El Aullido Prohibido

CAPÍTULO 3: LO QUE NO DEBERÍA SENTIRSE

"el universo grita,no como dolor sino como advertencia."

La Muerte no regresa.

Ella aparece donde debe.

Pero esa noche… volvió.

No había guerra.
No había peste.
No había último suspiro que reclamar.

Solo él.

De pie sobre un acantilado, mirando el mar negro romper contra las rocas.

—Sabía que vendrías —dijo sin voltear.

Ella se materializó detrás de él como una sombra que decide tener forma.

—No es tu hora.

Su voz no era fría.
Era vacía.

Él sonrió apenas.

—Nunca lo es.

El viento empujaba su cabello hacia atrás.
Un paso más y el abismo lo reclamaría.

—Si salto —preguntó— ¿vendrás por mí?

Silencio.

El mar rugía.
El destino esperaba.

—No puedes morir —respondió ella finalmente.

Esa frase cambió algo.

No en él.

En ella.

Porque por primera vez no fue una afirmación impersonal.
Fue casi… frustración.

Él giró para mirarla.

—Entonces dime qué soy.

Ella no respondió.

Porque no lo sabía.

La eternidad no tiene latido.

Pero cuando estaba cerca de él…
algo marcaba un ritmo.

Molesto.
Irregular.
Prohibido.

La Muerte comenzó a quedarse más tiempo del necesario.

Observándolo dormir.
Observándolo pelear.
Observándolo sangrar sin romperse.

Y cada vez que su piel rozaba la de él, una sensación extraña recorría su esencia.

No dolor.
No poder.

Algo humano.

Eso era lo que la aterraba.

Una noche, en medio de una batalla, él cayó de rodillas.

Una lanza atravesó su pecho.

Por primera vez, no se cerró la herida.

La sangre fluyó.

Ella apareció de inmediato.

Se arrodilló frente a él.

Sus dedos tocaron la lanza.

—¿Es este el momento? —susurró él con una sonrisa débil.

Ella sintió el llamado del equilibrio.

Era correcto.

Era justo.

Era inevitable.

Pero cuando apoyó la palma sobre su corazón…

No lo reclamó.

En cambio, retiró la lanza.

La herida se cerró bajo su mano.

Y el mundo… tembló.

Porque la Muerte acababa de desobedecer.

Y algo, en un lugar más antiguo que el tiempo, la estaba observando.

Él la miró con algo que nunca nadie le había ofrecido.

Gratitud.

Y algo más.

—Te quedarás —dijo.

No fue pregunta.

Fue deseo.

Ella no debía.

Pero no se fue.

Y en ese instante, el amor imposible dejó de ser teoría.

Se convirtió en traición.




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