El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 26:La gran escapada del Parque Roca: Crónica de una dislocación anunciada

Hay verdades universales que la ciencia no ha podido explicar, pero cualquier docente de alma conoce a la perfección. La primera es que el peligro es directamente proporcional a la cantidad de hormonas y azúcar concentradas en un grupo de primer grado. La segunda es que, cuando una directora te dice «no te preocupes, vas a tener apoyo», en realidad te está deseando buena suerte en los juegos del hambre.

Corría un fin de noviembre de esos donde el asfalto de Buenos Aires amaga con derretirse y las escuelas públicas entran en ese estado de ebullición mística pre-vacacional. En la Escuela Caviglia, el ritual del cierre de año era inmutable: una excursión masiva al Parque Roca.

Yo sabía perfectamente con qué bueyes araba. Mi aula no era un salón de clases; era una recreación a escala de una película de acción post-apocalíptica. Tenía treinta pequeños especialistas en demolición y acrobacias no autorizadas. Por eso, durante semanas, apliqué la técnica de la insistencia desesperada. Fui a la dirección una, dos, tres, cinco veces.

—Por favor, te lo ruego, no me hagas ir —le decía a la directora, casi de rodillas, sosteniendo mi taza de café como quien se aferra a un salvavidas—. Son ingobernables. Es peligroso. Yo sé con lo que lideo todos los días. En el Parque Roca hay verde, hay espacio, hay libertad… y la libertad es el enemigo natural de la disciplina de primer grado. Si los soltamos ahí, vamos a terminar saliendo en los noticieros de las dos de la tarde.

Pero la directora poseía el superpoder de la sonrisa y la diplomacia anestésica.

—Ay, querida, siempre tan exagerada —me soltó, dándome una palmadita de esas que te licúan las esperanzas—. No vas a estar sola. Van a ir un montón de padres a colaborar. Además, viaja la vicedirectora en persona. Va a ser un hermoso día de campo. Pensá en los chicos, en el aire puro. Relajate.

«Relajate», me dijo. Una palabra que debería estar prohibida en el vocabulario pedagógico.

Llegó el fatídico día. El viaje en micro fue una locura de gritos, papeles de alfajores volando y amenazas de vómito inminente que logré contener apelando a rezos . Cuando el micro frenó en el Parque Roca, la profecía autocumplida comenzó a desplegarse con la precisión de un reloj suizo.

Apenas pisamos el pasto, ocurrió la gran división socio-laboral de las excursiones escolares. Por un lado, el bloque de las trabajadoras de la educación de primera línea: mi compañera Haydée, de segundo grado, las maestras de los demás grados y yo. Por el otro lado, el Comité de Bienestar y Recreación Adulta, compuesto por la vicedirectora y la comitiva de padres colaboradores.

Mientras Haydée y yo nos transformábamos instantáneamente en una mezcla de sargentos de infantería y agentes de control de disturbios para entretener a los chicos por sectores, el resto del contingente de adultos descubrió que el Parque Roca era el lugar ideal para un retiro espiritual. Desplegaron el mantel, sacaron los termos, las facturas, los mates y se dispusieron a desayunar con una paz digna de un monasterio budista. La vicedirectora, con los anteojos de sol sobre la cabeza, parecía estar en una playa de la Riviera Maya en lugar de un predio fiscal pegado al autódromo de Villa Lugano.

—Haydée —le dije a mi colega, mientras esquivaba un pelotazo que pasó a milímetros de mi nariz—, me parece que la "colaboración" se quedó varada en el peaje.

—Olvidate —respondió ella, atajando a un nene que intentaba comerse una hormiga— Estamos solas en el Lejano Oeste.

Decididas a mantener la tasa de supervivencia en un cien por ciento, nos mudamos a la zona de los juegos de plaza. Error táctico fatal. Los juegos de plaza de aquella época no eran las estructuras plásticas y amigables de hoy en día. Eran monumentos de hierro macizo, astillas de madera curada y cadenas oxidadas diseñadas en los años setenta para forjar el carácter a base de tétanos y golpes directos. Un parque de diversiones diseñado por un traumatólogo con ambiciones financieras.

Ahí adentro, la dinámica se volvió frenética. Haydée y yo nos convertimos en diosas de la física cuántica, estando en tres lugares a la vez.

—¡Salí de ahí atrás que te va a volar la cabeza la hamaca! —gritaba yo, mientras me tiraba de palomita para sacar a una nena que caminaba en trance detrás de un columpio a máxima velocidad.

—¡Te atajo, te atajo, no te tires de cabeza! —gritaba Haydée del otro lado, amortiguando con su propio cuerpo la caída libre de tres niños que habían decidido que el tobogán se usaba parado, de espaldas y con los ojos cerrados.

Éramos dos ninjas de la docencia, multiplicándonos entre los arcos para colgarse, los subibajas y los pasamanos. Pero entre todos los focos de peligro, había uno que brillaba con luz propia: Rodri.

Rodri no era un alumno común. En primer grado, la mayoría de los chicos tienen el tamaño de un duendecito simpático. Rodri no. Rodri tenía la contextura física de un pilar de los Pumas, la altura de un preadolescente y la agilidad de un mono de selva tropical. En ese preciso instante, Rodri descubrió la trepadora más alta del parque, un arco de metal que desafiaba la gravedad.

Fiel a su estilo, Rodri se colgó de una punta del arco y empezó a avanzar como un equilibrista sin red, de una punta a la otra, colgado de las manos a dos metros del suelo. Sus pies colgaban en el aire como dos péndulos gigantescos.

—¡Rodri, bajate de ahí inmediatamente! —le grité, mientras arrastraba a dos chicos que se estaban pegoteando con chicle.

Sucedió lo previsible. La ley de la gravedad, combinada con la transpiración de las manos de un nene de primer grado en pleno noviembre, nunca falla. Hubo un segundo de silencio suspendido en el aire, seguido por un ruido seco contra la tierra seca del parque. Un "¡paf!" que me heló la sangre.

El grito de Rodri se escuchó hasta en la recta principal del autódromo. Corrí esquivando hamacas en movimiento, saltando nenes y esquivando un pelotazo. Cuando llegué a la base del arco, Rodri estaba en el suelo, llorando a mares. Miré su brazo y el universo se detuvo: se había sacado la mano de lugar. La articulación de la muñeca había decidido tomarse vacaciones y apuntaba hacia una dirección que desafiaba cualquier manual de anatomía humana.




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