Antes de que existieran Google, Wikipedia, ChatGPT y la IA , ya existía ese lugar mágico donde todo parecía tener respuesta: la biblioteca escolar.
Siempre pensé que la biblioteca es el alma de la escuela.
No es solamente un cuarto con estantes y libros prolijamente acomodados. Es mucho más que eso. Es un refugio, un laboratorio de curiosidad, una máquina del tiempo, una agencia de viajes sin pasaporte y un escondite perfecto para quienes descubren que leer también puede ser una aventura.
Allí no solo se guardan libros atesorados. Conviven mapas pizarra, láminas, videos, globos terráqueos que sobrevivieron a generaciones de dedos señalando "¿dónde queda Japón?", instrumentos de geometría y cajas llenas de materiales de matemática que esperan su oportunidad de salir al mundo.
La biblioteca es ese lugar donde un chico entra buscando información sobre los dinosaurios y termina llevándose un libro de piratas. Donde alguien abre un diccionario para averiguar cómo se escribe una palabra y termina leyendo otras veinte por simple curiosidad. Donde un cuento puede cambiar una tarde... o una infancia.
Siempre pensé que ese lugar sagrado tenía que estar impecable y muy bien equipado.
Por eso, cuando me tocó formar parte del equipo de conducción, una de mis prioridades fue equipar y poner en valor la biblioteca.
Mientras otros sueñan con comprar una computadora nueva, yo sueño con completar colecciones y tener cajas de 30 libros iguales para que todos los alumnos de un grado tengan un ejemplar en sus manos para leer.
Cada vez que aparecía un presupuesto, ahí estaba yo pensando: —¿Nos alcanza para sumar cuentos? —¿Podemos comprar novelas para los más grandes? —¿Y si renovamos los atlas? —¿Faltan libros de ciencias? —¿Tenemos poesía? —¿Hay historietas? —¿Y libros para esos chicos que todavía no descubrieron que les gusta leer?—¿Hay suficientes diccionarios?
Y a esa última pregunta tuve una respuesta inesperada: en las librerías ya no venden diccionarios... La respuesta me dejó en shock pero no me di por vencida y armé una campaña de donación de diccionarios entre las familias y personal. El resultado fue increíble: más de 40 diccionarios usados volvieron a cobrar vida en nuestra biblioteca.
Porque una biblioteca no puede ofrecer siempre el mismo menú. Así como nadie comería milanesas todos los días —aunque algunos alumnos lo intentarían felices— tampoco todos los chicos disfrutan del mismo tipo de lectura.
Hay quienes se enamoran de las aventuras. Otros de los misterios. Algunos de los animales. Otros de las historias reales. Y están los que juran que no les gusta leer... hasta que encuentran ese libro.
Ese libro que los espera silenciosamente desde un estante.
También insistía mucho en que todo el material enviado por el Ministerio estuviera disponible.
Nada de guardarlo "para que no se rompa".Nada de dejarlo cerrado en cajas.Nada de convertir la biblioteca en un museo donde se podía mirar pero no tocar.
Porque los libros nacieron para abrirse.
Los mapas para desplegarse.
Los juegos para jugarse.
Los globos terráqueos para girarlos hasta marearse buscando países.
Los instrumentos de geometría para perderse... bueno... eso pasaba igual.
Siempre digo que nada se guarda para el museo. Todo se usa!!
Porque el material que no circula deja de enseñar.
Y un libro encerrado en un armario es apenas un montón de hojas esperando que alguien le devuelva la vida.
Sin embargo, no siempre tuve la suerte de encontrar bibliotecas así.
Como maestra recorrí muchas escuelas.
Y cada biblioteca era un universo distinto.
Había algunas donde entrar daba ganas de quedarse toda la mañana.
Todo estaba clasificado.
Cada libro tenía su lugar.
Los alumnos conocían los rincones.
Había recomendaciones escritas por ellos mismos.
Carteles coloridos.
Personajes colgando del techo.
Murales.
Silencio... del bueno, ese silencio lleno de páginas que se dan vuelta.
Y había otras...
Bueno...
Digamos que Indiana Jones hubiera encontrado más fácilmente la esmeralda perdida que algunos libros.
Recuerdo especialmente a una bibliotecaria.
Cada vez que le pedía un libro empezaba una expedición arqueológica.
Primero abría un armario.
Después otro.
Miraba debajo de una pila de revistas.
Movía cajas.
Suspiraba.
Fruncía el ceño.
Desaparecía detrás de un estante.
Señalaba son rumbo fijo..
Volvía con un libro completamente distinto.
—No... ese no era.
Entonces comenzaba la segunda etapa de la búsqueda.
A esa altura ya participábamos las dos.
Y si pasaba un alumno por ahí, también quedaba reclutado.
Después de veinte minutos aparecía otro libro.
Tampoco era.
Era como jugar al "frío, tibio, caliente", pero con literatura infantil.
Yo iba por Cuentos de la selva y terminábamos encontrando un manual de Educación Vial de 1987, un mapa de América del Sur y tres revistas Billiken.
El libro solicitado jamás aparecía.
Estoy convencida de que todavía debe estar escondido en algún rincón de esa biblioteca, esperando que alguien lo descubra durante una remodelación.
Y después viví una situación que, si no me hubiera pasado a mí, no la creería.
Conocí a una bibliotecaria que... no sabía leer.
Sí.
Leyeron bien.
No sabía leer.
Todavía hoy, cuando lo cuento, siento que alguien me va a decir:
—No puede ser.
Pero sí.
Es cierto....es trágico...
La realidad, una vez más, superando cualquier guion de comedia.
Cada vez que necesitaba ubicar un libro, dependía de que alguien más la ayudara.
Los chicos terminaban sabiendo mejor dónde estaban los materiales que la propia responsable de la biblioteca.
Era como tener un guardavidas que no supiera nadar.
O un profesor de Educación Física que se cansara subiendo un escalón.
Increíble.
Pero cierto.