El báculo mágico (#2 saga Siete Rosas)

Capítulo 5 - La punta del iceberg, alcanzada

¡Tú sin aliento, pero con aliento

para decirme que te falta aliento!

(Shakespeare, Romeo y Julieta)

 

    – ¿En qué consiste la meditación? –pregunté.

   –Es un ritual que ayuda a controlar la mente y el cuerpo. En Airna lo hacemos muy a menudo, pues somos los que con más facilidad alcanzan el tercer nivel, un nivel infinito. Para ti, solo necesitamos el primero –hizo una pausa y su rostro adoptó una expresión suplicante–, espero.

   – ¿Y cuánto dura eso, aproximadamente?

   –Por lo general alrededor de tres horas. Mi madre podía pasar días enteros meditando sin alimentarse con otra cosa que no fuera agua y semillas, pero podemos empezar con una sesión corta.

   –Para empezar, yo diría...

   Shieik se sacó sus extrañas ropas superiores y yo sentí que tanto la incredulidad como la vergüenza me golpeaban de frente. Eso, además de que mi autoestima parecía haber sido arroyada por una enorme roca.

   –Siéntate cruzando las piernas, así.

   Mientras lo imitaba repasé cada detalle de su cuerpo con una agobiante opresión en mi valor. Sus abdominales definidos, su fuerte pecho, sus hombros y su cuello, y las venas y los tendones que sobresalían en sus brazos y manos. No parecía ser mucho más robusto que Seth en cuestión de tamaño, pero el desarrollo de su masa muscular lo decía todo: era un guerrero. Nunca había visto a un chico en aquellas fachas más que a mi hermano o a Kevyn, y de eso hacían ya varios años porque el próximo rey de Airna buscaba cualquier pretexto con tal de no meterse al agua. Sin embargo, en ese momento podía asegurar que Shieik era la persona más fuerte de este mundo. Era la última criatura que quisiera tener de enemigo.

   "Jamás tendría una oportunidad luchando contra él", pensé, sintiéndome como el niño menudo que se enfrenta a un matón.

   –Ahora, cierra tus ojos –ordenó, cerrando los suyos–, inhala profundamente –aspiró una gran cantidad de aire, lo cual hizo que su pecho se tensara aún más–, exhala lentamente.

   Comenzó a soltar el aire poco a poco. Y, de pronto, se despegó del suelo. Me refregué los ojos con fuerza, creyendo que estaba alucinando. Pero no. Shieik estaba flotando a casi medio metro del césped mientras yo lo miraba con la boca abierta.

   "Está volando. Un ser vivo sin alas está volando y lo estoy viendo", pensé con un tonillo histérico. "De acuerdo Lizzie, tranquila, tranquila, ya sabías que podía volar", intenté tranquilizarme con el apodo que Kevyn me había puesto, pues pensar en él siempre me había ayudado a invocar mi cordura; pero era difícil sentirte cuerdo cuando una persona estaba volando frente a ti.

   Shieik abrió los ojos de pronto y me dirigió una mirada apremiante.

   –Ahora tú, Elízabeth.

   Apenada por haber sido descubierta viéndolo de aquella forma, poco más o menos hipnotizada, me apresuré a hacer lo que me ordenaba. ¡Pero era incapaz de concentrarme! Solo podía pensar en Shieik elevándose en el aire sin intervención de agentes físicos y en la remota, mas no imposible, posibilidad de que eso también fuese a sucederme.

   –Relájate –me aconsejó. Mis manos se comprimieron en un puño casi espasmódico–, contén el aire un poco más. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, suéltalo poco a poco, no hagas presión en los ojos, ciérralos suavemente –lo intenté, pero el cuerpo entero empezó a cosquillearme y me puse aún más dura–. Dije que te relajes, Elízabeth. No puedes hacerlo si estás rígida como una tabla. Tu aura está tan tensa que genera estática.

   "C-o-n-c-é-n-t-r-a-t-e"

    –Olvida lo que te rodea y piensa solo en el ruido del viento entre las hojas de los árboles, nada más en el ruido del viento, relájate.

   Repetimos una vez más el proceso de inhalar y exhalar. Hice una mueca mientras trataba de obedecerle, porque los pensamientos se me metían en la mente por más que intentara frenarlos.

   «¿Tendrá los ojos cerrados? ¡Así podremos verlo volar otra vez!»

   "¿Cómo es posible que queramos espiarlo cuando ni siquiera podemos cumplir con nuestra tarea?", le espeté molesta a la voz alegre.

   Intenté no caer en la tentación, pero al final abrí los ojos, lentamente, solo para asegurarme de que él no me veía. Y así era. Shieik tenía los ojos cerrados y sus manos descansaban sobre sus piernas.

   – ¿Todo bien, Elízabeth?

   –Sí, es que... me cayó algo en el cuello y me desconcentró –mentí, sobresaltada.

   Shieik entonces me miró por primera vez y se me subieron todos los colores al rostro. Claramente la levitación no era lo único que me impedía concentrarme.

   –Si lo deseas –dijo en tanto se deslizaba cerca de mí– podemos fragmentarlo en etapas y ejercicios pequeños. Lo haremos poco a poco.

   La voz de Shieik era bastante más suave que hacía unos minutos. Evidentemente él ya era todo un experto en eso de la meditación. Incluso los músculos de su rostro se veían más relajados y la cercanía de su aura no quemaba tanto.




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