos de un niño provocados por los supuestos malos tratos, gritos y exigencias de una maestra de escuela primaria. Era un golpe bajo, directo al mentón de todos los presentes.
En ese instante, el salón de actos se dividió en dos universos paralelos e irreconciliables.
De nuestro lado del escenario, en las filas de los docentes, se instaló un silencio de tumba, un frío de hielo seco que hacía doler el pecho. Las maestras se miraban las manos, algunas con los ojos llenos de lágrimas contenidas, sintiendo el impacto de una bofetada injusta .
Del lado de las familias, sin embargo, la reacción fue diametralmente opuesta. Una ola de carcajadas, codazos cómplices y comentarios risueños comenzó a propagarse por las filas del fondo. Para los padres, aquello era una genialidad de la "libertad de expresión", un paso de comedia brillante que ponía "en su lugar" a esas mujeres que todos los días les pedían que controlaran los cuadernos de sus hijos o que les ponían un insuficiente. El resentimiento social hacia la autoridad escolar encontró en ese escenario su vía de escape perfecta, y lo celebraron con el entusiasmo de quien asiste a un circo romano.
Yo solo quería desaparecer. Desintegrarme en átomos. Irme del acto, de la escuela, del distrito escolar y del planeta Tierra, si fuera físicamente posible. Miraba fijamente a la directora buscando una explicación, una directiva, una orden para desenchufar el maldito grabador. Ella me miraba a mí con los ojos desorbitados, esperando que yo tuviera una idea brillante para salvar la dignidad institucional. Ninguna de las dos la tenía. Estábamos presas de la sorpresa y de la formalidad: cortar el acto en frío en medio de las risas de los padres hubiera provocado un escándalo aún mayor en el barrio.
Aquel nefasto evento no fue un homenaje. Fue una falta de respeto sistemática, planificada y pública hacia todos y cada uno de los docentes que, con nuestros aciertos y nuestros inevitables errores de seres humanos, dejábamos el alma, la garganta y la salud todos los días adentro de esas aulas frías. Fue un linchamiento pedagógico disfrazado de "expresión artística".
Lo más doloroso de la jornada ocurrió al final. El acto terminó y el salón estalló en aplausos. Sí, aplausos cerrados, entusiastas y ruidosos.
Los padres se retiraron del establecimiento sumamente divertidos, comentando entre risas las partes "más graciosas" del calvario escolar cantado por los chicos. Los alumnos se fueron al patio felices por su actuación, completamente ajenos al daño que su inocencia instrumentalizada había causado en sus maestros. Y yo, mientras me quedaba parada junto al escenario vacío juntando los cables del micrófono, confirmé que el verdadero y más complejo número de arte de esa mañana había sido mi propio intento desesperado por mantener una postura de dignidad institucional, mientras por dentro imploraba por la invención inmediata de la teletransportación.
Al día siguiente, por supuesto, hubo actas, reuniones a puerta cerrada en la dirección y un clima de tensión que tardó meses en disiparse en la sala de maestros. Pero el daño ya estaba hecho. Ese 11 de septiembre aprendimos que el peligro en la escuela no siempre viene de afuera, de las crisis sociales o de los presupuestos de hambre. A veces, el incendio más difícil de apagar es el que enciende un par propio, alguien que comparte tu mismo pasillo pero que olvidó por completo el significado de la palabra respeto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.