El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 22:La pequeña financista

Corría el año 1998, una época inolvidable de la Argentina marcada por el apogeo de la famosa convertibilidad. Vivíamos bajo un hechizo económico muy particular: un dólar equivalía exactamente a un peso, viajar al exterior parecía un trámite tan cotidiano y normal como ir a la esquina, y Miami era prácticamente una provincia argentina más. A tan solo una cuadra de la escuela, como un monumento al espíritu de la época, funcionaba a pleno rendimiento una conocida agencia de viajes del barrio, cuyas vidrieras empapeladas con ofertas al Caribe y Disney eran la tentación de todos los vecinos.
La dueña de ese próspero negocio familiar tenía a sus dos nietos inscriptos en la Escuela Caviglia. Una de ellos era Carolina, quien cursaba el tercer grado de la primaria. A simple vista, Carolina era una nena absolutamente adorable: llevaba trenzas perfectas atadas con prolijos lazos azules, un guardapolvo blanco almidonado que parecía brillar bajo el sol del patio y una sonrisa angelical que desarmaba a cualquier docente. Sin embargo, detrás de esa fachada de dulce alumna de ocho años, se escondía una mente brillante, intrépida y peligrosamente creativa para las finanzas de alto riesgo.
Ese mediodía caluroso de noviembre me tocaba estar de turno cuidando a los chicos en el comedor escolar. El aire pesado olía a fideos con tuco y a la clásica ebullición ruidosa de casi un centenar de chicos hambrientos chocando cubiertos de metal contra los platos de loza. En aquellos años, los alumnos llevaban diariamente su "bolsita de higiene", un clásico inquebrantable de la escuela pública: una bolsa de tela (generalmente cosida por alguna abuela) que contenía una servilleta, cepillo de dientes, pasta dental, un jabón de tocador que perfumaba todo el conjunto y una toallita de mano con el nombre del alumno bordado.
Todo el ritual transcurría con la más absoluta inocencia infantil... hasta que Carolina se sentó a la mesa y abrió la suya de par en par.
Al meter la mano para sacar su servilleta de tela floreada, algo se trabó en el fondo de la bolsa. Carolina tiró con fuerza y, ante mis ojos desorbitados, salió despedida una ruidosa, crujiente y espectacular lluvia de billetes verdes de cien dólares, que se desparramaron sin ningún pudor entre los vasos de plástico y los platos de fideos.
Por un segundo se me congeló la respiración. El bullicio del comedor se desvaneció en mis oídos y pensé, mareada por la sorpresa, que ya no estaba en el humilde comedor de una escuela de barrio, sino almorzando en el mismísimo piso de remates de Wall Street. Los retratos de Benjamin Franklin nos miraban fijamente, con su clásica seriedad histórica, desde la grasa de la salsa de tomate.
Haciendo gala de una calma profesional mientras el corazón me latía a doscientas pulsaciones—, me acerqué despacio. Tratando de que el resto de los compañeros de mesa no entraran en pánico ni intentaran abalanzarse sobre el botín, me incliné y le dije en un susurro casi imperceptible:
—Guardalos bien en la bolsita, Carolina. No los dejes ahí.
Ella obedeció sin inmutarse, juntando los papeles verdes como si juntara los envoltorios de los caramelos masticables. Al terminar el horario del comedor, intrigada y con una creciente sensación de alarma, fui directo al teléfono de línea de la secretaría y llamé a su abuela para alertarla sobre el descomunal "descuido".
Para mi total sorpresa, la mujer atendió con una parsimonia asombrosa. Con una soltura típica del "deme dos" de los noventa, me explicó que no había de qué preocuparse: se trataba simplemente del dinero en efectivo que la familia le había regalado a la nena para su último cumpleaños. Sinceramente, me pareció una cifra excesivamente generosa para una nena de tercer grado... pero en la era del uno a uno, decidí no opinar demasiado sobre las excentricidades financieras de cada hogar.
Sin embargo, la paz institucional duró muy poco. Unos días después, los padres de séptimo grado organizaron un kiosco solidario en el patio durante los recreos de la tarde. El objetivo era juntar fondos desesperadamente para costear las camperas y el ansiado viaje de egresados a Villa Carlos Paz , una odisea que en esa época requería vender miles de alfajores, rifas y gaseosas calientes.
¿Andan adivinando quién apareció en el patio como la potencial patrocinadora oficial y accionista mayoritaria del evento?
Exactamente, Carolina.
Con paso firme y las trenzas flameando al viento, la nena se acercó al tablón donde las madres acomodaban los alfajores de maicena. Sin mediar palabra, metió la manito en el bolsillo profundo de su guardapolvo blanco y volvió a extraer otro imponente fajo de dólares relucientes. Con la seguridad de un magnate petrolero, se mostró dispuesta y decidida a comprar medio kiosco, la canasta entera de las rifas, los juguetes del mostrador y hasta las Coca-Colas de la heladera de los maestros.
Esta vez la situación ya cruzaba la frontera de lo pedagógicamente aceptable. La tomé suavemente de la mano y la llevé directo a la Dirección. Allí, con los nervios de punta y los dedos temblando, contamos minuciosamente el dinero sobre el escritorio de madera, bajo la mirada atónita de la secretaria y un par de docentes que pasaban por ahí. Había casi mil quinientos dólares en billetes de cien en el bolsillo de un guardapolvo de tercer grado.
De inmediato, volvimos a marcar el número de la abuela, quien, visiblemente fastidiada por la insistencia de la escuela, volvió a repetir la gastada explicación del cumpleaños con un tono de "por favor, dejen de molestar a la nena por unos pesitos".
El complicado caso parecía cerrado administrativamente... hasta que llegó la hora de la salida y comenzó el verdadero desfile de la honestidad barrial. Una tras otra, comenzaron a cruzar el portón de hierro familias enteras del barrio, sosteniendo con la punta de los dedos billetes auténticos de cien dólares, con una mezcla de desconcierto absoluto y pánico moral.
Las quejas de los padres se superponían en la mesa de entradas de la dirección:
—Directora, mi hijo volvió a casa con esto en la cartuchera. Resulta que Carolina se lo cambió en el recreo por un autito de colección de plástico que encima está roto —dijo una madre indignada, extendiendo el billete de Benjamin Franklin como si fuera un papel radiactivo.
—Al mío le dio cien dólares a cambio de tres figuritas del mundial que encima eran repetidas... ¡Le tocó la de un defensor de Japón! —protestó otro padre, sosteniendo el billete con incredulidad.
—El mío le entregó dos muñequitos que le salieron en el chocolate y ella le pagó con esto... No sabemos qué hacer, no podemos quedarnos con este dinero.
En cuestión de pocos días, la pequeña de trenzas rubias de la Escuela Caviglia había creado, de manera totalmente autónoma, sin manuales de economía ni asesoramiento externo, el primer mercado cambiario infantil y la mesa de dinero informal más activa de toda la Capital Federal. Carolina había descubierto que el dinero no era para guardarlo, sino para comprar estatus, juguetes rotos y la atención de sus pares.
Cuando la situación se volvió completamente insostenible y el volumen de dólares circulantes en el barrio amenazaba con llamar la atención del Banco Central, convocamos de urgencia a una reunión con carácter de obligatoria. Esta vez la abuela no pudo esquivar el bulto ni sostener la inverosímil fábula del "regalo de cumpleaños".
A la cita acudió la madre de la nena, visiblemente desbordada por la situación. Tras unos minutos de evasivas y lágrimas de vergüenza sobre el escritorio de la dirección, la mujer finalmente confesó la verdad oculta que sospechábamos: Carolina no recibía herencias anticipadas, sino que sacaba los billetes de a fajos directamente de la caja registradora de la agencia de viajes familiar, aprovechando los momentos en que los empleados salían a almorzar o atendían a los clientes que buscaban paquetes para el norte de Brasil. Para Carolina, la caja de la agencia era una especie de Kiosco mágico donde el papel verde sobraba y nadie parecía notar la ausencia de unos cuantos billetes.
Y así fue como los docentes de la Escuela Caviglia descubrimos con asombro que, mientras nosotros nos gastábamos la tiza y la garganta intentando que los chicos comprendieran el mecanismo de las sumas con dificultad, las restas y las tablas de multiplicar, una alumna de tercer grado ya dominaba a la perfección el mercado de divisas, distribuía dólares de manera equitativa por el barrio y organizaba un plan económico de redistribución de la riqueza sumamente particular.
Menos mal que en ese momento Carolina tenía solamente ocho años y su rango de acción física estaba limitado por el alambrado del patio. Si llegaba a cursar quinto o sexto grado con esa misma mentalidad audaz y esa asombrosa visión para los negocios internacionales, no tengo ninguna duda de que nos abría una sucursal del Fondo Monetario Internacional en pleno recreo, justo al lado del mástil de la bandera, cobrándonos intereses por cada tiza que le prestáramos.




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