"A veces el amor no salva a las personas... las obliga a enfrentarse a las heridas que sobrevivieron a la eternidad."
Nadie habló.
Nadie se movió.
Porque aquello era imposible.
La Vida estaba allí.
La fuerza primordial desaparecida antes del nacimiento de los primeros imperios.
La pieza perdida.
La llave del sello.
La esperanza.
Y sin embargo...
algo estaba mal.
Muy mal.
Su luz era hermosa.
Pero no cálida.
Su presencia era inmensa.
Pero no reconfortante.
Era como observar un sol muerto.
Hermoso.
Brillante.
Vacío.
La mujer descendió lentamente desde la grieta.
Cada paso hacía crecer flores bajo sus pies.
Y cada flor se marchitaba segundos después.
Vida.
Y muerte.
Nacimiento.
Y decadencia.
Todo ocurriendo al mismo tiempo.
La Muerte la observó.
Inmóvil.
—Creí que habías desaparecido.
La mujer sonrió.
Una sonrisa triste.
—Yo creí que vendrías a buscarme.
Aquellas palabras golpearon más fuerte que cualquier ataque.
El Equilibrio cerró los ojos.
Como si recordara algo que prefería olvidar.
Nihrael observaba la escena en silencio.
Disfrutándola.
—Explícate —exigió la Muerte.
La Vida la miró.
Y durante un instante pareció ver a una hermana perdida.
Porque eso eran.
No de sangre.
Sino de origen.
Dos fuerzas nacidas juntas.
Dos mitades necesarias.
—Cuando encerramos a Nihrael...
alguien tenía que sostener la prisión desde dentro.
El mundo quedó en silencio.
El Equilibrio bajó la mirada.
Él sintió un escalofrío.
Porque ya conocía la respuesta.
Y aun así no quería escucharla.
—Fui yo.
La voz de la Vida apenas fue un susurro.
—Durante eones.
Sola.
Oscura.
Olvidada.
Mientras el universo continuaba sin mí.
La Muerte retrocedió un paso.
—No lo sabía.
—Lo sé.
Aquella respuesta contenía siglos de dolor.
—Nadie lo sabía.
La Vida observó el cielo roto.
—Vi civilizaciones nacer.
Vi especies desaparecer.
Vi estrellas encenderse y morir.
Y nadie vino.
Nadie preguntó.
Nadie recordó.
Él sintió que el corazón se hundía.
Porque comprendía esa soledad.
La comprendía demasiado bien.
Nihrael dio un paso adelante.
—Y mientras ella sufría...
¿qué hicieron ustedes?
La pregunta quedó suspendida.
Nadie respondió.
Porque no existía una respuesta suficiente.
La Vida cerró los ojos.
Y una lágrima dorada recorrió su mejilla.
Donde cayó...
nació un bosque entero.
—Al principio esperé.
Luego lloré.
Después grité.
Finalmente...
dejé de esperar.
Aquellas últimas palabras eran las más peligrosas.
Porque no contenían tristeza.
Contenían resignación.
La muerte de la esperanza.
—¿Y ahora qué quieres? —preguntó él.
Ella lo observó.
Por primera vez.
Directamente.
Sus ojos se abrieron levemente.
Como si acabara de descubrir algo inesperado.
—Así que tú eres el fragmento.