En los años noventa, la planificación pedagógica formal era un concepto abstracto que podía esperar pacientemente en el fondo de un cajón. En aquella década de hombreras, peinados con gel y convertibilidad, la visita anual al zoológico de Palermo no era una simple salida didáctica: era una cita obligada, un rito de iniciación y una fecha sagrada para toda la comunidad de la escuela Caviglia. Apenas asomaban los primeros días templados de la primavera, cuando el olor a asfalto caliente empezaba a mezclarse con el de los tilos, los alumnos comenzaban una cuenta regresiva que rumbearía directo a la locura generalizada, y los docentes desempolvábamos las listas de los alumnos, autorizaciones firmadas y botiquines donde el agua oxigenada y el Merthiolate (del que todavía ardía con ganas) eran los reyes absolutos.
La excursión tenía algo de ceremonia militar cruzada con un festival de rock: de primero a séptimo grado, toda la escuela se ponía en marcha en una caravana de seis o siete micros escolares de color naranja furioso. Aquello era un despliegue logístico que envidiaría la mismísima NASA. Los micros quedaban estacionados en fila india ocupando toda la cuadra, rugiendo sus motores diésel y largando un humo negro que presagiaba la gran aventura. Al subir los alumnos se llenaban de mochilas con comida chatarra, gorras con visera de colores fluorescentes y una energía imposible de contener. Más de doscientos chicos, armados hasta los dientes con paquetes de galletitas Surtidas, juguitos en cajita con sorbete rebelde y confites que te pintaban la lengua de azul, partían decididos a descubrir elefantes, jirafas y monos antes de que se agotaran las provisiones, el combustible y, fundamentalmente, la paciencia de los adultos a cargo.
Desde muy temprano, el patio de la escuela se transformaba en una fiesta caótica que rozaba el colapso nervioso. Las madres, previsoras seriales, acomodaban a presión las últimas camperas de jogging en mochilas que ya estaban al borde de la explosión textil, mientras los padres repartían recomendaciones solemnes sobre el comportamiento y el peligro de los felinos que ningún alumno escuchaba. Los chicos corrían de un lado a otro en un estado de trance, comparando el tamaño de sus viandas como si fueran trofeos de guerra y eligiendo estratégicamente el asiento del micro: los más audaces se disputaban el fondo para saltar en cada bache, mientras que los más propensos al mareo eran sutilmente empujados por las maestras hacia los asientos delanteros, cerquita del conductor y de una bolsa de consorcio abierta por pura prevención.
Una vez que la caravana se ponía en camino comenzaba el verdadero espectáculo de supervivencia auditiva. Aquello era una sinfonía descontrolada de canciones a coro que hablaban de la bocina del micro y del chofer que no aceleraba, adivinanzas subidas de tono, ventanillas empañadas por la respiración de treinta preadolescentes hiperactivos y el sagrado ritual de intercambiar golosinas con el compañero de asiento, lo que generaba un mercado negro de caramelos masticables y chicles de dudosa procedencia. Los docentes, convertidos en expertos internacionales en contar cabezas en constante movimiento , intentábamos mantener un simulacro de orden mientras disfrutábamos en secreto, entre mate y mate de termo de vidrio, de aquella alegría contagiosa que solo los noventa y la primavera podían conseguir.
Al llegar a Plaza Italia, el zoológico se abría ante nosotros como un territorio exótico de aventuras . El ingreso era triunfal. Los más pequeños de primer grado avanzaban tomados de una soga larga para no perderse, con los ojos abiertos como el dos de oro, maravillados por el tamaño jurásico de los elefantes y la elegancia kilométrica de las jirafas, a las que intentaban alimentar con restos de pochoclos y galletas de formitas. Los más grandes, los consagrados de séptimo grado, fingían una indiferencia absoluta y madura, caminando con las manos en los bolsillos del jean nevado y mirando de reojo a las chicas del otro curso, aunque terminaban inevitablemente tan fascinados como el resto frente a las travesuras de los monos o el rugido lejano y de ultratumba de los leones. Entre mapas de papel plegados que jamás se volvían a cerrar correctamente, fotografías grupales donde siempre alguien salía con los ojos cerrados o haciendo cuernitos, y las eternas e insistentes preguntas de «¿cuánto falta para ir a los juegos?», transcurría una jornada maratónica que mezclaba aprendizaje de ciencias naturales y asombro genuino en partes exactamente iguales.
Hoy, al evocarla a la distancia de las décadas, aquella excursión resume a la perfección el espíritu indomable de una época analógica: había menos cronogramas rígidos impresos en PDF y muchísimo más descubrimiento espontáneo; menos pantallas de celulares para registrar el momento y muchísimas más miradas compartidas que se grababan en la retina. Era una salida escolar programada por la escuela , pero por sobre todas las cosas era una aventura colectiva que dejaba anécdotas jugosas para desmenuzar durante todo el año en los recreos y recuerdos destinados a perdurar mucho más allá de las hojas Rivadavia de los cuadernos de clase y los temidos boletines de calificaciones.
El clímax absoluto de la jornada llegaba, como no podía ser de otra manera, junto al mítico lago de los patos, una masa de agua verdosa y misteriosa que concentraba la mayor densidad de aves y bacterias por metro cuadrado de la Ciudad de Buenos Aires. Allí se daba la orden oficial de desarmar filas y aparecían las famosas viandas preparadas con tanto amor. Era el festival del carbohidrato: sándwiches de milanesa compactados por el peso de los manuales Kapelusz, papitas fritas ligeramente húmedas por el vapor primaveral, gaseosas que habían perdido el gas y ganado temperatura durante el viaje, y postrecitos lácteos que desafiaban todas las normas de la cadena de frío y que habían sobrevivido milagrosamente gracias al envoltorio de papel de aluminio. Los docentes nos sentábamos en los bancos de madera a intentar masticar un pebete mientras vigilábamos el perímetro como francotiradores en zona de conflicto.