¿Pensabas que las anécdotas terminaban cuando sonaba el timbre? Te equivocaste.
La escuela cierra. La maestra, nunca.
Durante años soñé con trabajar cerca de casa. Cuando finalmente conseguí el traslado, sentí que me había ganado la lotería. Cinco cuadras. Cinco!!!. Podía ir caminando, volver caminando y ahorrar un tiempo precioso.
No tardé en descubrir que había cometido un error.
Salir de la escuela no significaba dejar de trabajar.
Apenas cruzaba la puerta empezaba otro turno.
Iba a comprar pan.
—¡Seño!
Entraba a la farmacia.
—¿Le puedo hacer una preguntita : la beca de comedor de mí hijo está completa?
Compraba verduras.
—¿Mañana hay Educación Física? porque hace rato que no tienen...
Y la famosa "preguntita" nunca duraba un minuto. Era una reunión de padres improvisada entre la góndola de los fideos y la caja del supermercado.
Lo peor era encontrarme con los chicos fuera de contexto.
Ellos me miraban con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
Como diciendo:
"¿La seño usa jogging?"
"¿La seño compra papel higiénico?"
"¿La seño tiene hijos?"
Parecía que, para ellos, las maestras vivíamos dentro de un armario de la escuela y nos apagaban cuando terminaban las clases.
Después de varios meses tomé una decisión extrema.
Pedí el traslado.
Treinta cuadras de distancia.
No porque no quisiera a mis alumnos.
Simplemente quería recuperar un viejo sueño: ser persona después de las cuatro y media de la tarde.
Ilusa.
La maestra viajó conmigo.
Una tarde subí al colectivo de vuelta a casa después de 8 horas largas de trabajo.
Iba lleno.
Delante mío viajaban dos chicos con guardapolvo blanco y sus mamás.
No eran alumnos míos.
Pero bastó escuchar cinco minutos de conversación para que me doliera el estómago.
—La maestra está loca.
—No enseña nada.
—Falta un montón.
—Es una vaga que no tiene ganas de trabajar.
—No se actualizó...
Los chicos escuchaban cada palabra.
Yo también.
Tenía unas ganas insoportables de darme vuelta y decirles:
—Señoras, reclamen todo lo que quieran... pero no delante de ellos.
Porque mañana esos chicos van a mirar a su maestra con los mismos ojos con los que ustedes la describieron hoy.
Ese viaje terminó.
La bronca, no.
Después nos preguntamos por qué algunos alumnos ya no respetan a los docentes.
Las vacaciones tampoco ayudan.
Mis hijos crecieron.
Ahora vacacionamos solos con mi marido.
Un lujo.
Una tarde decidí quedarme sola en la pileta mientras todos en el hotel se habían ido a la playa.
Silencio.
Libro.
Paz.
Cinco minutos después aparecieron dos nenas.
—Hola... ¿jugás con nosotras?
Mi cabeza respondió:
"No."
Mi boca respondió:
—Claro.
—¿A qué?
—No sabemos... a lo que vos digas.
Y ahí estaba yo, organizando juegos de palabras, adivinanzas, desafíos de memoria y cuentas mentales.
Ellas nunca me preguntaron a qué me dedicaba.
No hizo falta.
Los chicos huelen a las maestras como los perros huelen el miedo.
Siempre nos encuentran.
Otra tarde caminaba con mi hija cuando escuché:
—¡¡Señooo!!
Me di vuelta.
Una señora canosa venía sonriendo hacia mí.
Me abrazó emocionada.
—¿Se acuerda de mí? ¡Qué lindo grupo éramos!
Mientras ella recordaba anécdotas, yo hacía un recorrido desesperado por treinta y seis años de docencia.
Escuela.
Grado.
Apellido.
Nombre.
Nada.
No encontré absolutamente nada.
Sonreí.
La abracé.
Improvisé.
Nos despedimos felices.
Ella porque me había encontrado.
Yo porque había logrado disimular que no tenía la menor idea de quién era.
Hasta en la peluquería me persiguen.
Estoy esperando mi turno, relajada, cuando un nene empieza a pasar un autito por mis piernas.
La madre ni se inmuta.
Yo tampoco digo nada.
Pero por dentro ya estoy pensando cómo poner un límite sin que llore, sin retarlo y sin ofender a la mamá.
Es automático.
En los cumpleaños de mis hijos ocurría exactamente lo mismo.
Mientras los demás disfrutaban, yo armaba listas mentales.
Cinco hamburguesas de carne.
Siete de pollo.
Tres panchos.
Separar a estos dos porque juntos son dinamita.
Sentar a aquella con esta porque se llevan bien.
Controlar que nadie quede afuera.
No era un cumpleaños.
Era una salida didáctica con torta.
Voy a la verdulería y hago cuentas antes que el verdulero.
Reviso el vuelto antes de guardarlo.
Corrijo el cálculo en silencio.
Mientras espero que me cobren, ya corregí mentalmente tres carteles.
"Mansana" escrito con s,
"Zanaoria" sin hache,
"Berengena" con g...
No dije nada.
Bastante tenía el verdulero con atender el negocio como para soportar una clase de Lengua.
Aunque ganas... no me faltaron
Treinta y seis años revisando cuadernos dejan secuelas.
Haciendo gym:
-Hola soy nueva vine a probar una clase de zumba.
-Ahi está la profe pasa que Gise te va a contar de que se trata. Se da vuelta Gise.
Nooo....
Es la madre que ayer se vino a quejar del profesor de tecnología !;!
Hago la clase. Me para me habla de la reunión del día anterior, pregunta si sancione al profesor, me habla maravillas de su hijo. ...
Solo habrá clase de prueba..Busco otra actividad física..
Y si voy a un restaurante, tampoco descanso.
¿Dónde me toca la mesa?
Al lado del rincón de juegos.
Perfecto.
Ya no puedo mirar a mi marido.
Miro a los chicos.
Miro a los padres.
Miro al que trepa donde no debe.
Al que tira los juguetes.
Al que pide atención mientras los adultos deslizan el dedo por el celular.