"La Muerte nunca duda. Solo cumple. Hasta la noche en que su mano atravesó el único corazón que no pudo reclamar."
La guerra había terminado hacía siglos, pero el campo seguía oliendo a hierro y tierra húmeda. Allí donde los hombres habían gritado por última vez, ella caminaba.
Sin prisa.
Sin odio.
Sin compasión.
La Muerte no juzga.
La Muerte recoge.
Su figura avanzaba entre cuerpos inmóviles, su manto oscuro apenas rozando el suelo. No tenía rostro fijo; adoptaba el que cada alma temía ver. Para algunos era madre. Para otros, sombra. Para muchos, nada más que silencio.
Se inclinó sobre un soldado. Tocó su frente.
El alma salió como una brasa tenue.
Otro más.
Y otro.
Hasta que lo sintió.
Un latido.
Fuerte. Constante. Imposible.
Ella se detuvo.
Entre cadáveres, cubierto de sangre seca, yacía un hombre con los ojos abiertos mirando el cielo nocturno.
Vivo.
No herido.
No agonizante.
Vivo.
La Muerte frunció aquello que, en forma humana, habría sido el ceño.
Se acercó. Extendió su mano.
La apoyó sobre su pecho.
Y su mano lo atravesó.
No hubo alma.
No hubo brasa.
No hubo tránsito.
Solo un latido firme que no le pertenecía.
El hombre giró el rostro lentamente hacia ella.
No gritó.
No tembló.
No rezó.
La miró como si la hubiera estado esperando.
—Tardaste —dijo con voz serena.
Por primera vez en eras incontables, la Muerte no supo responder.
—No puedes verme —murmuró ella, más para sí que para él.
—Te veo desde hace años.
El viento sopló con fuerza.
Ella retrocedió un paso.
—No es tu hora.
El hombre sonrió con algo que no era alegría, sino cansancio infinito.
—Ese es el problema.
La Muerte sintió algo extraño en el vacío donde debería existir su corazón.
No miedo.
No ira.
Curiosidad.
—¿Por qué sigues respirando? —preguntó.
—Estoy maldito —respondió él—. No puedo morir. He probado fuego, acero, veneno, altura… nada me reclama.
Ella volvió a extender la mano, esta vez con más intención.
Intentó envolver su esencia.
Nada.
Era como intentar atrapar el viento con sombra.
—Todos mueren —susurró ella.
—Yo no.
El silencio entre ambos fue diferente al silencio de los muertos.
Era denso. Vivo.
—¿Y qué deseas? —preguntó la Muerte.
El hombre la miró directamente.
—Descansar.
Y en esa palabra, simple y humana, algo se quebró en el equilibrio eterno.
Porque la Muerte no debía sentir compasión.
No debía sentir deseo.
Pero esa noche, mientras el campo se vaciaba de almas y el cielo permanecía inmóvil, ella comprendió algo peligroso:
Por primera vez, quería ser quien lo reclamara.
No por deber.
Sino por elección.
Y ese fue el error que lo cambió todo.