La escuela de la calle Centenera fue mi bautismo de fuego como vicedirectora. Me había trasladado convencidísima de que estaba tomando una gran decisión. Quedaba cerca de casa. Cinco minutos de viaje, menos colectivo, menos estrés. ¿Qué podía salir mal? Spoiler: todo.
Hay una ley no escrita en educación que dice que cuando un docente elige una escuela porque "le queda cerca", el universo responde: "Perfecto, entonces te voy a mandar todos los problemas juntos para compensar el ahorro en SUBE".
Era mi primer día de clases. Yo todavía estaba aprendiendo dónde quedaban las llaves, cuál era el baño del personal, quién era quién y cómo funcionaba el comedor escolar. Todavía saludaba a todo el mundo con esa sonrisa de recién llegada que dura exactamente hasta el primer conflicto.
A media mañana apareció la mamá de Pablito, un alumno de primer grado. Entró muy seria, con una carpeta bajo el brazo y un papel doblado en cuatro, como quien trae un documento de Estado.
—Necesito entregar esto.
Tomé la hoja.
Era una orden médica.
Hasta ahí, todo normal.
La empecé a leer esperando encontrar una alergia alimentaria, celiaquía, diabetes, alguna indicación clínica.
Pero no.
El certificado decía, textualmente:
"Vegetariano religioso."
Lo leí una vez.
Lo leí dos.
Después lo di vuelta, por si atrás decía: "Es una broma".
No.
Seguía siendo una orden médica que, básicamente, certificaba una religión.
Hasta el día de hoy me pregunto qué médico habrá firmado semejante prescripción. Me imagino la consulta.
—Doctor, mi hijo no come carne.
—¿Por una cuestión médica?
—No.
—¿Alergia?
—No.
—¿Intolerancia?
—No.
—¿Entonces?
—Por religión.
Y el médico, en lugar de recomendar hablar con la escuela, decidió transformar un credo en diagnóstico clínico.
Firmó.
Selló.
Y me lo mandó a mí.
Las dietas escolares siempre fueron un rompecabezas. Cada modificación implicaba trámites, autorizaciones, papeles, firmas y más papeles. Yo, obediente, envié inmediatamente la documentación a Nutrición Escolar.
A los pocos días volvió.
Rechazada.
Y, como si el rechazo no alcanzara, además me llevé un reto telefónico bastante memorable.
—Vicedirectora, ¿usted leyó el pliego de comedores escolares?
—Lo voy a revisar.
Y lo revisé.
Decía, con absoluta claridad, que las únicas dietas especiales autorizadas eran por celiaquía , hipocalóricas y las hiposódicas
Nada de vegetarianismo.
Nada de veganismo.
Nada de menús especiales por convicciones religiosas.
Las normas eran las normas.
Así que, con muchísima buena voluntad, las cocineras hicieron magia.
Porque si hay alguien capaz de resolver lo irresoluble dentro de una escuela son las cocineras.
Con la mercadería disponible preparaban para Pablito un plato sin carnes: verduras, ensaladas, purés, huevos, queso, leche, frutas...
No era un menú gourmet de Palermo Hollywood.
Era un comedor escolar.
Con presupuesto de comedor escolar.
Y, aun así, hacían malabares para que el chico comiera lo mejor posible.
Hasta ahí parecía un conflicto administrativo.
Pero entonces apareció el verdadero protagonista de la historia.
Pablito.
Resultó que Pablito no compartía el entusiasmo religioso de los adultos.
Cada almuerzo era una película de espionaje.
Mientras las auxiliares servían la comida y los docentes recorríamos las mesas, él esperaba el momento exacto.
Cuando nadie lo miraba...
¡zas!
Pinchaba una milanesa del compañero.
Un pedazo de pollo.
Un medallón de pescado.
Una salchicha.
Lo que apareciera.
Tenía una velocidad admirable.
Si hubiera participado en un campeonato mundial de robo de proteínas animales, volvía con medalla de oro.
Nosotros corríamos detrás del plato vegetariano.
Él corría detrás de cualquier cosa que hubiera tenido plumas, escamas o cuatro patas.
Era evidente que el único vegano convencido de esa historia no era precisamente el alumno.
Más de una vez tuvimos que decirle
—Pablito, esa comida no es tuya.
Y él soltaba la milanesa con la misma cara de inocencia con la que otros chicos esconden una figurita.
La escena se repetía tanto que ya conocíamos el recorrido de su tenedor.
No apuntaba al puré.
Apuntaba directo a la proteína ajena.
Si las milanesas hubieran tenido GPS, todas marcaban el mismo destino.
Llegaron las vacaciones de invierno.
Por fin una mañana tranquila.
Sin timbres.
Sin recreos.
Sin llamados de padres.
Sin accidentes.
Preparé un café, abrí el diario Clarín y pensé disfrutar unos minutos de paz.
Error.
En la sección "Cartas al País" apareció un título enorme que me hizo atragantar con la primera medialuna.
"Vicedirectora de una escuela de Caballito no autorizó dieta vegetariana a un alumno de seis años."
Sentí un baldazo de agua helada.
Leí toda la carta.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
La mamá de Pablito cuestionaba a la escuela, al concesionario del comedor y, por supuesto, a la vicedirectora.
O sea, a mí.
Según la publicación, yo había decidido que su hijo no podía tener una alimentación acorde a sus creencias.
Como si la dieta escolar dependiera de mi estado de ánimo.
Como si yo tuviera una cocina secreta en la dirección donde escondía el tofu por maldad.
La carta explicaba que al niño solo le daban vegetales, que necesitaba proteínas vegetales, tofu, milanesas de quinoa, hamburguesas especiales con legumbres, tartas de masa integral y un menú vegetariano equilibrado.
Mientras leía semejante lista pensaba una sola cosa:
"Señora... nosotros bastante hacíamos con lograr que llegaran las bananas maduras."
Era un comedor escolar estatal.
No un restaurante naturista.
No un local de comida orgánica.
No una feria vegana.
Había días en que las cocineras hacían milagros para que alcanzara el puré para todos.
Imaginar tofu era casi ciencia ficción.
La nota dejaba a la escuela como si fuéramos enemigos de las verduras.
Lo más curioso era que el principal interesado en comer carne seguía siendo... Pablito.
Si alguien hubiera entrevistado al chico durante el recreo, probablemente habría declarado:
—¿Dónde escondieron la milanesa?
Terminadas las vacaciones nos convocaron a una reunión en el Ministerio de Educación.
Estaban los responsables de Nutrición Escolar, representantes del comedor, la mamá de Pablito y yo.
Se explicó nuevamente que la dieta no había sido rechazada por la escuela.
La normativa del propio Ministerio no contemplaba ese tipo de menú.
La escuela había cumplido exactamente con el procedimiento.
Y además había buscado alternativas para que el chico pudiera almorzar.
Todo quedó perfectamente aclarado.
Lo único que nunca apareció fue una palabra muy cortita, de apenas ocho letras.
"Perdón."
Nadie pidió disculpas.
Ni por la carta.
Ni por haber expuesto públicamente a la escuela.
Ni por haber señalado con nombre y apellido a una vicedirectora que solo había cumplido las normas.
Con los años entendí que trabajar en una escuela tiene estas cosas.
Uno puede apagar incendios, resolver conflictos, contener familias, hacer malabares con presupuestos imposibles y hasta convertirse, sin quererlo, en especialista en nutrición.
Pero también puede despertarse un día, abrir el diario para acompañar el café y descubrir que pasó de vicedirectora a villana nacional... por culpa de una milanesa que el único que realmente quería comer era el supuesto vegetariano.
Desde entonces aprendí una gran lección: en educación nunca hay que confiar en tres cosas... en los certificados médicos creativos, en las cartas de lectores y, sobre todo, en un chico de seis años que dice ser vegetariano mientras mira una milanesa con el mismo amor con el que otros miran un alfajor.