Para la mayoría de la gente el año empieza el 1.º de enero.
Para los docentes, no.
Nuestro año empieza en febrero.
Con calor.
Con nervios.
Con listas de alumnos.
Con guardapolvos recién planchados.
Y con esa sensación en el estómago que, después de treinta y seis años de profesión, todavía no aprendí a controlar.
Lo increíble es que nunca se va.
Cada febrero me digo:
"Ya está. Este año no me voy a poner nerviosa."
Y cada febrero me descubro haciendo exactamente lo mismo.
El domingo a la noche doy vueltas en la cama imaginando el acto del día siguiente.
¿Funcionará el micrófono?
¿Llegarán todos los docentes?
¿Vendrán las familias a horario?
¿Habrá alguna sorpresa?
¿Lloverá?
¿Harán cuarenta grados?
¿Quien acompañará la bandera?
Cuando por fin logro dormirme... suena el despertador.
Empieza el operativo "Primer Día de Clases".
La ropa ya está preparada desde la noche anterior.
El guardapolvo parece recién salido de una publicidad de jabón para la ropa.
Las sandalias brillan.
El bolso pesa como si fuera una mudanza.
Y yo salgo de casa con la misma mezcla de entusiasmo y miedo que sentía cuando tenía diecinueve años y empecé a dar clases.
Porque, aunque nadie lo crea, los docentes también tenemos primer día.
Y también nos da miedo.
Sobre todo cuando se trata de una escuela nueva.
Las familias todavía no te conocen.
Los chicos tampoco.
En los primeros cinco minutos ya te observaron de arriba abajo:
Cómo saludás,cómo hablás,si sonreís,si sos seria, si son grande o joven,si gritás, si hacés chistes....
Y uno piensa:
"Ojalá la primera impresión dure... pero para bien."
Después llega el acto.
Ese acto sencillo que, en teoría, dura pocos minutos.
En la práctica...
Puede pasar cualquier cosa.
El patio parece un horno industrial o el salón de actos se convierte en un sauna.
Los chicos estrenan guardapolvos impecables que seguirán blancos aproximadamente hasta el primer recreo.
Las mochilas son tan grandes que algunos parecen estar por irse al aeropuerto en lugar de empezar primer grado.
Las zapatillas blancas brillan tanto que encandilan.
Las familias sacan fotos desde todos los ángulos posibles.
Y los docentes intentamos sonreír mientras el sol nos derrite lentamente.
No falta el nene que, por los nervios o por no llegar tarde, vino sin desayunar.
Cinco minutos después empieza a ponerse pálido.
Alguien grita:
—¡Se descompuso un nene!
Y ahí desaparece el protocolo de bienvenida.
Aparece el protocolo de supervivencia.
Azúcar.
Agua.
Abanicar.
Llamar a la familia.
Buscar una silla.
Respirar.
Porque si algo aprendí en todos estos años es que el primer día de clases siempre tiene un invitado sorpresa.
Puede ser el calor.
Puede ser un micrófono que decide jubilarse justo en medio del discurso.
Puede ser un chico que llora desconsoladamente porque no quiere separarse de la mamá.
O una mamá que llora más que el chico.
Todo puede pasar.
Y, de hecho, pasa.
Sin embargo, hay un momento que nunca cambia.
Ese instante en que abrís la puerta del aula por primera vez.
Los chicos te miran.
Vos los mirás.
Ellos no saben cómo será su maestra.
Vos no sabés cómo será ese grupo.
Y, sin decir una sola palabra, todos entendemos que estamos empezando una historia que va a durar un año entero.
Después vendrán los cuadernos.
Las reuniones de padres.
Los actos.
Los recreos.
Las risas.
Los enojos.
Los abrazos.
Y las anécdotas que algún día terminarán en un libro como este...
Pero todo empezó ahí.
En ese primer "Buen día, chicos".
Me falta poco para jubilarme y sé perfectamente que mi último primer día de clases me va a poner tan nerviosa como el primero.
Porque los años enseñan muchas cosas.
A controlar un aula.
A resolver conflictos.
A improvisar cuando todo sale mal.
Lo único que nunca enseñan...
es a vivir un febrero con tranquilidad.
Porque para cualquier docente, febrero no es un mes.
Es un deporte extremo disfrazado de calendario escolar.
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