El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 38: Turnos: el deporte extremo docente

Hay temas de la escuela que nunca aparecen en los profesorados. Nadie te prepara para los turnos. Porque una cosa es enseñar Matemática o Lengua. Otra muy distinta es sobrevivir al turno de entrada, al de recreo, al de baños, al de comedor o al de salida.

Cada uno tiene su propio nivel de riesgo.

El turno de entrada parece sencillo hasta que descubrís que doscientos chicos pueden llegar al mismo tiempo, mientras veinte familias quieren hablar con vos "un segundito" y alguno aparece llorando porque perdió la cartuchera antes de empezar el día.

Después llega el turno de recreo. Ahí ya no sos docente: sos árbitro, enfermero, detective, mediador, guardavidas y especialista en resolver conflictos que empezaron porque alguien miró "mal" a otro.

Claro que todo eso funciona... si el turno es compartido de verdad.

Me ha tocado trabajar en escuelas donde la empatía docente era una especie en extinción: tan difícil de encontrar como un recreo sin que alguien gritara "¡Seño!!!. A la hora del recreo estaba más sola que un aula en enero. Mi compañera de turno desarrollaba una habilidad digna de un ilusionista: desaparecía exactamente cuando sonaba el timbre.

Entonces había que cuidar el patio entero. Y, por supuesto, cuando algún chico gritaba: "¡Seño, en el baño!", ya sabías que ibas a tener que ir equipada de papel.Los baños escolares son más peligrosos que una final de campeonato sin árbitro. Nunca sabés si vas a encontrar un chico encerrado, otro llorando, una canilla inundando el piso o una guerra de agua en pleno desarrollo. Lo único seguro era que, cuando llegabas... estabas sola.

Pero el premio mayor era el turno de comedor.

Ese lugar donde el ruido supera cualquier límite conocido por la ciencia. Mientras uno derrama el agua, otro hace rodar un plato hasta la puerta, dos negocian el intercambio de milanesas como si estuvieran en la Bolsa de Comercio y alguno descubre que una arveja puede convertirse en proyectil.

Y vos, con una servilleta en una mano, un plato en la otra y la paciencia pidiendo licencia.

Por último estaba el turno de salida: ese no tenía horario de finalización. Era una especie de cadena perpetua educativa. Siempre aparecía un papá que llegaba tarde, una abuela demorada, un transporte que no venía o un chico que preguntaba cada treinta segundos:

—¿Ya vienen a buscarme?

Y vos mirabas el reloj con la misma esperanza con la que un preso cuenta los días para recuperar la libertad.

Con los años descubrí que los turnos no son el problema.

El problema es con quién los compartís.

Hoy tengo la suerte de trabajar con docentes que entienden que cuidar una escuela es una tarea colectiva. Si alguien se demora, avisa. Si otro necesita ayuda, aparece una mano. Si uno no puede salir al patio, otro lo reemplaza sin hacer cuentas ni pasar facturas.

Y entonces entendés que la mejor guardia no es la que figura en una planilla, es la que hacen los compañeros cuando deciden cuidarse entre ellos.

Porque los chicos siempre recuerdan a la maestra que estaba en la entrada,en el patio,en el baño, en el comedor ..y los docentes también recordamos, para bien o para mal, a quienes desaparecían con una precisión suiza cada vez que sonaba el timbre del recreo.




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