El aula: un reality show sin cámaras

Resumen

Hay profesiones que se eligen. Y hay profesiones que, después de un tiempo, terminan eligiéndonos a nosotros.

Ser docente es una de ellas.

Cuando empecé a trabajar tenía diecinueve años, un guardapolvo impecablemente blanco, una carpeta llena de planificaciones, la ingenua convicción de que todo podía organizarse y la firme idea de que los libros de pedagogía tenían respuesta para casi todo. No tardé demasiado en descubrir que la realidad del aula no había leído ninguno de esos libros.

Porque la escuela es un universo paralelo.

Un lugar donde un lunes puede comenzar con un acto patrio, continuar con un chico que decidió esconder una milanesa en la mochila "para que no la encuentre el perro", seguir con una reunión de padres que parecía una audiencia judicial y terminar consolando a un alumno porque su mejor amigo le dijo que ya no quería compartir el banco.

Nada de eso figura en los profesorados.

Tampoco enseñan qué hacer cuando un niño lleva una rata como mascota, cuando otro queda atrapado entre las rejas del patio, cuando una familia convierte una reunión escolar en un espectáculo digno de la televisión o cuando descubrís que una simple servilleta puede provocar uno de los mayores sustos de tu carrera.

Mucho menos explican cómo mantener la cara seria mientras por dentro uno se está muriendo de risa.

Después de más de tres décadas recorriendo aulas, patios, actos escolares, recreos, reuniones de padres, campamentos, excursiones, inspecciones, direcciones y vice-direcciones, comprendí que la escuela es, probablemente, el escenario donde conviven la ternura más absoluta y el caos más maravilloso.

En ningún otro trabajo una misma persona puede pasar, en cuestión de minutos, de mediar una pelea por una figurita a contener un llanto, resolver un problema edilicio, recibir una supervisión, buscar una zapatilla perdida, explicar una división, organizar un acto y terminar el día respondiendo un mensaje de una familia preguntando si el buzo olvidado realmente pertenece a su hijo.

Todo antes del mediodía.

Quienes nunca trabajaron en una escuela suelen imaginar un ambiente tranquilo, con chicos sentados copiando del pizarrón mientras suena una campana cada tanto.

Qué hermosa fantasía.

La realidad es mucho más parecida a un reality show donde cada participante improvisa sobre la marcha y nadie conoce el guion.

Y justamente de ahí nació el título de este libro.

El aula: un reality show sin cámaras no es una exageración. Es una descripción bastante fiel de lo que sucede todos los días detrás de la puerta de una escuela.

Si existieran cámaras grabando durante una jornada completa, más de un productor de televisión pensaría que el material fue guionado por un humorista con exceso de imaginación.

Pero no.

Todo ocurrió.

Cada episodio de estas páginas está basado en hechos reales. Algunos sucedieron cuando recién comenzaba mi carrera; otros ocurrieron siendo maestra de grado, otros como vicedirectora y muchos durante mi etapa como directora.

Cambian los edificios, cambian las épocas, cambian las leyes, cambian las tecnologías y hasta cambian los guardapolvos.

Lo que nunca cambia son los chicos.

Siguen siendo espontáneos, impredecibles, desopilantes, capaces de formular preguntas imposibles y de encontrar soluciones que ningún adulto habría imaginado.

Tampoco cambian demasiado las familias.

Ellas también protagonizan momentos inolvidables. Algunos conmovedores. Otros desconcertantes. Muchos absolutamente desopilantes.

Porque la escuela no es solamente el lugar donde aprenden los alumnos.

Es también el punto de encuentro de cientos de historias familiares que, tarde o temprano, terminan cruzándose con la vida de quienes trabajamos allí.

Durante años fui guardando estas anécdotas casi sin darme cuenta.

Algunas quedaron escritas en cuadernos.

Otras sobrevivieron gracias a la memoria compartida entre colegas.

Muchas reaparecen cada vez que nos reunimos docentes de distintas generaciones y alguien dice:

—¿Te acordás cuando...?

Y automáticamente todos empiezan a contar historias aún más increíbles.

Porque cada docente tiene un archivo secreto lleno de episodios imposibles de inventar.

Este libro reúne varios de los míos.

No pretende explicar cómo enseñar.

No busca dar recetas pedagógicas.

No intenta juzgar a nadie.

Simplemente abre la puerta de la escuela para mostrar ese lado cotidiano que rara vez aparece en los discursos oficiales.

Ese lado donde el humor funciona como un salvavidas.

Porque, aunque muchas veces terminemos agotados, preocupados o convencidos de que nada salió como estaba planificado, siempre aparece una situación tan absurda que obliga a reír.

Y esa risa, muchas veces, es la que permite volver al día siguiente.

Mientras escribía estas historias comprendí algo importante.

Con el paso de los años tendemos a recordar las dificultades, los problemas administrativos, las urgencias, los conflictos y las preocupaciones.

Sin embargo, cuando uno se detiene a mirar hacia atrás, lo primero que aparece son las personas.

Las caras.

Las voces.

Las ocurrencias.

Las frases que ningún guionista podría haber escrito.

Esas escenas diminutas que, sin proponérselo, terminan ocupando un lugar enorme en nuestra memoria.

Este libro también es un homenaje.

A los alumnos que, sin saberlo, nos enseñan todos los días.

A las familias que confían en la escuela incluso en medio de las dificultades.

A los auxiliares que sostienen silenciosamente gran parte de la vida escolar.

A los equipos directivos que intentan resolver veinte problemas al mismo tiempo.

Y, sobre todo, a los docentes.

A esos hombres y mujeres que llegan cada mañana con sueño, con preocupaciones, con problemas personales, pero que igual abren la puerta del aula con una sonrisa.




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