Siempre digo que lo mejor de la escuela son los chicos.
No existe sueldo, reconocimiento ni premio que se compare con ver a un nene descubrir que puede leer solo, escribir una carta, resolver una cuenta o levantar la mano para dar una respuesta que hace unos meses parecía imposible.
Ahí está la magia.
El problema empieza cuando hay que contárselo a los padres.
Aclaro algo antes de seguir: existen familias maravillosas. Las que acompañan, preguntan, agradecen y entienden que escuela y hogar reman para el mismo lado.
Este capítulo no es para ellos.
Este capítulo es para esos otros... los que convierten una reunión de diez minutos en una audiencia judicial donde el acusado siempre es el docente.
Con los años descubrí que algunos padres llegan a la escuela con una única certeza: mi hijo no tiene ningún problema.
Y si el problema existe... la culpa es de la maestra.
Si pega, es porque lo provocaron.
Si muerde, es porque alguien lo molestó.
Si no habla, es porque nadie le da la palabra.
Si no aprende, es porque la docente no explica.
Y si corre por los pasillos como si estuviera entrenando para los Juegos Olímpicos... seguramente es porque la escuela le queda chica.
La lógica es impecable.
Una mañana llamamos a la mamá de Leo.
—Nos preocupa que está golpeando y mordiendo a sus compañeros.
Esperábamos una charla.
Recibimos un alegato.
—Mi hijo no tiene ningún problema. Lo voy a cambiar de escuela.
Y lo cambió.
Estoy casi segura de que los dientes viajaron con él...
Después apareció Juancito.
Lloraba desde que entraba hasta que salía.
No un día.
Todos los días.
Con muchísimo cuidado sugerimos consultar al pediatra.
Capaz hacía falta una interconsulta.
Capaz había algo que nosotros no podíamos ver.
La respuesta fue inmediata.
—En casa está todo perfecto. Acá le deben hacer algo y por eso llora...
Claro.
Treinta chicos, dos maestras, un recreo, un comedor, actos escolares, reuniones, planificaciones... y además organizábamos un complot internacional para hacer llorar exclusivamente a Juancito.
Dos años después llegó el pedido de informe de la psicóloga.
Respiramos aliviadas.
Al fin alguien había podido ayudarlo.
Nunca llegó el "gracias".
Mucho menos el "tenían razón".
Pero para los docentes esas palabras son como Papá Noel en julio: sabemos que existen... aunque hace tiempo que dejamos de esperarlas.
Después vino Teo.
Seis años en su casa.
Nunca había ido al jardín.
Primer grado.
Jornada completa.
Ocho horas.
No sabía usar un lápiz, esperar un turno ni ir solo al baño.
Intentamos explicar que el Nivel Inicial no es una guardería con canciones.
Es el lugar donde los chicos aprenden justamente todo eso.
Los padres nos miraban como si estuviéramos proponiendo internarlo.
Nos fuimos nosotros con la sensación de haber cometido un delito.
Porque, aparentemente, informar también ofende.
Laurita era otra historia.
Su deporte favorito era escaparse.
Del aula.
Del pasillo.
De donde estuviera.
La maestra no podía correr detrás de ella dejando solos a treinta alumnos.
Citamos al papá.
Escuchó todo en silencio.
Pensamos que finalmente habíamos logrado transmitir la preocupación.
Se levantó.
Nos miró.
Y dijo:
—El problema son ustedes que no la dejan que se mueva por la escuela tranquila...
Claro.
La próxima vez le abríamos la puerta de la escuela y le deseábamos suerte en la avenida.
Finalmente apareció la familia de Delfi.
Como todos los años:la última semana de clases.
Jamás habían venido a una reunión.
Jamás respondieron un cuaderno.
Jamás preguntaron cómo estaba su hija.
Pero en diciembre aparecieron con la clásica:
—¿Pasa de grado?
Es admirable.
Hay personas que desaparecen once meses y reaparecen justo cuando hay boletines y promoción.
Ni los cometas tienen semejante precisión.
Después de tantos años llegué a una conclusión.
Los docentes no sufrimos porque un chico tenga dificultades.
Sufrimos cuando vemos una dificultad, intentamos ayudar y la ayuda rebota contra un muro de negación.
Porque nosotros no ganamos nada diciendo que un niño necesita un fonoaudiólogo, una psicopedagoga o un psicólogo.
Al contrario.
Nos encantaría que todos estuvieran bien.
Mucho más trabajo da mirar para otro lado.
Los alumnos pasan.
Cambian de grado.
Cambian de escuela.
Crecen.
Pero siguen siendo hijos de estos padres negadores para toda la vida.
Y cada vez que una maestra dice: "Hay algo que me preocupa", no está señalando un defecto.
Está intentando evitar un sufrimiento futuro.
Ojalá más familias pudieran entenderlo.
Mientras tanto, el reality continúa.
Y mañana, seguramente, alguien volverá a entrar a la dirección diciendo la frase más escuchada en la historia de la educación argentina:
—Mi hijo en casa no hace eso...
Curioso.
Porque en la escuela... lo hace desde marzo.