"No soy inmortal… estoy incompleto."
Él decidió no huir.
Si su vida costaba otras vidas, debía entender por qué.
Esa noche no fue al acantilado.
No la llamó.
Fue al lugar donde más la sentía.
El campo donde sobrevivió a la lanza.
La tierra aún recordaba la sangre.
Se arrodilló.
—Si vas a observar, al menos muéstrate.
El viento se detuvo.
La temperatura descendió sin invierno.
Y el cielo… se oscureció sin nubes.
La Muerte apareció primero.
Pero esta vez no estaba sola.
Detrás de ella, el espacio se abrió como una herida en la realidad.
No tenía rostro fijo.
No tenía cuerpo estable.
Era profundidad.
Era vacío consciente.
El Equilibrio.
—Has preguntado lo que no corresponde —dijo la voz, que no venía de un lugar sino de todos.
Él no retrocedió.
—Quiero saber qué soy.
Silencio.
Luego, la revelación.
—No eres un hombre completo.
El aire se volvió pesado.
—Cuando ella fue creada, no fue hecha desde la nada. Fue separada.
Él miró a la Muerte.
Ella no apartó la mirada.
—Toda fuerza necesita ancla —continuó la entidad—. Toda eternidad necesita límite.
Una parte de ella fue arrancada para que pudiera existir sin deseo.
Sin duda.
Sin humanidad.
—Esa parte… —la voz vibró— eres tú.
El mundo pareció inclinarse.
Él rió una vez, incrédulo.
—¿Soy… un pedazo de ella?
—Eres su fragmento mortal.
La pieza que contenía lo que debía ser eliminado:
compasión.
apego.
capacidad de amar.
Por eso no podía morir.
Porque su muerte no era simple transición.
Era reintegración.
Si él moría, ella dejaría de ser lo que es.
Volvería a ser completa.
Y la Muerte completa no siente.
No duda.
No ama.
Él la miró distinto.
No como figura eterna.
Sino como alguien a quien le habían arrancado algo.
—Entonces cada vez que me salvas… —murmuró.
—Estoy defendiendo lo que me falta —susurró ella.
Y eso fue más devastador que cualquier verdad anterior.
Porque ahora el amor no era accidente.
Era origen.
—Corrige el error —ordenó el Equilibrio.
La orden era clara.
Si él moría, todo volvería a su estado natural.
Ella sería perfecta.
Fría.
Implacable.
Eterna.
Pero vacía.
Él entendió antes que ella.
—Si muero… tú desapareces como eres ahora.
Silencio.
Ella no negó.
Porque era cierto.
Y por primera vez, la inmortalidad dejó de parecer una maldición.
Se convirtió en protección.
El Equilibrio comenzó a cerrar la herida del cielo.
—El ciclo no puede sostenerse mucho más —advirtió.
Cuando la oscuridad volvió a su forma habitual, quedaron solos.
El viento regresó.
El mundo fingió normalidad.
—Ahora sabes —dijo ella.
Él asintió lentamente.
—Sí.
La miró con una ternura que no debería existir frente a la Muerte.
—Y ahora no quiero morir.
No por miedo.
Sino por ella.
El problema ya no era que el mundo pagara el precio.
El problema era mucho más profundo:
Para salvar al universo,
él debía destruir lo único que la hacía humana.