El baile del caos

Capítulo IV - Celebración demoníaca

Dos figuras caminaban por un corredor tallado en obsidiana pulida. Sus pasos, apenas audibles, resonaban en el silencio. Uno de ellos apretó un vendaje grueso sobre su brazo amputado.
—Ya puedes sonreír, Campeón. ¿O la humillación por el brazo te tiene de mal humor? —Preguntó uno, con una sonrisa cansada que no llegó a sus ojos.
La figura herida tocó el vendaje en su muñón.
—No hasta que me crezca el brazo. Me irrita que un simple Centinela tuviera tanta fuerza. Es anómalo.
—Fue el cebo perfecto. Subestimaste su fuerza, pero cumpliste la misión de distracción.
—Te prometo que lo mataré la próxima vez. Lo haré lentamente.
La gran puerta de piedra se abrió con un sordo rechinar. Reveló un salón de proporciones gigantescas. En lugar de antorchas, orbes de plasma púrpura flotaban, creando una luz rojiza y opresiva que disimulaba el hedor a azufre y metal. Una mesa larga, tallada en hueso, sostenía un festín grotesco de carnes sin nombre y vinos que brillaban con reflejos oscuros.
Una demonio pequeña, con ojos brillantes, alas membranosas y una sonrisa de dientes afilados como puntas, se acercó a recibirlos. 12
—Bienvenidos a la celebración de la Caída de los Centinelas—Dijo con una voz muy aguda y molesta
Alrededor de la mesa, se sentó la élite: demonios de aspecto sofisticado, casi humanos, casi todas mujeres. Bebieron y rieron con una arrogancia refinada. En fuerte contraste, sirvientes grotescos, de piel dura y andares torpes, se arrastraban entre las sombras, limpiando y sirviendo con movimientos guturales.
La gran puerta de basalto se abrió sin un sonido. Toda conversación cesó. De ella emergió una figura de presencia abrumadora. Su armadura de batalla era negra, lisa e implacable, ocultando por completo cualquier rasgo bajo un yelmo sin ojos. Caminó con una calma aterradora hacia la tarima.
—Hoy —Comenzó, su voz, un eco grave que no necesitaba alzar el volumen para llenar la sala—, no hemos diezmado meros soldados. Hemos extinguido la última chispa de esperanza en sus corazones. Les hemos demostrado que su luminis es un fuego fatuo frente a nuestra noche eterna.
Se detuvo, su voz era grave y resonó en la sala, cargada de poder antiguo.
—Aún queda camino por recorrer, pero con paciencia tomaremos el mundo humano. Gracias por apoyarme desde que maté al antiguo rey tradicionalista. Treinta años de estrategia, de aceptar el Oscurus, de planificar cada incursión, nos llevaron a este momento.
El Rey alzó un puño enguantado en obsidiana.
—Y pronto… la puerta de Lilith se abrirá. Cuando eso suceda, el paso estará liberado. Entonces, no solo dominaremos, sino que reescribiremos la historia.
Los demonios estallaron en una ovación triunfal, golpeando la mesa y aullando.
En la lejanía, sobre una isla solitaria azotada por el oleaje, una puerta gigantesca y arcaica, decorada con figuras retorcidas de humanos y demonios, permanecía sellada. Brillaba, apenas perceptible, bajo la luna.




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