El aula: un reality show sin cámaras

Episodio 42: Primer grado: el curso donde descubrí que tenía ojos en la nuca

Año 2005.

Llegué por traslado a una escuela nueva. Guardapolvo impecable, un termo de té que prometía mantenerme con vida y catorce años de experiencia que, sinceramente, creía que me alcanzaban para cualquier desafío.

Error.

Me asignaron primer grado.

En casa me esperaban dos hijos de cuatro y cinco años. O sea, terminaba mi jornada laboral... para empezar otra.

Yo había estudiado didáctica, psicología evolutiva, alfabetización inicial y un montón de teorías pedagógicas. Lo que ninguna profesora del profesorado me explicó fue cómo sobrevivir a veinticinco chicos de seis años hablando al mismo tiempo.

A las ocho de la mañana comenzaba el reality.

—¡Seño, me hago pis!

—¡Seño, Lucas me sacó la goma de la Pantera Rosa!

—¡Seño, Tomás me miró!

—¡Seño, no traje cuaderno!

—¡Seño, mi mamá dijo que hoy me cuide porque estoy sensible!

Y la mejor...

—¡Seño! ¿Cuándo es el recreo?

Eran las ocho y cinco.

Con el paso de los días desarrollé habilidades que merecían un reconocimiento internacional.

Podía escribir la letra M en el pizarrón mientras detectaba con visión periférica que uno estaba a punto de probar el sabor de la plasticola, otro lloraba porque había recibido galletitas de agua en lugar de las de chocolate y un tercero intentaba guardar un cascarudo dentro de la cartuchera.

Todo... al mismo tiempo.

Los docentes no damos clases.

Dirigimos una torre de control.

Mientras explicamos una consigna, escuchamos veinte conversaciones distintas.

Hay uno que no entiende.

Otro que ya terminó.

Otro que perdió el lápiz por quinta vez.

Uno necesita ir al baño.

Dos discuten porque "él empezó".

Y alguno siempre pregunta algo totalmente inesperado.

—Seño... ¿los dinosaurios iban a la escuela?. ¿Porque los alfajores son redondos?...

La respuesta daba exactamente igual.

Lo importante era que alguien lo escuchara.

Y eso es, justamente, lo más difícil de este trabajo.

Porque enseñar a leer es una parte.

La otra consiste en abrazar al que llegó triste, contener al que extraña a la mamá, poner límites sin gritar, festejar pequeños logros, descubrir quién necesita una palabra de aliento y lograr que, en medio del caos, todos aprendan algo.

El timbre del recreo sonaba y yo imaginaba esos gloriosos cinco minutos sentada con mi té.

Mentira.

Siempre aparecía alguien.

Un alumno con una historia urgente.

Una mamá esperando en la puerta.

Una pelea en el patio.

Un compañero que necesitaba resolver algo.

Mi té permanecía intacto... pero cada vez más frío.

Al terminar la jornada los chicos se iban.

El aula quedaba vacía.

Pero ellos no.

Se iban con sus mochilas y dejaban acá sus alegrías, sus preocupaciones, sus avances, sus enojos y sus preguntas.

Porque hay trabajos donde uno termina la tarea y apaga la computadora.

Los docentes, en cambio, seguimos pensando si Juan habrá aprendido la "M", si Sofía dejó de llorar, si Mateo habrá encontrado la goma de la Pantera Rosa y si mañana alguien traerá otra vez un bicho escondido en el bolsillo.

Dicen que los maestros tenemos ojos en la nuca.

No.

Tenemos algo mucho peor.

Un cerebro con cuarenta pestañas abiertas... y ninguna se puede cerrar.




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