El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 18: LA REINA DEL CHISME

Corría el año 2004 en la Escuela Caviglia, una institución de la Ciudad de Buenos Aires que se plantaba con un orgullo rebelde y un tanto aristocrático frente al resto del mapa educativo: en lugar del clásico, comercial, estandarizado y globalizado inglés que dictaban en casi todos lados, en nuestras aulas se estudiaba francés. Sí, señor. Oh là là. Mientras el resto del mundo aprendía a decir "the cat is under the table", nuestros alumnos lidiaban con la pronunciación gutural de las erres y la conjugación del verbo être. Era una hermosa excentricidad que le daba al colegio un aire de embajada cultural, aunque los techos tuvieran filtraciones y las tizas se partieran a la mitad.
Yo estaba a cargo de un hermoso cuarto grado. Era un grupo divino, con la dosis justa de curiosidad e inquietud, y todo marchaba sobre ruedas en la rutina diaria. Excepto, claro, por un pequeño pero ruidoso detalle de la fauna autóctona del establecimiento: la maestra recuperadora, a quien llamaremos Ana para resguardar lo que le quede de dignidad profesional.
Ana tenía un superpoder de esos que no salvan vidas, o mejor dicho, un pasatiempo de tiempo completo: madrugar de manera sospechosa para pasearse por las aulas ni bien sonaba la campana de entrada. Su técnica era siempre la misma. Entraba al aula con paso felino, fingía que miraba nuestros apuntes de planificación con ojos amorosos y maternales, te hacía un comentario al pasar sobre el clima y, ni bien te dabas la vuelta, corría hacia la dirección a llevar el parte diario con los chismes de la mañana. Básicamente, era la jefa de la central de inteligencia informal del colegio; la "reina del rumor" con título docente habilitante.
Una mañana cualquiera de ese invierno de 2004, Ana pasó por mi aula mucho más temprano de lo habitual. Tan temprano que el salón todavía conservaba la mística densa del día anterior; las sillas seguían arriba de las mesas porque los auxiliares apenas estaban pasando el trapeador por el pasillo, y yo ni siquiera había tenido tiempo de borrar el pizarrón para poner la fecha del día.
Ana entró, barrió el aula con su mirada de escáner de aduana, tomó nota mental en su base de datos de la alcahuetería diaria y se retiró sigilosamente con una sonrisita de satisfacción que, en ese momento, no alcancé a descifrar. Yo seguí acomodando mis carpetas, ignorando que la maquinaria del complot ya se había puesto en marcha.
A los pocos minutos, cuando los chicos ya estaban sentados en sus bancos y la jornada apenas arrancaba, la puerta de madera del aula se abrió de par en par. No fue una ráfaga de viento helado de julio: era Marta, la vicedirectora , que entró con el modo "inquisición medieval" completamente activado en sus pupilas.
Marta era de esas autoridades que creen que el respeto se impone con la rigidez del cuello y la ausencia total de gesticulación amable. No hubo un "buen día" para la docente, ni un saludo de cortesía para los treinta chicos que la miraron entrar con la respiración contenida, ni una sola mirada de mínima educación. Su radar de halcón estaba clavado, de manera fija e inamovible, en el pizarrón verde del fondo del aula.
Con el paso firme y rítmico de un alguacil que acaba de descubrir un crimen de lesa humanidad en flagrancia, caminó hacia el pizarrón. Señaló una palabra escrita con tiza con su dedo acusador y, con ese tono de superioridad moral y académica que algunos creen que viene incluido con el sello del cargo jerárquico, me soltó delante de todo el alumnado:
— "Mire, colega... si usted no sabe cómo se escribe una palabra, lo mínimo que tiene que hacer por respeto a sus alumnos es buscarla en el diccionario antes de dejarla asentada en el pizarrón".
Pestañeé un par de veces, completamente desorientada, sintiendo cómo los ojos de treinta chicos de nueve años iban de la cara rígida de Marta a la mía, como en una final de tenis de alta tensión. Empecé a buscar desesperadamente en mi mente el horror ortográfico que supuestamente había cometido. ¿Había escrito "gente" con jota? ¿Se me había escapado una hache en "hacer"?
Y ahí estaba la manzana de la discordia, escrita con una caligrafía cursiva impecable en tiza blanca: AVRIL.
En ese milisegundo de revelación, me cayó la ficha entera. La central de inteligencia de la recuperadora Ana había detectado la palabra a primera hora, su cerebro no había podido procesar más allá de la superficie y Marta, relamiéndose de envidia burocrática, venía corriendo a ejecutarme en plaza pública por "burra" delante de mi propio grado para demostrar quién mandaba en la escuela.
Con la tranquilidad absoluta, zen y gloriosa que solo te da tener la verdad incontrastable de tu lado, acomodé los borradores sobre el escritorio, miré a la vicedirectora con mi mejor sonrisa de azafata y, modulando cada sílaba con una parsimonia casi teatral, le dije:
— "Ah, pasa que todavía no borré el pizarrón de ayer, Marta. Ayer a última hora los chicos tuvieron la clase especial de idioma... y resulta que en francés, el mes de abril se escribe con V corta".
El silencio que inundó el aula de cuarto grado en ese instante fue tan denso que se podría haber cortado con el borde de una regla de madera. Los chicos, que a los nueve años ya entienden absolutamente todo el lenguaje no verbal de los adultos, se quedaron inmóviles, captando que la autoridad máxima acababa de meter la pata hasta el fondo del barro pedagógico.
La cara de Marta fue un espectáculo digno de ser exhibido en el Museo del Louvre. En menos de cinco segundos, su piel pasó por toda la paleta de colores de un otoño tardío: empezó con un rosa pálido de sorpresa, mutó rápidamente a un rojo tomate de vergüenza y terminó en un gris ceniza de pura humillación institucional.
No emitió un solo sonido. No tuvo el coraje de pedir disculpas, ni la decencia de esbozar una sonrisa de complicidad. Dio media vuelta sobre sus tacos, haciendo un ruido seco contra el piso, y huyó despavorida hacia el pasillo en dirección a la secretaría, probablemente a pedir la cabeza en una bandeja de plata de su informante estrella por haberle vendido información de inteligencia defectuosa.
Por supuesto, las disculpas institucionales y el "lo lamento" de pasillo jamás llegaron a mi escritorio. El ego jerárquico es ciego, sordo y sumamente orgulloso, y admitir que una vicedirectora de una escuela bilingüe de francés no sabía cómo se escribían los meses del año en el idioma que promovía su propia institución era demasiado peso para su estructura.
Sin embargo, ver a la "Sra. Vigilante" quedar completamente expuesta, desarmada y muda ante los ojos atentos de todo el grado no tuvo precio en pesos convertibles ni en francos franceses. Fue el mejor acto de pedagogía práctica que mis alumnos recibieron en todo el ciclo lectivo.
Al final de ese largo día, la lección nos quedó flotando a todos en el aire del aula como el polvo de la tiza: el chisme y la alcahuetería son armas sumamente peligrosas, de doble filo... especialmente cuando el que las usa carece por completo de comprensión lectora, le sobra mala fe y, fundamentalmente, no parlá una sola mierd de francés.
C'est la vie, Ana. C'est la vie, Marta. La próxima vez, antes de bajar a la dirección a denunciar un atentado a la Real Academia, les sugiero pasar por la biblioteca... o por lo menos, esperar a que la tiza se termine de secar.




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