Hay docentes que creen que una salida didáctica es un paseo.
Es evidente que jamás organizaron una.
Para los chicos es un día de fiesta. Para las familias, una foto para el recuerdo. Para la directora, una montaña de autorizaciones, seguros, planillas y llamados. Y para la maestra... una prueba de supervivencia.
Desde que estoy en conducción siempre acompaño alguna salida, o procuro que vaya alguien del equipo directivo. No porque no confíe en los docentes. Al contrario. Porque sé exactamente lo que se siente.
La maestra necesita una segunda mirada, alguien que la ayude a contar, a correr, a resolver, a contener. Necesita saber que, si aparece un imprevisto —y siempre aparece— no está sola.
Antes era distinto.
Cuando yo era maestra, los acompañantes solían ser algunos padres.
En teoría iban a ayudar.
En la práctica...
Era como salir con inspectores encubiertos.
Sentía dos ojos clavados en mi nuca esperando el momento exacto en que me equivocara. Observaban si levantaba la voz, si un chico caminaba demasiado rápido o si el micro tardaba cinco minutos más de lo previsto.
Los treinta pares de ojos que yo necesitaba para vigilar a los alumnos... curiosamente nunca aparecían.
El día que casi perdemos a Dimitri... en el autódromoViernes.
Último día de clases.
Parque Roca.
Trescientos cincuenta alumnos.
Sí... trescientos cincuenta.
Solo escribir el número ya me vuelve a subir la presión.
Entre ellos estaba Dimitri, un nene ucraniano recién llegado al país. No entendía una palabra de español y, digámoslo con cariño, las normas de convivencia todavía le parecían sugerencias.
La seño María del Carmen hacía lo imposible por comunicarse con él con señas, gestos y palabras que seguro no entendía...
De repente varios compañeros empezaron a correr hacia nosotros señalando desesperados.
—¡¡Dimitri!! ¡¡Dimitri!!
No entendíamos nada.
Hasta que lo vimos.
Había encontrado un diminuto agujero en el alambrado que separaba el parque del autódromo.
Y había decidido atravesarlo.
Del otro lado estaba él.
Pegadito a la pista.
Justo ese día estaban probando los autos para la carrera del fin de semana.
María del Carmen y yo corrimos como si estuviéramos clasificando para los Juegos Olímpicos.
Le gritábamos en español.
Le hacíamos señas.
Movíamos los brazos.
Estoy convencida de que en algún momento hasta inventamos palabras en ucraniano.
No sé qué entendió.
Pero, por obra y gracia de todos los santos patronos de la docencia, volvió sobre sus pasos.
Recién cuando cruzó nuevamente el alambrado recordé cómo se respiraba.
El alumno número veintinueveOtra salida fue al museo "Prohibido No Tocar", en Recoleta. Y como suele suceder en estás salidas no somos la única escuela en el predio...
Salimos de la escuela con veintiocho alumnos.
Hasta ahí todo perfecto.
Al regresar empecé el ritual docente más repetido de la historia.
Uno...
Dos...
Tres...
Veintiocho...
Veintinueve.
Volví a contar.
Veintinueve.
Otra vez.
Veintinueve.
No faltaba ninguno.
Me sobraba uno.
Los miraba uno por uno intentando descubrir quién era el intruso.
Sentía que estaba jugando una versión escolar de "¿Dónde está Wally?".
Hasta que apareció la explicación.
Era un amiguito de uno de mis alumnos que había decidido, por cuenta propia, sumarse a nuestra excursión...y desaparecer de la suya.. porque seguro su maestra también lo estaba buscando...
Las pequeñas tragedias del turismo escolarAnécdotas tengo cientos.
Un alumno decidió que el lago de Palermo era una pileta pública y terminó adentro del agua. Volvió a la escuela empapado, embarrado y feliz. Yo volví con diez años menos de vida.
En el Museo de Ciencias Naturales otro creyó que un hueso de dinosaurio era un excelente souvenir. Hubo que convencerlo de que los fósiles no estaban incluidos en el precio de la entrada.
Y una vez, junto con la profesora de Tecnología, visitamos la fábrica de Colombraro.
Mientras recorríamos las máquinas... desapareció un alumno.
Desapareció.
Así de simple.
Los segundos se hicieron eternos.
Lo buscamos entre las líneas de producción imaginando las peores escenas posibles.
Hasta que apareció, muy tranquilo, explorando la fábrica como si fuera el dueño del lugar.
Él estaba fascinado.
Nosotras ya estábamos preparando el comunicado para el noticiero de la noche.
Después de cada salida todos dicen:
—¡Qué lindo! ¡Se fueron de paseo!
Sí...
Claro.
"Paseo".
Si por paseo entendemos contar chicos cada dos minutos, correr maratones inesperadas, negociar con futuros arqueólogos que quieren llevarse dinosaurios, rescatar exploradores de lagos, recuperar turistas clandestinos y convencer a un niño ucraniano de que un autódromo no es un patio de recreo...
Entonces sí.
Fue un paseo inolvidable.
Porque las salidas didácticas enseñan muchísimo.
A los alumnos les dejan aprendizajes.
Y a los docentes... algunas canas nuevas.