Si hay algo que aprendí en treinta y seis años de docencia es que los actos escolares tienen vida propia.
Podés empezar a organizarlos con dos meses de anticipación y, aun así, el universo siempre encuentra la manera de recordarte que el control absoluto no existe.
Los días previos son una maratón.
Repasar poesías, glosas, discursos...
Pegar escenografías, que no se rompan hasta el momento del acto, que las guirnaldas no se caigan, que los globos no se pinchen...
Buscar un poncho que nadie sabe dónde quedó, acortar una pollera prestada , armar un pañuelo con papel crepé..
Planchar guardapolvos, intercambiar guardapolvos entre los alumnos, armar escarapelas con pedacitos de cinta argentina...
Convencer a un San Martín de que no se saque el bigote cinco minutos antes de salir, armar el gorro con un papel de diario y pintarlo a último momento...
Rezar para que el parlante y el micrófono funcionen , ponerle micrófono al mini parlante de alguna seño ...
Y, sobre todo, cruzar los dedos para que los protagonistas y los maestros a cargo no se enfermen el mismo día del acto: Porque siempre pasa que la seño estresada por todo lo que conlleva organizar un acto termina enferma , el que hace de Belgrano tiene fiebre,la que recita la poesía se fue al cumpleaños de la abuela y no vino y el que debía decir una sola frase... justamente esa frase... decide que es un buen momento para quedarse mudo....
Pero la función continúa.
Siempre.
Sin embargo, el acto del Día del Maestro del año 2001 merece un capítulo aparte.
Un papá de un alumno de primer grado, muy entusiasmado, nos hizo una propuesta maravillosa.
Formaba parte de una banda de rock que recién estaba empezando y quería homenajear a los docentes de la escuela.
La idea nos encantó.
¡Qué mejor regalo que música en vivo!
Pidieron permiso para usar el equipo de sonido de la escuela.
Parlantes.
Amplificadores.
Micrófonos.
Todo.
Nos pareció lógico.
Después de todo, era un homenaje.
Y vaya si fue un homenaje.
El salón de actos de la Caviglia explotó de alegría.
Los chicos cantaban.
Las familias aplaudían.
Los docentes, emocionados, hasta nos olvidamos por un rato de las planificaciones, las reuniones de padres y los boletines.
Sonaron clásicos que todos conocíamos.
El recital fue un éxito.
Terminó el acto.
Guardaros las sillas,barrieron el salón de actos y cada uno volvió a su aula convencido de que había sido uno de los mejores Días del Maestro de la historia.
Un mes después llegó el acto del 12 de Octubre.
Había que preparar el sonido.
—¿Dónde están los parlantes?
Silencio.
—¿Y los amplificadores?
Más silencio.
Empezó una búsqueda digna de una película policial.
Depósitos.
Salones.
Dirección.
Escenario.
Nada.
Hasta que alguien preguntó:
—¿No se los habían llevado los músicos?
Se lo habran llevado???
Llamadas al padre que nunca respondió... Cambió al hijo de escuela con excusas increíbles de un día para el otro...
Nunca nos pasaron una factura. Directamente nos cobraron en especie: un par de parlantes y un amplificador...
Durante años, cada vez que organizábamos un acto y el sonido era un desastre todos nos mirábamos, porque, aunque parezca increíble, el homenaje más emotivo del Día del Maestro terminó siendo también... el más caro.
Desde entonces aprendimos una nueva regla de organización escolar.
Los actos pueden terminar con aplausos, con chicos llorando, con un micrófono que no funciona o con una bandera que se cae.
Pero, por las dudas...
El equipo de sonido se devuelve antes de los saludos finales.
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