"Hay monstruos que nacen de la oscuridad. Y hay otros que nacen cuando la esperanza se vuelve imposible."
La noche ya no existía.
Tampoco el día.
Desde que Nihrael apareció, el cielo había quedado dividido por una herida inmensa que atravesaba el horizonte de extremo a extremo.
Las personas dejaron de dormir.
Los animales dejaron de cantar.
Incluso el tiempo parecía avanzar de forma irregular.
Algunas horas duraban minutos.
Otras parecían eternas.
Y las grietas seguían creciendo.
Nihrael observaba.
Siempre observaba.
Su ojo permanecía abierto sobre el mundo.
Paciente.
Como si supiera que la victoria ya le pertenecía.
Él y la Muerte se refugiaron en un lugar olvidado.
Un templo antiguo enterrado bajo las montañas.
Un sitio construido mucho antes de que existieran los reinos humanos.
Allí los esperaba alguien.
El Equilibrio.
Su forma era inestable.
Parpadeaba.
Como una llama a punto de extinguirse.
Eso por sí solo era aterrador.
Porque el Equilibrio jamás había mostrado debilidad.
—Se está alimentando —dijo la entidad.
—¿De qué? —preguntó él.
La respuesta llegó de inmediato.
—De las grietas.
Cada fractura entre el orden y el caos le permite entrar un poco más.
La Muerte apretó los puños.
—Pensé que estaba sellado.
—Lo estaba.
Durante el primer amanecer del universo.
El silencio cayó.
Entonces él hizo la pregunta que nadie quería formular.
—¿Y quién lo encerró?
Por primera vez...
el Equilibrio pareció dudar.
—Nosotros.
—¿Nosotros?
—La Vida.
La Muerte.
El Tiempo.
Y yo.
Las cuatro fuerzas primordiales.
El aire se volvió pesado.
—Entonces puede volver a encerrarse.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Porque ahora falta una de las piezas.
Todos comprendieron al instante.
La Vida.
Había desaparecido hacía eras.
Mucho antes del nacimiento de la humanidad.
Nadie sabía dónde.
Nadie sabía cómo.
Solo que ya no existía.
Y sin ella...
el sello era imposible.
Un estruendo sacudió la montaña.
El templo entero tembló.
Polvo cayó desde el techo.
Una nueva grieta acababa de abrirse.
Más cerca.
Mucho más cerca.
Entonces ocurrió algo inesperado.
La Muerte se giró hacia él.
—Ven conmigo.
Él no entendió.
—¿A dónde?
Ella extendió la mano.
Sus ojos tenían una tristeza que él jamás había visto.
—Necesito mostrarte algo.
El mundo desapareció.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en un lugar imposible.
Un jardín.
Silencioso.
Infinito.
Hermoso.
Flores plateadas cubrían hasta el horizonte.
Árboles de cristal brillaban bajo una luz sin sol.
Y en el centro...
había una casa.
Pequeña.
Sencilla.
Humana.
Él la observó confundido.
—¿Qué es este lugar?
La Muerte bajó la mirada.
Y por primera vez desde que la conocía...
pareció vulnerable.
—Mi sueño.
Él se quedó inmóvil.
—¿Tu qué?
—El futuro que nunca podré tener.
Caminaron entre las flores.
Lentamente.
Como si cada paso doliera.