Corría el año 2011. Yo ejercía como vicedirectora en una escuela de Parque Chacabuco, lo cual —para cualquiera que haya pisado la gestión pública— es una forma elegante, casi poética, de decir que era la encargada diaria de que los cimientos del edificio no colapsaran sobre nuestras cabezas. El puesto de "vice" es un deporte extremo sin arnés: sos el escudo humano entre los reclamos del Ministerio, las quejas de los padres, las maestras, las goteras del baño de varones, las licencias médicas, la mística de un alumnado indomable y el puesto sándwich entre la directora y la secretaria . Básicamente un comodín
Hasta ese entonces, todo marchaba bajo los parámetros normales de la neurosis escolar argentina: peleas por un penal mal cobrado en el patio, alguna cartuchera perdida, tizas que desaparecían y los típicos roces de convivencia. Pero un mediodía cualquiera de marzo, la puerta de la dirección se abrió de par en par y el Ministerio de Educación decidió que ya estábamos listas para el nivel más avanzado del videojuego de la gestión.
Entraron ellos. Tres hermanos haitianos recién bajados del avión.
Eran tres pares de ojos enormes, profundos y oscuros que nos miraban fijamente, envueltos en un silencio solemne que imponía un respeto casi reverencial. El papeleo ministerial que traían bajo el brazo, prolijo en su burocracia de sellos y firmas, omitió un pequeñísimo "detalle técnico" de la ficha de inscripción: los chicos no hablaban, no entendían y no registraban una sola palabra de castellano. Su lengua materna era el creol. Con la directora nos miramos fijo durante tres segundos y sentimos el vacío existencial de quien se asoma al borde de un abismo pedagógico sin red de contención.
Ahí mismo, en el medio de la dirección, arrancó el patético show de señas. Yo me señalaba el pecho con un dedo, sonriendo como una desquiciada de publicidad de dentífrico, gritando: "¡Vicedirectora! ¡Yo, vice!", mientras la directora, contagiada por el delirio del momento, dibujaba letras invisibles en el aire con un entusiasmo y una plasticidad digna de un mimo bajo los efectos de un fuerte medicamento psiquiátrico.
Los tres chicos nos miraban con una cara de absoluta desconfianza que traducía de inmediato el pensamiento universal: “¿En qué manicomio de Buenos Aires nos acaban de meter?”.
La realidad diaria se volvió rápidamente inviable. Para destrabar el nudo, tuvimos que recurrir de urgencia a pizarras manuales donde escribíamos palabras en español y creol googleado para poder dar directivas monosilábicas que se comprendieran.
Sin embargo, el idioma resultó ser, a la larga, el menor de nuestros problemas. Los niños eran rápidos, sumamente despiertos para los mandados. Si la maestra lograba hacerles entender mediante dibujos que necesitaba una tiza o un borrador de la dirección, los chicos metían un pique olímpico por el pasillo que dejaba pedaleando en el aire al mismísimo Bolt. El gran inconveniente estructural es que aplicaban esa misma velocidad supersónica y esa energía desbordante para absolutamente todo lo demás.
La madre de los chicos, una mujer de mirada desafiante que se ganaba la vida a la intemperie vendiendo relojes de imitación y anteojos de sol sobre una manta en la vereda de las avenidas, los había traído desde Haití con la idílica fantasía de la reunión familiar y el progreso en tierras porteñas. Pero la realidad de ese living de pensión fue bastante más compleja que una publicidad fantasiosa.
Resulta que los tres mosqueteros se habían criado en diferentes provincias de la isla caribeña, con padres distintos. Prácticamente no se conocían entre sí, jamás habían convivido bajo el mismo techo y se profesaban, desde el primer día, un rechazo visceral que resolvían a las piñas limpias en los pasillos de la escuela. Sin embargo, el libre mercado tiene esa maravillosa y extraña capacidad de unir lo que la sangre separa.
Un día, promediando el mes de mayo, el aula de cuarto grado cayó de repente en un silencio sepulcral. En una escuela primaria, el silencio absoluto no es sinónimo de paz; es la alarma inequívoca de que se está gestando una catástrofe. Con la directora caminamos en puntas de pie por la galería y nos asomamos sigilosamente por la ventana de vidrio repartido. Lo que vimos nos dejó mudas.
Los hermanos habían firmado una tregua comercial histórica. Arriba de un banco de tres patas, habían montado una sucursal clandestina de venta ambulante. Con una habilidad innata para el mercadeo, le estaban vendiendo relojes digitales con luces led de colores y anteojos de aviador —que claramente le habían birlado de la manta a la madre— a sus propios compañeros de grado. Los nenes argentinos, totalmente hipnotizados por el cotillón caribeño que brillaba en la penumbra del aula, entregaban sus monedas de un peso y sus billetes de dos pesos como si estuvieran ante un altar. Los tres hermanos no sabían conjugar un solo verbo en castellano, pero la tregua financiera y el flujo de caja lo manejaban de taquito y con el carisma de tres lobos de Wall Street.
Lamentablemente, el espíritu corporativo y de unión familiar les duró lo que un suspiro en una canasta. En cuanto se quedaron sin stock de baratijas para vender, los muchachos volvieron a la programación habitual de guerra civil interna y delincuencia juvenil a microescala.
Comenzaron las travesuras de pesaje pesado: les robaban sistemáticamente los útiles, las viandas y juguetes a sus compañeros de grado, ocultando el botín en los lugares más insólitos del edificio. Para coronar la experiencia de la gestión, el hermano mayor desarrolló una extraña e inquietante obsesión por perseguir y molestar a los nenes más chiquitos de primer grado.
A partir de ahí, la logística de la escuela se transformó en un operativo de alta seguridad que nada tenía que envidiarle a una prisión de máxima potencia. Con la directora teníamos que armar guardias de infantería en las puertas de los baños cada vez que el mayor pedía permiso para salir del aula. Nos apostábamos allí con el cronómetro del celular en la mano, midiendo los segundos para evitar que se cruzara con los más chicos y desatara una catástrofe absoluta en los sanitarios.
Como era de esperarse, el cuerpo docente empezó a caer como moscas en un campo de batalla. La escuela se convirtió en una trituradora implacable de maestras. Pasaron tres suplentes en tiempo récord:
1. La primera docente: Duró exactamente dos días hábiles. Al tercero, entró a la dirección temblando como una hoja, dejó la tiza sobre el escritorio y presentó la renuncia indeclinable con lágrimas en los ojos.
2. La segunda docente: Directamente huyó del establecimiento a mitad de un recreo de la tarde. Salió corriendo por el portón de la calle Estrada y no volvió nunca más, ni siquiera a buscar la cartera que había dejado colgada en el respaldo de la silla.
3. La tercera docente: Se llevó la peor parte. Los nervios, el estrés de la persecución diaria y la tensión de un aula ingobernable le pasaron una factura tan alta que terminó internada en la clínica docente con un principio de ACV provocado por un pico de presión.
Nuestro gabinete pedagógico ya no parecía un espacio de contención, sino más bien la guardia de terapia intensiva de un hospital público en plena emergencia.
La convivencia se volvió tan insostenible, tan violenta para el resto de la comunidad, que el romanticismo pedagógico y las teorías de la inclusión escolar que leemos en los libros se nos terminaron por completo de un plumazo. Tuvimos que aplicar la única estrategia geopolítica e histórica que funciona ante una amenaza de este calibre: "divide y reinarás".
Hicimos gestiones frenéticas con la supervisión del distrito y logramos trasladar a los dos hermanos más grandes a distintas escuelas de la zona de influencia para salvar lo poco que quedaba en pie de nuestro establecimiento y resguardar la precaria salud mental de las pocas docentes que quedaban en el frente.
Nos quedamos con el más chico en nuestra escuela, pensando ingenuamente, con esa tierna fe que a veces nos ataca a los directivos, que sin sus cómplices y hermanos mayores el nene se transformaría de la noche a la mañana en un niño cantor de Viena, dócil y receptivo a la educación formal.
Qué soberano error de principiantes. El niño no mejoró un solo milisegundo su comportamiento. Sin socios a mano para sus andanzas, las normas de la escuela le siguieron importando un bledo absoluto. Se las ingenió solito para seguir desvalijando cartucheras enteras, saltando arriba de los armarios y volviéndonos locas todos los días, demostrando que el talento para el caos absoluto no era una cuestión de trabajo en equipo ni de mala junta, sino algo que llevaba directamente marcado a fuego en sus genes caribeños.
Al final, el romanticismo pedagógico nos duró lo que un suspiro en el patio. El Ministerio quería que les enseñáramos ciencias y valores, y nosotros terminamos dándoles un posgrado acelerado en diversificación de mercados a tres pibes que venían del subdesarrollo y descubrieron que el verdadero subdesarrollo era nuestro sistema de seguridad escolar. Eso sí, las pocas maestras que logramos sobrevivir a ese ciclo lectivo hoy estamos capacitadas para desactivar un motín en una cárcel de máxima seguridad usando solamente un puntero de madera, un paquete de galletitas de agua y una sonrisa pedagógica. Del estrés postraumático, por suerte, todavía no nos pasaron la factura.