El Aullido Prohibido

CAPÍTULO 8: EL QUE EXISTÍA ANTES DEL TIEMPO

"Cuando el abismo te devuelve la mirada, el verdadero miedo no es caer... es reconocer lo que te observa."

La grieta permaneció abierta.

No era la más grande.

No era la más profunda.

Pero era la única que parecía viva.

Durante días, algo observó desde el otro lado.

No se movía.

No hablaba.

No atacaba.

Solo miraba.

Y eso resultaba peor.

Él comenzó a sentirlo incluso cuando no estaba mirando el cielo.

Una presencia.

Una conciencia antigua.

Como si una sombra caminara detrás de sus pensamientos.

La Muerte también lo percibía.

Cada vez que levantaba la vista, su expresión se endurecía.

Algo raro en alguien que había visto el nacimiento y la caída de civilizaciones enteras.

Finalmente, una noche, ella habló.

—Lo recuerdo.

Él la observó.

—¿Qué cosa?

Por primera vez en mucho tiempo, la Muerte parecía inquieta.

—Antes de los hombres.

Antes de las estrellas.

Antes de mí.

El silencio cayó entre ambos.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Pero lo recuerdo.

La grieta brilló a lo lejos.

Una luz oscura.

Una contradicción imposible.

Entonces ella pronunció un nombre.

Un nombre que sonó incorrecto en el aire.

Como si el mundo no estuviera hecho para escucharlo.

—Nihrael.

El suelo tembló.

Los árboles se inclinaron.

Y durante un instante todas las sombras apuntaron en la misma dirección.

Hacia la grieta.

—¿Quién es? —preguntó él.

Ella tardó varios segundos en responder.

—No era parte del universo.

Existía antes de que existiera el concepto de existencia.

Él frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Precisamente.

Nihrael no debería tener sentido.

Era una de las cosas que estaban fuera cuando todo fue creado.

Una de las razones por las que nació el Equilibrio.

Una de las pocas entidades que incluso yo temía.

Aquella última palabra golpeó más fuerte que cualquier otra.

Temía.

La Muerte había dicho temía.

Entonces el cielo se abrió.

La grieta aumentó de tamaño.

No centímetros.

Kilómetros.

Las estrellas desaparecieron detrás de ella.

Y una voz descendió sobre el mundo.

No era fuerte.

No necesitaba serlo.

Porque sonó directamente dentro del alma de cada ser vivo.

—Al fin...

Los animales huyeron.

Los océanos se agitaron.

Las montañas vibraron.

—Después de tanto tiempo...

Él cayó de rodillas.

No por dolor.

Por peso.

Como si la realidad misma se hubiera vuelto demasiado pesada para sostenerse.

La Muerte permaneció de pie.

Pero incluso ella retrocedió un paso.

—No puede salir —susurró.

La voz volvió a sonar.

—Y sin embargo...

La grieta siguió creciendo.

—Ya estoy entrando.

Entonces apareció un ojo.

Gigantesco.

Inmenso.

Más grande que una ciudad.

Abriéndose lentamente entre las fracturas del cielo.

Mirando el mundo.

Mirándolo a él.

Y sonriendo.

Porque sí.

De alguna forma imposible...

aquel ojo estaba sonriendo.

—Así que tú eres el fragmento.

El inmortal sintió que el corazón se le detenía.

—Interesante.

La Muerte se colocó delante de él.

Instintivamente.




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