Lluvia helada y constante. El barro se pegó a las botas de Félix. El aire era pesado, a tierra mojada y dolor. Los disparos protocolares rompieron el silencio del cementerio, pero él no se movió. Solo, empapado frente a una hilera de tumbas frescas, su rostro era una máscara de frialdad.
—¿Por qué permití esto? Ellos confiaban en mí… Pensaron que podía salvarlos. Fracasé. No soy un Centinela —Murmuró, la lluvia diluyendo sus palabras— Debí morir yo.
Una mano suave, cálida, lo tomó de la muñeca. Emma estaba a su lado, con un abrigo de lana oscura que absorbe la humedad.
—Sé que va contra el protocolo, pero no podía dejarte solo —Dijo con voz tranquila.
—Les fallé.
—Luchaste contra una nueva clase de amenaza, Félix. Le quitaste un brazo. Sobreviviste donde nadie más lo habría hecho. Eso no es fracaso.
—Pero no pude salvarlos…
—Ellos no necesitan que mueras por ellos, Félix. Necesitan que sigas en pie. Ellos te vieron como su única esperanza, la razón por la que valía la pena morir. Si te rindes a la culpa ahora, si te conviertes en la derrota, entonces si les habrás fallado.
Félix se tensó bajo el agarre. La lluvia, por un instante, parecía detenerse en su percepción. Giró la cabeza hacia Emma. Su rostro se quebró por primera vez.
—Tienes razón.
Emma le apretó la mano. Ambos lloraron en silencio, codo con codo, bajo la lluvia.
—Vamos a casa. Un paso a la vez.
El murmullo de la prensa era una ola agresiva. La puerta lateral se abrió, y la Capitana Charlotte Miller entró. Su uniforme era impecable, su andar una afirmación de autoridad. El peso de las pérdidas solo era visible en el extremo rigor de su postura. Se para en el atril.
—Uno a la vez. El primero, el señor Gómez, de Noticias Globales.
—La población exige respuestas. ¿Qué garantías hay de que estarán protegidos?
—La agencia sigue operativa.
—¿Félix? ¿El Centinela que falló en proteger a la brigada? ¿Qué seguridad puede darnos él?
—Félix se enfrentó a un Nivel 5 y, aun sin ayuda, le infligió una herida que lo obligó a retirarse —Respondió Charlotte, su voz como hielo—. Nadie más habría sobrevivido. Aún hay esperanza.
—Capitana, con todo respeto, la gente no quiere escuchar sobre hazañas pasadas. Quiere saber una cosa: ¿Un hombre es todo lo que se interpone entre nosotros y la aniquilación?
—No. Se interpone un juramento. El mío, el de Félix, y el de cada persona en esta agencia. La humanidad ha sobrevivido a pestes y guerras mundiales sin Centinelas. Y no piensa darse por vencido.
—¿Pero y si vuelven a atacar en simultáneo? ¿Puede un solo Centinela con todo?
—Durante siglos, la humanidad sobrevivió sin Centinelas. La AMuCoD sigue operativa. No es la primera vez que enfrentamos el abismo y no será la última.
—¿Cuánto tiempo, exactamente?
Charlotte guardó silencio por un segundo. Luego, con una solemnidad escalofriante:
—Al menos doce meses. Ese es el margen que nos dan los análisis de la energía residual de la zona de Francia. Un año de tregua. Y juro que lo vamos a aprovechar.
Los reporteros se agitaban, no con indignación, sino con un alivio peligroso. Murmullos de “un año” y “tregua” se extendieron como pólvora. La Capitana se retiró sin mirar atrás. La cámara enfocaba su rostro: rígido, pero con una chispa de determinación que estaba encendida en sus ojos.
El televisor mostró la imagen congelada de la Capitana. Emma estaba sentada en el sillón, con el control remoto abandonado en la mano. Su mirada estaba vacía. La habitación se sintió demasiado grande. Se escucharon pasos en el pasillo. Félix apareció, con ropa informal, desaliñado.
—Pensé que irías a la agencia.
—No tengo ganas. No después de eso.
Ella bajó el control remoto con lentitud. Él la observó, notó el temblor en sus manos. Se sentó a su lado.
—También lo lamento. Tú los conocías a todos…
Emma asintió, reprimiendo lágrimas. —Eran mis pacientes. Yo era la que los remendaba para que volvieran a morir.
Félix la abrazó con fuerza. Ella se quebró por fin, aferrándose a él.
—Sé que estás roto. Y sé que juraste volver a mí —Sollozó—. Pero no dejes que el dolor te consuma. Pelea por mí. Por la promesa. No te conviertas en la venganza que ellos quieren que seas.
—Lo intentaré —Susurró él. La palabra era una carga nueva, más pesada que cualquier arma.
Félix se levantó, entró a la habitación y empezó a cambiarse. Al salir, vio a Emma ya vestida con su uniforme de enfermera, lista.
—Voy contigo. Quiero acompañarte. Y… tengo que trabajar. Si vamos a tener solo un año, no voy a perder ni un día.
Él asintió. Ambos salieron de casa. El camino en el auto era silencioso. No se han curado, pero la determinación de la tregua ha reemplazado el peso de la desesperación. Tenían un año.