El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 25:El Principito y la seño que casi termina en terapia intensiva

Corría el año 2016. Por aquel entonces, yo trabajaba de vicedirectora con los alumnos del taller del Hogar Naval, una institución con una mística hermosa pero con chicos que cargaban con realidades complejas, energías desbordantes y, fundamentalmente, cero experiencia en los protocolos de la alta cultura europea.
Como toda docente que todavía conserva intacto un resto de optimismo pedagógico —ese combustible fósil que se nos va agotando con los años de tiza—, tuve una de esas ideas que nacen con el brillo de la ilusión y mueren de forma fulminante en una contractura cervical de tres semanas: llevar a un contingente de ochenta alumnos al mismísimo Teatro Colón a ver El Principito, la ópera.
Porque claro, uno planifica la salida desde el escritorio de la escuela, con el mate cocido de por medio y el programa oficial del Ministerio en la mano, y piensa en clave lírica:
“Qué experiencia transformadora para estos pibes. Van a conocer un templo de la acústica mundial, van a refinar el oído, van a deslumbrarse con la arquitectura patricia de Buenos Aires y van a conectar con la poética existencialista de Saint-Exupéry”.
Esa es la teoría. La fantasía romántica de una maestra que todavía cree que un batallón de chicos de primaria, sentados en una sala alfombrada de terciopelo rojo, se va a comportar de repente con la solemnidad silenciosa de un cuerpo de diplomáticos europeos en una gala presidencial.
La cruda realidad, como siempre, estaba lista para darme una lección de física y paciencia.
El viaje en micro ya había sido un precalentamiento interesante para mis nervios, pero cuando cruzamos el imponente portón de la calle Libertad, el impacto inicial pareció darnos la razón. Durante unos minutos, el milagro pedagógico pareció materializarse.
Los chicos entraron al hall central y se quedaron mudos. Miraban maravillados las escaleras de mármol de Carrara, las columnas imponentes, los vitrales multicolores y esas arañas gigantescas que parecen racimos de diamantes congelados. Yo respiraba hinchando el pecho de orgullo patrio, miraba de reojo a los alumnitos y pensaba para mis adentros: “ Valió la pena cada maldita firma de autorización, cada llamado a los padres y cada peso gestionado. Estamos haciendo patria cultural”.
El problema fue que todavía no habíamos iniciado el ascenso a nuestros asientos. Y cuando digo "ascenso", no estoy usando una metáfora literaria.
El Teatro Colón tiene una distribución jerárquica de la que uno solo toma real conciencia cuando viaja con presupuesto de escuela pública. Nos hicieron pasar por una entrada lateral y empezamos a subir escaleras. Subimos. Y subimos. Y seguimos subiendo por unos pasillos que cada vez se parecían más a la escalera de servicio de un faro abandonado que a un teatro de categoría.
Cuando finalmente llegamos a nuestros lugares, entendimos la verdad. Nos habían asignado la sección de "Paraíso". Pero no era un paraíso celestial; era la última frontera antes de la atmósfera exterior. Estábamos en la última fila del universo conocido. Más arriba de nosotros no había más butacas; había que pedirle permiso de tránsito a los murciélagos que habitan el cielorraso y a las palomas que daban vueltas por los conductos de ventilación. Desde allí arriba, el imponente escenario del Colón se veía precioso... si tenías la agudeza visual de un halcón peregrino, binoculares de campaña militar y la paciencia infinita de un monje tibetano.
Para los chicos, cuyos ojos están acostumbrados a las pantallas de alta definición a veinte centímetros de la cara, el escenario era un rectángulo luminoso donde se movían unos muñequitos del tamaño de un alfiler de gancho.
La sala se oscureció. Las luces de las arañas gigantes se apagaron lentamente en un degradé que arrancó un "uooooh" colectivo de mis ochenta criaturas. El director levantó la batuta y la orquesta empezó a sonar.
Los primeros cinco minutos fueron un regalo de la Providencia. Silencio absoluto. Las bocas abiertas, los ojos fijos en la fosa de los músicos. Yo, al borde de las lágrimas de la emoción.
A los diez minutos, el hechizo del Colón se disolvió como un terrón de azúcar en el café caliente. Y ahí comprendí que mis alumnos no estaban disfrutando de una pieza de arte lírico contemporáneo; estaban intentando sobrevivir a ella.
El Principito empezó a cantar en un registro de soprano que, para los oídos criados a puro trap y reggaetón de mis alumnos, sonaba como un bocina de tren de alta frecuencia. El aburrimiento, ese monstruo invisible que habita en las aulas, se coló en la última fila de Paraíso con una velocidad pasmosa. Dylan en la fila tres empezó a balancearse de izquierda a derecha. Brayan desesperado porque no distinguía si el que estaba en escena era el zorro o el aviador, decidió que la butaca de cuero y madera era una especie de hamaca paraguaya de alta resistencia. Desde el fondo, una voz infantil, clara y potente como un clarinete, rompió el silencio de la sala: "—Seño, ¿cuándo viene el intervalo para comer los alfajores?"
Recién íbamos por el primer planeta del itinerario espacial del Principito. Faltaba una hora y media de función.
Ahí fue cuando empezó mi verdadera función, una puesta en escena paralela que no figuraba en el programa oficial de mano del Teatro Colón. Mientras sobre el escenario un tenor de renombre internacional cantaba una aria desgarradora sobre la soledad de la rosa, yo estaba protagonizando un thriller de suspenso titulado “La seño y los ochenta peligros de caída libre”.
Debido a la inclinación casi vertical de las butacas de Paraíso, cualquier movimiento en falso hacia adelante conllevaba el riesgo teórico de que un alumno rodara como una bola de boliche por el pasillo central, cayendo directamente sobre la cabeza de algún abonado de la platea baja que había pagado una fortuna por su entrada.
Mi brazo derecho dejó de ser una extremidad humana y se transformó en una barrera de seguridad de peaje. Desarrollé unos reflejos dignos de un arquero de primera división:
—¡Sentate! —susurraba con voz de ultratumba mientras tironeaba del buzo de lana de un nene que se asomaba por encima del borde.
Un minuto después: —¡Te dije que apoyes la espalda en el respaldo, por el amor de Dios!
Otro minuto después, con el corazón en la boca: —¡No pruebes la flexibilidad de la baranda de bronce con los dientes! ¡Dejá de hamacarte ahí!
Mi mayor obsesión durante esas dos horas no fue la belleza de la música, ni la escenografía minimalista, ni el mensaje de que "lo esencial es invisible a los ojos". Mi única y obsesiva preocupación era que la salida cultural de la escuela no terminara siendo la portada del diario del día siguiente con un titular catastrófico: "Tragedia en el Colón: delegación escolar confunde una ópera infantil con una prueba de gravedad cero en la estratosfera".
Yo ya no miraba al Principito. No tenía la menor idea de si el cordero estaba adentro de la caja o si el astrónomo turco ya había descubierto el asteroide. Mi mirada era un escáner militar que solo registraba cabezas en movimiento:Una cabeza que se inclinaba sospechosamente hacia el vacío, una cabeza que desaparecía por completo porque el nene se había tirado al piso a buscar un chicle que se le había caído de la boca,una cabeza que giraba 180 grados para hacerle burlas a los chicos de la escuela privada que estaban sentados tres filas más abajo,una cabeza que, inexplicablemente, intentaba meterse entre los barrotes de hierro del apoyacabezas como si estuviera ensayando un escape de Alcatraz.
Los adultos de las filas de abajo nos miraban constantemente. Algunos nos dedicaban miradas cargadas de una profunda ternura y solidaridad pedagógica otros, en cambio, nos clavaban esa mirada fulminante de la alta sociedad que parece decir: “¿Quién autorizó a que trajeran a la plebe ruidosa a perturbar la acústica de nuestra sala?”.
Y tenían toda la razón del mundo en compadecerse de mí. Mientras el resto de los mortales se deleitaba con el vibrato de la soprano, yo estaba completando una rutina de gimnasio militar sin darme cuenta. Mis movimientos eran mecánicos, repetitivos y agotadores: Sentar al que se paraba. Levantar al que se caía en el espacio entre butacas. Acomodar la mochila que amenazaba con rodar escaleras abajo. Frenar el contrabando de papas fritas que hacían ruido a celofán en medio del solo de violín. Advertir con la mirada fija de "maestra enojada" que traspasa la oscuridad del teatro.
Cuando finalmente la ópera llegó a su fin y los actores salieron a saludar, el teatro estalló en un aplauso unánime y ensordecedor. Pero los aplausos tenían motivos muy diferentes según el sector de la sala: los chicos aplaudieron con entusiasmo porque les había fascinado el despliegue de luces finales (y porque sabían que por fin venía el alfajor) y los abonados de la platea baja aplaudieron la calidad interpretativa de la orquesta estable.Y yo... yo aplaudí con las últimas fuerzas que me quedaban en los bíceps, feliz de comprobar que mis ochenta alumnos seguían teniendo pulso, respiraban y, sobre todo, conservaban la totalidad de sus huesos intactos .
Salí de aquel imponente edificio de mármol y oro con la columna vertebral desalineada, los músculos de los brazos inflados como si hubiera estado levantando pesas en una celda de castigo y la garganta seca de tanto susurrar amenazas de penitencia en un tono de voz que no interfiriera con la acústica perfecta de la sala.
Al día siguiente, cuando la directora me cruzó en el pasillo de entrada y me preguntó con una sonrisa radiante: —¿Y, cómo estuvo la experiencia cultural en el Colón con los chicos?
Yo la miré fijamente, acomodándome el guardapolvo con la dignidad de quien viene de sobrevivir a una guerra de trincheras, y le respondí con mi mejor sonrisa profesional: —Hermosa experiencia, sumamente enriquecedora para su bagaje cultural. Aunque, la verdad, no sabía que la obra de Antoine de Saint-Exupéry venía con una clase intensiva de Crossfit y entrenamiento de resistencia para el personal docente.
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