"Hay quienes huyen de la Muerte. Y hay quienes aprenden a reconocer sus pasos."
Él la vio por primera vez cuando tenía diecisiete años.
No en un campo de guerra.
No entre sangre.
Sino en la habitación de su madre.
Ella estaba de pie junto a la cama, envuelta en sombra serena, observando el último suspiro que escapaba del cuerpo frágil.
El joven no gritó.
Sintió frío, sí.
Sintió rabia.
Pero sobre todo sintió algo más profundo:
Presencia.
Sus ojos, todavía húmedos, se alzaron hacia la figura oscura.
Y la vio.
No como monstruo.
No como espectro.
La vio como un final inevitable… y silencioso.
—No te la lleves —susurró entonces.
La Muerte no respondió. No era su costumbre.
Tocó la frente de la mujer. El alma salió suave, sin dolor.
El cuerpo quedó quieto.
El joven sintió que algo en su interior se rompía.
Pero no apartó la mirada de la sombra.
—Si algún día vienes por mí —dijo con voz quebrada—, no me haré el valiente.
Ella no debía escucharlo.
Pero lo hizo.
Y algo en su esencia se agitó apenas, como una brisa mínima en un océano sin viento.
Pasaron los años.
Guerras. Enfermedades. Accidentes.
Él estuvo en todos los lugares donde la Muerte caminaba.
Siempre al borde.
Siempre al límite.
Flechas que rozaban su piel sin atravesarla.
Espadas que se quebraban antes de tocar su corazón.
Veneno que ardía… pero no consumía.
Y cada vez que alguien caía cerca, él sentía esa misma presencia.
La veía moverse entre los cuerpos.
A veces era sombra.
A veces mujer.
A veces nada más que una silueta contra la luna.
Y siempre, cuando ella pasaba cerca de él… se detenía un segundo.
Como si algo no encajara.
Como si su latido no respondiera al llamado.
Él comenzó a esperarla.
No por desafío.
Sino por esperanza.
Porque si todos encontraban descanso en sus manos,
entonces algún día, tal vez, ella lo miraría y diría:
"Ahora."
Pero ese día no llegaba.