Hay quienes creen que el recreo es ese hermoso momento en el que los docentes descansamos, tomamos un cafecito caliente, charlamos con los compañeros y respiramos unos minutos antes de volver al aula.
Permítanme destruir ese mito.
El recreo es, probablemente, el momento de mayor tensión de toda la jornada escolar. Son apenas quince minutos... pero pueden pasar más cosas que en una guardia de hospital.
Y además, los recreos también evolucionaron.
En mis 36 años de profesión vi cambiar los guardapolvos, los útiles, las mochilas, las leyes educativas, los diseños curriculares... y también los recreos.
En los años noventa todo parecía bastante más simple.
Los partidos de fútbol convivían pacíficamente con la soga, el elástico, la rayuela, las figuritas y las escondidas. Siempre había alguna nena enseñándole a otra cómo hacer la "estrella" y algún grupo intentando romper el récord de saltos con la soga mientras los varones discutían, como si fueran comentaristas deportivos, si la pelota había entrado o no.
Las discusiones existían, claro.
Pero terminaban con un: —Bueno... sacá del medio.
Y asunto terminado.
Hoy el panorama cambió.
Hay escuelas donde el recreo parece una estampida organizada por nadie.
Trescientos cincuenta chicos salen al mismo tiempo.
Y todos corren.
No porque jueguen al fútbol.
No porque jueguen a la mancha.
No porque alguien los persiga.
Corren... porque sí.
Corren porque están libres.
Corren sin destino.
Corren como si sonara una alarma invisible que solo ellos escuchan.
Uno los mira desde lejos intentando descubrir hacia dónde van.
No van a ningún lado.
Simplemente corren.
Creo que, si un extraterrestre aterrizara en un patio escolar a esa hora, pensaría que los seres humanos descargamos energía cinética dos veces por día para mantener el equilibrio del planeta.
Después están las escuelas donde el recreo tiene cierto orden.
Los mismos chicos organizan campeonatos.
Las maestras preparan estaciones de juegos.
Hay penales.
Rayuelas.
Elástico.
Mete gol.
Juegos de mesa.
Hasta pareciera un club de barrio.
Y justamente hablando de mete goles...
Nunca voy a olvidar los de la Escuela Nº 6 de Varela.
Había solamente dos.
Dos.
Para once grados completos.
Eran, básicamente, los bienes más codiciados de la institución.
Las docentes habíamos confeccionado un cronograma tan preciso que parecía el horario de aterrizaje de Aeroparque.
Cada grado tenía su turno.
Los horarios estaban escritos y pegados en la pared.
Y se cumplían religiosamente.
Nadie osaba invadir el horario del otro.
Mientras un grupo jugaba, el resto se transformaba en hinchada.
Pero no una hinchada cualquiera.
Una barra brava.
Había cantitos.
Relatores.
Directores técnicos improvisados.
Especialistas en explicar cómo debía patearse un penal.
Y, por supuesto, los clásicos insultos deportivos que aparecían cada vez que alguien erraba un gol imposible.
Más de una vez pensé que solamente faltaban los vendedores ambulantes ofreciendo choripanes.
Hasta que un día el campeonato terminó peor que una final de Copa Libertadores.
Dos alumnos de séptimo comenzaron una discusión.
En cuestión de segundos ya no discutían.
Se estaban pegando.
Y fuerte.
Las maestras corrimos inmediatamente.
Intentábamos separarlos.
Pero cuanto más tirábamos de uno, más fuerte empujaba el otro.
Terminamos todos enredados entre guardapolvos, brazos y mochilas.
Los chicos alrededor gritaban como si estuvieran presenciando la pelea del siglo.
En ese momento apareció
nuestro auxiliar.
Sin pensarlo dos veces agarró a uno de los chicos del guardapolvo y logró separarlos.
Fin del combate.
Nosotros respiramos aliviados.
Pensamos que todo había terminado.
Qué ingenuos.
Al día siguiente apareció la mamá de uno de los alumnos.
Entró decidida.
Pensamos que venía a agradecer que su hijo no hubiera terminado con un ojo morado o con la nariz rota.
Pero no.
Venía a denunciar al auxiliar.
¿El motivo?
Había agarrado al chico del delantal para separarlo.
Increíble.
No importaba que hubiera evitado una lesión mayor.
No importaba que hubiera actuado para protegerlos.
El problema era el guardapolvo.
Creo que fue la primera vez que vi intentar hacerle un juicio político... al árbitro.
Los mete goles también tenían vida útil.
Muy corta.
Con el uso diario las patas metálicas empezaban a aflojarse.
Se perdían tornillos.
Desaparecían tuercas.
Se doblaban los caños.
Y ahí aparecía el equipo de mantenimiento menos pensado.
La vice ,el auxiliar y yo.
Nos convertíamos en ingenieros mecánicos.
Buscábamos tornillos.
Prestábamos herramientas.
Ajustábamos tuercas.
Enderezábamos caños.
Les hacíamos un service completo.
Duraban... aproximadamente hasta el recreo siguiente.
Después volvían a romperse.
Si alguien hubiera filmado esas reparaciones habría pensado que estábamos restaurando un puente colgante y no un juego para chicos de primaria.
Y si los juegos son peligrosos...
La comida también merece un capítulo aparte.
Durante muchos años los recreos parecían un festival de alimentos ultraprocesados.
Papas fritas.
Chizitos.
Galletitas rellenas.
Alfajores.
Jugos artificiales.
Gaseosas.
Cuando terminaba el recreo comenzaba el desfile hacia Dirección.
—Seño... me duele la panza.
—Seño... quiero ir al baño.
—Seño... tengo ganas de vomitar.
Era casi una consecuencia lógica.
Con el tiempo empezamos a trabajar muchísimo las colaciones saludables.