El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 32 : Padres en estado de reunión

Las reuniones de padres son, sin lugar a dudas, uno de los eventos más temidos por maestros, equipos de conducción y hasta por los auxiliares, que ya aprendieron a identificar las caras de quienes llegan con gesto de "hoy se arma".

Olvídense de aquellas reuniones de hace treinta años. Esas donde la maestra preparaba prolijamente un temario escrito a mano, acomodaba los bancos en semicírculo, llevaba prolijamente el acta del registro de asistencia y hablaba durante cuarenta minutos mientras los padres escuchaban, asentían con la cabeza y, como mucho, levantaban la mano para preguntar si había que forrar el cuaderno de comunicaciones de verde o de azul.

Esa especie está extinguida.

Hoy las reuniones de padres evolucionaron... o involucionaron. No estoy segura.

Los tiempos cambiaron. Los boletines ya no llegan en ese cartoncito prolijo que pasaba de generación en generación. Ahora todo es virtual. Las notas aparecen en una plataforma, los comunicados llegan por mail, las justificaciones por aplicación y las dudas... las dudas llegan todas juntas a la reunión.

Pero el mayor cambio no fue tecnológico.

Fueron los padres.

Antes escuchaban.

Ahora interrogan.

La reunión dejó de parecerse a una charla pedagógica para convertirse en un juicio oral y público donde la maestra ocupa simultáneamente el lugar de acusada, testigo, perito, fiscal y, por supuesto, sin abogado defensor.

—¿Por qué mi hijo tiene un siete y no un ocho?

—¿Quién decidió cambiarlo de banco?

—¿Por qué lo retaron si él dice que no hizo nada?

—¿Por qué el otro nene puede usar gorra y el mío no?

—¿Quién repartió los roles de la obra del acto del 25 de Mayo ?

Uno responde una pregunta y ya hay cuatro manos levantadas.

Cuando termina de contestar la cuarta, la primera vuelve porque "no quedó claro".

Hay padres que anotan absolutamente todo.

No para ayudar a sus hijos.

Para usarlo en la próxima reunión.

Otros llegan con una carpeta.

No contiene los trabajos del alumno.

Contiene capturas de pantalla del grupo de WhatsApp de padres, impresas y subrayadas como si fueran pruebas de una investigación internacional.

Porque si hay algo que cambió para siempre la vida escolar fue el famoso chat de familias o de papis ...

Ese maravilloso espacio que nació para avisar que un chico olvidó el buzo... y terminó convirtiéndose en una mezcla de cadena nacional, programa de chimentos, comité revolucionario y fiscalía.

Todo empieza con un inocente:

—¿Alguien sabe qué tarea había?

Y cuarenta mensajes después alguien ya está denunciando que el recreo dura poco, que el baño estaba mojado, que no hay jabón en el baño, que no hay papel higiénico, que el menú del comedor no tiene suficiente proteína, que la fruta a veces está fea,que la profesora de Música miró raro a un alumno y que "hay muchas cosas que hablar en la reunión".

Cuando llega el día del encuentro, nadie viene a escuchar.

Vienen con el chat fresco.

Recién horneado.

Llegan calientes.

Uno los ve entrar y piensa:

-Estos desayunaron café o desayunaron WhatsApp.?

Y entonces empieza el espectáculo.

Hay quienes hablan por turno.

Hay quienes hablan encima del otro.

Hay quienes contestan preguntas que nadie les hizo.

Hay quienes responden por todas las familias aunque nadie les haya otorgado semejante representación.

Siempre aparece el padre que comienza diciendo:

—Yo no quería hablar...

Y cuarenta minutos después sigue con el micrófono imaginario haciendo un análisis sociológico del sistema educativo argentino.

También está la mamá que arranca con:

—Con todo respeto...

Todos sabemos que después de esa frase el respeto abandona inmediatamente el edificio.

Porque después viene:

—...pero esto es un desastre.

Nunca falla.

Las reuniones actuales tienen una intensidad difícil de explicar.

Los padres discuten entre ellos.

Discuten con la maestra.

Discuten con la directora.

Discuten con la vicedirectora.

Y si hace falta, discuten con el cuadro de San Martín que cuelga en la pared.

En ocasiones dejan de hablar de sus propios hijos para debatir sobre el comportamiento del hijo ajeno.

Ese niño ya tiene un diagnóstico realizado por veinte especialistas...

...ninguno de ellos recibido.

Piden que lo cambien de grado.

Que lo cambien de turno.

Que lo cambien de escuela.

Que lo expulsen.

Que "algo hagan".

Como si la escuela tuviera una varita mágica escondida en Dirección y simplemente decidiera no usarla.

Lo más doloroso es cuando el niño tiene dificultades reales.

Ahí aparecen las sentencias.

—Mi hijo tiene miedo.

—Ese chico no puede seguir acá.

—La familia no hace nada.

Y mientras hablan del alumno, su mamá está sentada a dos metros escuchando cómo un grupo de adultos opina sobre su hijo delante de todos.

Sin filtros.

Sin vergüenza.

Sin imaginar por un segundo cuánto puede doler escuchar que tu hijo se convirtió en el problema público del curso.

En esos momentos uno deja de ser directora para convertirse en mediadora internacional.

Solo falta que las Naciones Unidas envíen observadores.

Intentamos explicar que existen estrategias pedagógicas.

Que interviene el Equipo de Orientación.

Que se trabaja con la familia.

Que los procesos llevan tiempo.

Pero algunos llegaron con una única expectativa.

No escuchar.

Confirmar lo que ya decidieron en el chat.

Porque el verdadero debate ocurrió cuarenta y ocho horas antes.

La reunión presencial es apenas el capítulo final de una serie que empezó por WhatsApp.

Hay escenas inolvidables.

Padres que se levantan indignados y anuncian que se retiran... pero siguen discutiendo desde la puerta.




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