Fin de curso, diciembre de 1998. Eran las diez de la mañana y el termómetro, generoso, marcaba cuarenta grados a la sombra. El aire parecía haberse detenido sobre el patio de la escuela, espeso y brillante, mientras el sol caía a plomo sobre baldosas y ventanas. Los ventiladores giraban con más buena voluntad que eficacia, removiendo apenas el perfume mezclado de tizas, cuadernos y botellas de agua tibia. Aquellos artefactos prehistóricos, suspendidos de los techos altos, emitían un quejido metálico intermitente, como si suplicaran una jubilación anticipada, logrando únicamente trasladar una masa de aire hirviente de un rincón al otro del aula.
En las aulas se respiraba ese clima inconfundible de los últimos días de clase: una mezcla de cansancio, expectativa y euforia contenida. Los chicos contaban las horas para las vacaciones, intercambiaban figuritas del Mundial que ya había pasado, ensayaban canciones para el acto de cierre y preguntaban cada diez minutos cuánto faltaba para el recreo. Los carteles de las efemérides colgados de las paredes empezaban a despegarse por la humedad ambiental, y la plasticola de los mapas parecía derretirse en vivo. Los docentes, café en mano y con una sonrisa resignada, intentábamos sostener el delicado equilibrio entre el orden pedagógico y el espíritu festivo que ya se había instalado en cada rincón de la escuela. Sabíamos perfectamente que cualquier intento de dictar una ecuación matemática o revisar la sintaxis de una oración a esa altura del año era una batalla perdida de antemano. Afuera, las chicharras parecían competir con el bullicio del patio; adentro, las persianas entrecerradas y las jarras de agua fresca, que rellenábamos en la canilla de la cocina cada media hora, se convertían en auténticos tesoros coloniales. Todo anunciaba el final de un año intenso. Y, como suele ocurrir en las escuelas cuando el calor aprieta y las vacaciones están al alcance de la mano, bastaba un pequeño imprevisto para que aquella mañana sofocante se transformara en una anécdota imposible de olvidar.
Habíamos preparado una hermosa murga que involucraba a todos los grados de la escuela y que, desde hacía semanas, ocupaba buena parte de nuestras conversaciones, ensayos y desvelos. Los pasillos se habían llenado de cartulinas, lentejuelas sueltas que crujían bajo los zapatos y retazos de tela convertidos, con ingenio, desesperación y muchísimo entusiasmo, en coloridos trajes y estandartes. Los chicos practicaban los pasos una y otra vez, saltando sobre las baldosas calientes, orgullosos de sus galeras adornadas con tapitas de gaseosa y de los instrumentos improvisados con latas de dulce de batata que resonaban con un eco ensordecedor en cada recreo. El profesor de música, que ya arrastraba una disfonía crónica, intentaba coordinar el caótico compás con un silbato que sonaba cada vez más agudo y desesperado.
Antes del gran desfile final, cada curso tuvo su momento para compartir con las familias y con el resto de la comunidad escolar algún trabajo realizado a lo largo del año. El gimnasio se transformó en una caótica feria de ciencias y humanidades: maquetas de volcanes hechas con harina y vinagre cuidadosamente construidas, cuadernos repletos de historias escritas con cursiva temblorosa, experimentos que incluían porotos germinados en algodón podrido, canciones folclóricas desafinadas con orgullo, poesías recitadas de memoria a toda velocidad y pequeñas representaciones teatrales donde siempre algún alumno olvidaba su línea y miraba al techo buscando inspiración divina. El salón de actos se llenó de aplausos, flashes de cámaras fotográficas de rollo que tardarían semanas en revelarse, y miradas emocionadas de abuelas que se abanicaban con los cuadernos de sus nietos. Para los alumnos era la oportunidad de mostrar el fruto de meses de esfuerzo; para los docentes, un instante de legítimo orgullo y también de una sutil nostalgia, al advertir cuánto habían crecido aquellos niños desde aquel lejano y frío primer día de clases de marzo. En el ambiente flotaba esa mezcla inconfundible de alegría liberadora y melancolía que acompaña siempre a los cierres de ciclo, mientras todos aguardábamos el momento culminante: la murga que, con su música ensordecedora y su energía contagiosa, pondría el broche de oro a un año inolvidable. El clima era festivo: aplausos, fotos borrosas para el recuerdo y familias rebosantes de orgullo.
Al terminar el acto, en medio de la marea humana de padres buscando a sus hijos y abuelos tratando de no pisar los estandartes, cada niño se retiró con sus seres queridos. Fue en ese preciso instante de desconcentración general cuando aparecieron las camareras del concesionario del comedor escolar para hacer entrega de un postrecito empaquetado para cada alumno de la institución. Eran unos pequeños potes plásticos con un sospechoso remolino bicolor de vainilla y dulce de leche que prometían ser el oasis fresco en medio del desierto. Fueron entregados a las apuradas en las puertas de salida, mientras los chicos saltaban de alegría y los padres agradecían el detalle sin sospechar absolutamente nada. Aún hoy, tantos años después, me pregunto a qué hora exacta de aquella mañana calurosa habrán llegado a la escuela aquellas supuestas “delicias” lácteas y, sobre todo, cuántas horas pasaron soportando los impiadosos cuarenta grados de diciembre alineados sobre un tablón de madera en el patio trasero, completamente fuera de la cadena de frío y desprovistos de cualquier rastro de heladera. El plástico de los envases, al tacto, ya ostentaba una temperatura tibia más cercana a la de un caldo que a la de un refrigerio estival.
La respuesta científica e irrefutable llegó la semana siguiente, justo cuando los docentes creíamos que ya podíamos dedicarnos en paz a la tediosa tarea de completar las actas finales y los boletines de calificaciones en una sala de profesores desierta. De repente, el teléfono de la dirección empezó a sonar con una frecuencia alarmante, transformándose en una central de emergencias. Comenzaron a llover llamadas, quejas y denuncias formales de familias enteras: una feroz intoxicación por salmonela había convertido nuestro colorido e idílico cierre de año en un inesperado, masivo y escatológico episodio sanitario de proporciones bíblicas. El chat de mamás de la época, que se hacía mediante cadenas telefónicas de casa en casa, ardía con reportes de fiebre, dolores estomacales y visitas de urgencia a las guardias médicas de la zona.