SAME. Sí, el SAME. Esas cuatro letras que a cualquier docente le activan un reflejo condicionado imposible de controlar: agarrar el bolso, el libro de actas de accidentes, la ficha de datos del alumno, el celular, una lapicera que nunca escribe cuando hace falta... y rezar tres Padres Nuestros para que el 107 atienda rápido.
Porque una cosa es estudiar para enseñar Matemática, Lengua o Ciencias Sociales. Otra muy distinta es descubrir, años después, que el profesorado también incluía una especialización no declarada en primeros auxilios, contención emocional, logística hospitalaria y manejo de crisis.
Un capítulo aparte de esta profesión son los accidentes escolares. Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que terminé arriba de una ambulancia haciendo de animadora infantil, guía turística, psicóloga de emergencia y representante legal provisoria... todo al mismo tiempo.
—¡Mirá, mi amor, qué lindo paseo en ambulancia!
-¡Mirá por la ventana! ¡Qué rápido vamos! ¿Viste cuántos botones tiene? ¡Parece una nave espacial!
Todo un despliegue de entretenimiento de primer nivel con tal de que el pobre chico no se diera cuenta de que íbamos a toda velocidad, con la sirena haciendo un recital privado y medio barrio corriéndose para dejarnos pasar.
Mientras tanto, yo sonreía por fuera y por dentro iba repasando mentalmente: "¿Llamaron a la familia? ¿Firmaron el acta? ¿Quién quedó con el grado? ¿Cerré mi cartera? ¿Apagué la pava eléctrica?"
Porque el cerebro docente funciona así: aun en una emergencia, siempre encuentra algo más por lo cual preocuparse.
Llegar a la guardia del hospital es otra aventura... pero de las que nadie quiere repetir.
Empiezan las horas eternas de espera. Vos sentada en una silla de plástico diseñada claramente para castigar la columna vertebral, el alumno al lado preguntando cada cinco minutos:
—¿Falta mucho?
—¿Van a venir mis papás?
Y vos respondiendo con una sonrisa digna de Miss Universo, aunque ya llevás dos horas sin ir al baño, sin tomar agua y con una contractura que podría figurar en una radiografía.
Pero de todas las escenas que viví, hay una que merece un Oscar... o directamente una serie en Netflix.
En la escuela de la calle Garzón, a una nena le cerraron accidentalmente la puerta del baño sobre un dedo. El golpe fue tan fuerte que le amputó la puntita.
Mi compañera Fabi vio la escena... y automáticamente se descompensó. La presión le dijo "hasta acá llegué" y terminó desmayada en el pasillo.
En cuestión de segundos me encontré con un cuadro imposible:
Una nena llorando desconsoladamente.
Mi compañera desmayada en el piso.
Y la punta del dedito cuidadosamente colocada dentro de un vasito plástico de cumpleaños, como si estuviéramos guardando una gelatina.
Hay imágenes que una no olvida jamás.
Con una serenidad que todavía hoy desconozco de dónde salió, agarré a la nena de una mano, el vasito de la otra —como si transportara el Santo Grial— y nos subimos a la ambulancia rumbo al Hospital Piñero.
Durante todo el viaje fui especialista en dedos amputados, experta en contención infantil y motivadora profesional.
En el hospital recibí a los padres, hablé con médicos, llené papeles, calmé a la familia y acompañé a la nena hasta que salió vendadita, tranquila y sonriendo.
Recién ahí, cuando comprobé que todo estaba bien...
...procedí a desmayarme yo en la sala de espera.
Porque una también tiene derecho a hacer un pequeño colapso nervioso, pero siempre respetando el protocolo: primero el alumno, después una.
Otra vez, un nene se dobló un dedo jugando al fútbol.
Llegó la ambulancia, diagnóstico: esguince.
Hospital Piñero.
La médica me mira con total naturalidad y me dice:
—Andá a la farmacia de la esquina y comprale una férula porque no tenemos.
La miré.
Miré al nene.
El nene me miró con esa cara de cachorro abandonado.
Respiré hondo, acomodé el guardapolvo y respondí:
—Perfecto, doctora. Voy encantada... pero el nene viene conmigo y después lo traigo.
Porque dejar solo a un alumno nunca fue una opción. Bastante me imaginé el titular del noticiero:
"Maestra abandona menor en hospital mientras compra una férula. Ampliaremos."...
No, gracias. Ya bastante adrenalina tenía ese día.
Es una responsabilidad enorme. La salud, la integridad física y, muchas veces, las distintas partes anatómicas de un alumno quedan, por un rato, en manos de una maestra que estudió pedagogía... pero termina ejerciendo de paramédica, enfermera, administrativa, psicóloga y, si hace falta, hasta chofer moral de la ambulancia.
Historias tengo miles.
Radiografías que parecen obras de arte contemporáneo.
Colecciones primavera-verano de yesos, férulas, cuellos ortopédicos y vendas de todos los tamaños.
Recetas para la sarna que te hacen empezar a rascarte apenas las leés.
Puntos en el mentón, en la ceja, en la rodilla, en la frente...
Golpes que "no eran nada" y terminaban con siete puntos.
Y chicos que lloraban como si se les hubiera caído un brazo... cuando apenas tenían un raspón microscópico.
Con los años entendí que el verdadero kit escolar debería traer tizas, marcadores, alcohol en gel... y un desfibrilador para las maestras.
Porque al final del día una no solo se lleva el sueldo.
Se lleva un diplomado honorífico en Medicina de Urgencias, un posgrado acelerado en manejo de crisis, un máster en improvisación y la absoluta certeza de que el guardapolvo blanco, más que de maestra, muchas veces termina siendo el uniforme de una superheroína... bastante cansada, un poco despeinada, pero siempre de guardia.
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