El Aullido Prohibido

CAPÍTULO 7: LAS GRIETAS DEL CIELO

La mañana llegó.

Pero algo estaba mal.

No era una sensación.

Era visible.

Las personas caminaban por el pueblo intentando ignorarlo, como si el cerebro rechazara comprender lo que veía.

En el cielo habían aparecido grietas.

Finas.

Oscuras.

Como fracturas en un cristal infinito.

Él las observó desde la colina.

Cada día eran más grandes.

Cada día más profundas.

—Ya empezó —dijo ella detrás de él.

Su voz sonaba cansada.

Algo que jamás había escuchado.

—¿Las grietas?

Ella asintió.

—El Equilibrio no mintió.

El universo está intentando corregirse.

Abajo, una de las fracturas brilló.

Por un instante.

Solo uno.

Pero bastó.

Un pájaro que cruzaba cerca desapareció.

Sin ruido.

Sin sangre.

Sin dejar plumas.

Simplemente dejó de existir.

Él sintió un escalofrío.

—¿Qué fue eso?

La Muerte bajó la mirada.

—Una eliminación.

—¿Murió?

—No.

Peor.

Fue borrado.

El silencio se hizo pesado.

Porque morir implicaba haber vivido.

Ser recordado.

Tener una historia.

Pero aquello...

Era distinto.

—Si las grietas crecen...

—Más cosas desaparecerán.

Personas.

Lugares.

Recuerdos.

Incluso el tiempo.

Él cerró los puños.

—Todo por nosotros.

Ella no respondió.

Porque era verdad.

Durante días intentaron ignorarlo.

Intentaron vivir.

Caminar juntos.

Hablar.

Reír.

Fingir.

Como si el final no estuviera acercándose.

Pero el mundo seguía rompiéndose.

Las grietas ya podían verse incluso de noche.

Y algo más empezó a ocurrir.

Las almas ya no cruzaban correctamente.

Algunas quedaban atrapadas.

Errantes.

Incompletas.

Ecos de personas que no entendían que habían muerto.

Ella pasaba horas enteras ayudándolas.

Guiándolas.

Protegiéndolas.

Y regresaba cada vez más débil.

Hasta que una noche ocurrió algo imposible.

Ella sangró.

Una gota negra cayó sobre su mano.

Los dos la observaron.

Inmóviles.

—No puede ser... —susurró él.

La Muerte jamás había sangrado.

Jamás.

Ella contempló la mancha oscura.

Y por primera vez hubo miedo en sus ojos.

Miedo real.

—Me estoy rompiendo.

El universo no solo intentaba separarlos.

También estaba destruyéndola.

Él la sostuvo de los hombros.

—Encontraremos otra solución.

Ella sonrió.

Triste.

Hermosa.

Como una estrella a punto de apagarse.

—Quizás no exista.

—Tiene que existir.

—No.

Su voz se quebró.

—Porque si existe una solución... entonces alguien ya la habría encontrado antes.

Y esa frase quedó suspendida entre ellos.

Como una sentencia.

Porque por primera vez comprendieron algo terrible.

Quizás ellos no eran la primera historia.

Quizás antes hubo otros.

Otros fragmentos.

Otros amores imposibles.

Y ninguno había sobrevivido.

A lo lejos, una nueva grieta atravesó el cielo.




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