Era una de esas mañanas de julio en las que el frío de Buenos Aires parece colarse por debajo de las puertas, trepar por los tobillos y quedarse a vivir en las aulas de techos altos. Cerca de las diez, el vapor del aliento flotando en el patio techado, y los chicos, enfundados en guardapolvos blancos sobre buzos de lana gruesa que los hacían parecer astronautas , trataban de entrar en calor frotándose las manos alrededor de una taza de leche tibia con cacao que humeaba . En los salones, los radiadores de hierro hacían lo que podían, emitiendo un calorcito asmático y ruidoso, mientras el murmullo de las clases se mezclaba con el crujido de las hojas de los cuadernos y el rasgueo constante de los lápices negros.
La jornada transcurría con esa calma propia de la media mañana: algunos alumnos resolvían cuentas de restar con admirable concentración y la lengua afuera, otros espiaban de reojo el reloj de pared soñando con el timbre del recreo, y las docentes aprovechábamos ese breve oasis de silencio para adelantar correcciones de tareas y compartir algún comentario al pasar en el pasillo central. Fue entonces cuando la seño Vale apareció en la puerta de la vicedirección. Su expresión facial, a medio camino entre la preocupación pedagógica, el pudor y una ternura infinita, anunciaba que algo que requería atención inmediata. Acercándose en voz baja, casi sin mover los labios, como si se tratara de un secreto de Estado, me dijo:
—Anita se hizo pis encima.
En una escuela primaria, una frase corta como esa basta para poner en marcha de inmediato una delicada operación de abrigo, discreción absoluta y contención psicológica. Detrás de esos pequeños accidentes cotidianos de la infancia suele esconderse un universo de emociones, miedos y vergüenzas infantiles que merece ser atendido con la paciencia de un cirujano y el cariño de una abuela. El primer objetivo es invisible: evitar que los compañeros se den cuenta, resguardar la dignidad del nene antes de que el pasillo se convierta en un tribunal de burlas.
Como correspondía según el protocolo no escrito del sentido común, agarré el teléfono de línea y llamé enseguida a la familia. Anita estaba sentada en una silla de la dirección, tapada con mi propia campera, con los ojos fijos en sus zapatillas y dos lagrimones mudos rodándole por los cachetes colorados por el frío.
—Hola, ¿hablo con la mamá de Anita? La llamo de la escuela para avisarle que la nena tuvo un accidente, se hizo pis. Terminó el recreo, se entretuvo jugando al elástico con las amigas, se olvidó por completo de ir al baño y, cuando volvió al aula con el timbre, la pobrecita no llegó. Le contó a la seño lo que había pasado.
Esperé del otro lado de la línea una respuesta lógica de la naturaleza humana, del tipo: "Ya salgo para allá", "Mando a la tía", "Pido permiso en el trabajo y en un rato estoy con ropa limpia".
Pero no. Lo que vino del otro lado fue un balde de agua más helada que el viento de la calle.
—No voy a poder ir. Estoy lejos. Que se quede así y que se seque sola en el aula, porque yo no voy a ir.
Pensé genuinamente que la estática de la línea telefónica me había hecho escuchar mal. El lóbulo de mi oreja se pegó más al plástico gris del tubo.
—Señora, discúlpeme, pero hace muchísimo frío hoy. Estamos bajo cero. ¿No podrá venir ningún familiar, una abuela, un vecino o alguien que pueda alcanzarle, aunque sea una muda de ropa seca y unas medias?
—No. Ya le dije que no. No va a ir nadie —sentenció la voz, seca como una lija, antes de cortar la comunicación de un portazo acústico.
Corté el teléfono lentamente y me quedé mirando a la seño Vale, que esperaba de pie al lado del armario de los registros. Ella me devolvió una de esas miradas docentes que no necesitan traducción simultánea: una mezcla de rabia contenida, impotencia y la confirmación de que, una vez más, estábamos solas en el frente de batalla.
Entonces ocurrió uno de esos pequeños milagros colectivos que solo pasan en los pasillos de una escuela pública cuando el Estado y la familia miran para otro lado. Sin que nadie emitiera una orden formal, sin comisiones ni circulares escritas, el instinto escolar se activó en segundos. Maestras de otros grados que pasaban a buscar tizas, las auxiliares que limpiaban el pasillo con la mopa y un par de mamás de la cooperadora que estaban ordenando unos libros comenzaron a tejer una red de soluciones improvisadas.
Comenzó el desfile de la solidaridad: revisamos palmo a palmo las bolsas de consorcio donde se acumula la ropa que los chicos olvidan en el patio a lo largo del año y que nadie jamás reclama. Fuimos preguntando aula por aula, en un murmullo solidario: "¿Alguna tiene un pantalón de gimnasia que le sobre ?". Finalmente, apareció un jogging azul marino. Le quedaba gigantesco a la pobre Anita, que debió dar tres vueltas a la botamanga para que no le pisara los cordones de las zapatillas, pero al menos la nena pudo pasar el resto de la mañana escolar seca, perfumada con un poco de colonia que aportó la secretaria, y calentita al lado del radiador de la dirección. Volvió a sonreír cuando le convidamos una galletita de agua.
A las cuatro y cuarto, la hora de la salida , me paré en el portón de hierro a observar el flujo de padres. Vi llegar a la mamá de Anita entre la multitud. Caminaba apurada, con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. Cuando notó que su hija salía de la mano de la seño Vale, llevando un pantalón de gimnasia tres talles más grande que claramente no pertenecía a su guardarropas, mi ingenuidad de vicedirectora me traicionó por última vez en el día. Pensé, con una inocencia casi tierna: "Bueno, a pesar del mal momento del teléfono, ahora viene a agradecer el esfuerzo comunitario de todo el personal para que su hija no se congelara".
Pero la realidad de la gestión escolar tiene la costumbre de pegarte un cachetazo cuando menos te lo esperás.
La mujer pasó de largo de la nena, se me acercó con paso firme, el rostro rígido de la indignación y, mirándome fijamente desde arriba, me disparó sin anestesia:
—No me llamen más al trabajo por estas pavadas. Me terminaron retando los jefes por atender el teléfono personal en horario de oficina.
La miré en silencio durante unos largos, eternos e insufribles segundos, con las palabras atascadas en la garganta y el cuaderno de firmas bajo el brazo, sin saber exactamente qué responder para no romper la diplomacia institucional que tanto nos cuesta mantener.
Durante toda la mañana, una institución entera, desde la portera que calentó el agua hasta las maestras que donaron su tiempo de descanso, se había movilizado como un batallón de rescate para buscar la forma de abrigar, secar y consolar a su hija. Ella, sin embargo, solo había venido a la escuela a presentar un pliego de reclamos por la llamada telefónica que había osado interrumpir su paz laboral. Una escuela entera había revuelto armarios polvorientos, mochilas ajenas y rincones olvidados para conseguirle dignidad a la nena; la única preocupación del adulto responsable era el costo administrativo de la notificación.
En ese preciso instante comprendí, con la claridad brutal que te dan los años de tiza, que en las escuelas modernas solemos hacer tareas que están a años luz de enseñar el sujeto y el predicado o la tabla del siete. Remendamos descuidos ajenos, inventamos soluciones con lo que no tenemos, tejemos parches sobre la desidia y, de vez en cuando, ejercemos el rol de familia prestada por unas horas para que el desamparo no duela tanto.
Hay desenlaces que ningún novelista de ficción se atrevería a poner en sus páginas por el temor reverencial a que resultaran inverosímiles para el lector. Pero la realidad de la escuela pública no conoce el pudor ni las reglas de la literatura: vuelve a aparecer todos los días a las ocho de la mañana, se acomoda con orgullo el guardapolvo blanco un poco gastado y le gana por goleada a cualquier libreto de ficción.