Si un extraterrestre quisiera conocer el verdadero funcionamiento de una escuela, no debería entrar a un aula.
Debería pasar quince minutos en la sala de maestros durante un recreo.
Ahí se decide el destino de la humanidad.
O, por lo menos, el de la escuela.
Cuando empecé a trabajar, a principios de los noventa, la sala de maestros era otra cosa.
Era, básicamente, una cámara de humo.
Entrabas y desaparecías.
Había colegas capaces de fumarse dos o tres cigarrillos en un recreo de quince minutos. Todavía hoy me pregunto si respiraban tabaco... o directamente nicotina líquida.
Las que no fumábamos no teníamos derecho a opinar.
Volvíamos al aula con el pelo, la ropa y el guardapolvo perfumados con una mezcla indescriptible de cigarrillo negro, café y tiza.
Los chicos seguramente pensaban que la maestra vivía dentro de un cenicero.
Lo curioso era que, en esa época, nadie decía nada.
Hoy una docente prende un cigarrillo a dos cuadras de la escuela y ya aparecen cinco protocolos, tres circulares y un curso de capacitación.
En aquellos años la sala de maestros también era una confitería: no existían las dietas,no existía el gluten, no existía el azúcar demonizada. Existían las facturas,las tortas,los vigilantes,las pastafrolas, los bizcochitos,las masas secas...
Y siempre había alguien diciendo:
—Probá, lo hice anoche.
No sé cuándo preparaban tantas cosas...
Trabajaban doble turno, tenían hijos, corregían cuadernos... y, además, aparecían con una torta de tres pisos como si nada.
Se acostumbrabq juntar plata todos los meses para comprar café,té, yerba,azúcar,galletitas...
Era una especie de cooperativa gastronómica docente.
El mate circulaba como si fuera patrimonio cultural de la escuela. Nadie preguntaba de quién era la bombilla y sobrevivimos.
Otra costumbre inolvidable era el desfile de vendedores.
La sala de maestros parecía una feria americana con título habilitante.
Entraba la señora de las joyas.
Después la de la ropa.
Después el de los perfumes importados.
Más tarde aparecía alguien con carteras.
Después otra con libros.
Salías del recreo con un pulóver nuevo, dos perfumes, una cadena de plata y una deuda en doce cuotas.
Todo comprado "porque estaba en oferta" y porque te traían el shopping a la escuela.
No había Mercado Libre.
Había : la seño de cuarto que vende taper, la cocinera cosméticos , la mamá de Anita ropa y la suegra de Lola perfumes que trae de Miami...
Hoy eso sería impensado.
No puede entrar nadie que no pertenezca a la institución.
La seguridad cambió.
Los tiempos cambiaron.
Y, probablemente, esté bien que así sea.
Pero hay algo que nunca cambió: las conversaciones.
Porque la sala de maestros tiene un código sagrado.
Lo que se habla ahí...se queda ahí.
Es el único lugar donde una docente puede decir:
—Hoy me salió todo al revés.
Y encuentra diez personas que responden:
—Esperá... escuchá lo que me pasó a mí.
Se comparten ideas.
Se piden consejos.
Se festejan embarazos.
Se lloran pérdidas.
Se cuentan anécdotas imposibles.
Se descargan broncas.
Y, de paso, se descubre quién tiene cinta adhesiva, un marcador que todavía escribe o una aspirina salvadora.
Eso sí...hay una frontera invisible que todos respetan :el equipo de conducción casi nunca forma parte de esas charlas.
No por falta de cariño.
Simplemente porque la sala de maestros es el último territorio libre de la República Docente.
Uno entra allí 15 minutos y sale un poco más liviano: con una idea nueva, con una torta menos,con una anécdota más...
Y, en los noventa...con olor a cigarrillo para toda la jornada.
Porque las escuelas tienen biblioteca, patio, aulas y dirección.
Pero el corazón late en otro lado.
Late en esos quince minutos de recreo en los que, entre un café, una risa y una historia imposible, las maestras vuelven a cargar energías para salir otra vez al aula.
Y entendí que la sala de maestros nunca fue solamente un lugar para descansar.
Era el único recreo de los grandes.
Aunque, pensándolo bien...
A veces había más humo, más ruido y más movimiento que en el patio lleno de alumnos.
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