El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 39 : Resiliencia

Año 1998.

En aquella época las reuniones de personal se hacían fuera de horario. Un viernes. A las siete de la tarde. Hoy, con esa propuesta, probablemente terminarías en un juicio por violación de los derechos humanos... o, como mínimo, escrachada en el grupo de WhatsApp de la escuela.

Pero en esos años íbamos. Sin chistar. O, mejor dicho, chistábamos... pero bajito.

Esa tarde llegamos al salón de planta baja convencidas de que nos esperaba otra reunión sobre planificaciones, registros, actos escolares o alguna nueva disposición ministerial escrita en un castellano incomprensible.

Sin embargo, en el pizarrón había una sola palabra.

RESILIENCIA.

Ninguna tenía idea de qué significaba.

Ariadna, nuestra directora, nos recibió con una sonrisa y un montón de papelitos. Nos pidió que escribiéramos qué creíamos que quería decir esa palabra extraña.

Las respuestas fueron de lo más variadas. Algunas parecían definiciones del diccionario. Otras sonaban a enfermedad tropical. Y alguna seguramente podría haber servido para un concurso de palabras inventadas.

Después nos explicó su verdadero significado.

Y entendimos por qué esa reunión no hablaba de pedagogía.

Hablaba de nosotras.

Muchos atravesábamos momentos difíciles: enfermedades, duelos, problemas familiares, angustias que dejábamos escondidas en la cartera antes de entrar al aula. Ariadna había decidido que, por una vez, la prioridad no fueran los alumnos... sino las maestras.

Qué revolucionaria fue esa mujer.

Mucho antes de que existieran los cursos de bienestar emocional, el autocuidado docente, el mindfulness, los podcasts motivacionales y las frases con fondo de atardecer en Instagram, ella ya nos estaba enseñando algo mucho más importante: que también había que cuidar a quien cuida.

Con los años entendí que la resiliencia docente no consiste en aguantar todo con una sonrisa hasta explotar un día cualquiera.

Ser resiliente es cambiar de estrategia cuando una clase sale al revés de lo planificado. Es volver a empezar después de un día espantoso. Es aceptar que no podemos salvar a todos, pero sí dar lo mejor sin destruirnos en el intento. Es aprender a doblarse sin quebrarse como el bambú.

Porque el bambú se mueve con la tormenta, pero sigue de pie.

Y los docentes... bueno... nosotros también.

Solo que, además del viento, tenemos reuniones, familias, actos escolares, plataformas que no funcionan, fotocopiadoras sin tóner, alumnos que se olvidan la cartuchera... y algún compañero que sopla más fuerte que el huracán.

Cada vez que escucho la palabra "resiliencia", no pienso en un libro de psicología.

Pienso en Ariadna.

Y sonrío.

Porque entendí que aquella reunión de un viernes a las siete de la tarde fue, probablemente, la única reunión fuera de horario de toda mi carrera como maestra de la que salí con menos peso sobre los hombros... y con una palabra nueva para toda la vida.




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