Emma se detuvo antes de que separen caminos.
—Ah, Evelyn me dijo que la veas cuando puedas… y cuando quieras.
—Lo haré —Respondió Félix.
El pasillo principal de la AMuCoD era una extensión fría y gris. Cada rincón, cada sombra, le devolvía un recuerdo que ahora se sentía hueco: risas, pasos apresurados. Solo quedaba el eco de sus botas, en un lugar donde la esperanza se había ido.
Félix llegó a la sala de operaciones. Evelyn levantó la vista de la consola. Las ojeras marcadas le llegaban casi a los pómulos.
—Hola, Félix. Primero, lo siento. Segundo… sé que es pronto para esto, pero necesito contarte lo que descubrí. Mantener esto encendido es lo único que me impide derrumbarme—Dijo Evelyn mientras se tocaba la cabeza
Félix se acercó en silencio, apoyó una mano firme en el hombro de la operadora.
—Yo también lo siento, Eve.
—Necesito saber si estás preparado. Esto no va a ser corto.
Félix le sonrió levemente. —Voy a buscar café.
—Trae uno para mí también, por favor.
Félix salió a buscar los cafés. La máquina estaba en un pasillo silencioso. Solo el zumbido eléctrico rompió el silencio que antes llenaban las conversaciones. Él introdujo las monedas y esperó la taza. Al regresar, los dos vasos en mano, las sombras del pasado lo asaltaban, pero se concentró en los vasos.
—Aquí tienes. Capuchino, como te gusta. Tu racionamiento de vida normal.
—Gracias. Empecemos—Mientras le dio un sorbo a su medida
Evelyn activó la pantalla grande de la sala.
—Estas son imágenes de los portales antes de la Invasión Alfa 1. Las marcas en el suelo son ondas, quemaduras irregulares. Ahora mira esta, la de la Alfa 1.
—Parece… casi una línea recta.
—Exacto. Y observa las más recientes.
Félix se endereza, lo que vio le incomoda.
—Son cada vez más simétricas.
—Mi teoría es que antes, los demonios no dominaban el Oscurus. Ahora sí.
—¿Y el demonio con el que luché?
Evelyn cambió la imagen.
—Si invertimos los colores, el aura de su lanza… mira. Tiene la misma firma de energía que el Luminis.
Félix abrió los ojos, incrédulo. —¿Estás diciendo que…?
—Sí. Ese demonio no era un monstruo. Era un equivalente infernal a un Centinela.
—Eso explica la diferencia de poder.
—Y ya tengo nombre para ellos: Arquidemonios.
Evelyn cambió la imagen otra vez.
—Mira el pecho de cada Arquidemonio. Hay una marca: un triángulo invertido. Y cada uno tiene un cristal brillante en un vértice distinto.
—Falta uno —dijo Félix, con una frialdad nueva—. El que tenga el cristal en el vértice inferior.
—Exacto. Se nos viene algo peor. Están organizándose. Y si son tan estratégicos, tardarán en volver a atacar. Necesitan acumular más Oscurus.
—Antes nos atacaban con sabuesos. Ahora, atacan con un equivalente a un centinela. Fue un golpe quirúrgico. Frío. Devastador. Hay alguien dirigiendo esto desde arriba.
Félix asintió y suspiró. Giró para observar a Evelyn.
—¿Desde cuándo estás trabajando?
—Desde que terminó la invasión. No paré ni un segundo.
Félix se acercó y volvió a posar la mano en su hombro.
—Hiciste un excelente trabajo, Evelyn. Estoy orgulloso de ti.
Ella no pudo evitar soltar una lágrima.
—Gracias, Félix. Lo necesitaba —Su voz sonó rota.
—Pero descansa. Ya perdí demasiados colegas. No quiero perder a una amiga también.
—Lo haré, lo prometo. Pero primero, una cosa más.
Félix se recostó contra la mesa, cruzando los brazos. —¿Hay más?
—Sí —Asintió Evelyn, más tranquila—. Estuve investigando sobre el Oscurus… y no tenemos nada concreto. Del Luminis, apenas algo. No sabemos por qué aparecen los afines, ni por qué está escaseando.
—A nivel general, creemos que ambas energías no provienen de este mundo.
—Antes de que existieran los Centinelas, el Luminis se manifestaba de forma sutil: en el amor puro, en la caridad genuina, en todo lo que nos impulsa a hacer el bien. Era la fuerza invisible de la esperanza. Y cuando la humanidad lo necesitó, cuando casi perdíamos toda fe, se manifestó como un escudo. Así nacisteis vosotros.
—Es una bonita teoría —dijo Félix, sin convencerse. —¿Y el Oscurus?
—Es su reflejo inverso. Su reflejo oscuro.
—¿Por qué se está yendo el Luminis?
Evelyn dudó. Bajó la voz.
—La primera teoría es… difícil: que la sociedad se está corrompiendo. Guerras, líderes deshonestos. El Luminis nos está abandonando, no nos considera dignos.
—¿Y la segunda?
—Que el Luminis tiene una conciencia propia y se está acumulando en alguien o en algún lugar para un evento final. Lo que explicaría por qué no hay nuevos Centinelas.
—Me cuesta creer ambas hipótesis —Comentó Félix en voz baja.
—Ninguna ha sido comprobada. Son solo intuiciones. Por ahora, en síntesis…
—No tenemos nada —Completó Félix, con pesar.
—No. Pero con tiempo y trabajo, algo encontraremos.
Félix asintió.
—Entonces, si no queda nada pendiente, me voy. Quiero hablar con la Capitana.
—No digas “adiós”. No me gusta. Suena a despedida definitiva. Mejor “hasta pronto”, ¿sí?
Félix le sonrió suavemente.
—No lo es. Hasta pronto, Evelyn. Cuídate. Y por favor… descansa.
Evelyn asintió en silencio.
Félix caminó por el pasillo. Se detuvo frente a una ventana que daba al campo de entrenamiento. El silencio era ensordecedor. Recordó el caos de los entrenamientos, y ahora solo había un césped vacío.
“¿Realmente hay alguna posibilidad de que ganemos?” —Pensó, apretando los puños.
Una presencia firme apareció a su lado.
—No te sigas torturando, soldado. No es sano para nadie —Dijo la Capitana, con su habitual tono formal, pero esta vez cargado de humanidad —Vayamos a mi oficina. Hay algo de lo que quiero hablar.
Ambos caminaban en silencio. Félix obedeció el gesto de la Capitana y se sentó. Ella permanecía de pie, mirando por su ventana al campo vacío.
—Eran tus camaradas, Centinela —Dijo, con la voz raspada—. Pero no vas a cargar con esta culpa. La responsabilidad fue mía. Yo soy la Capitana. Yo fallé al proteger al equipo.
Félix la observó con incredulidad.
—Yo soy el más fuerte. Yo tenía que protegerlos.
Ella se sentó, inclinándose hacia él.
—Eres un soldado, Félix. Seguiste mis órdenes. Volviste. Pero en Brasil fue diferente—Charlotte dio un leve suspiro—Los Centinelas en Brasil se negaron a retirarse. Desobedecieron mis órdenes directas. Y sé por qué lo hicieron: No querían que el futuro de la humanidad dependiera de un solo hombre. Querían que te preocuparas menos. Se sacrificaron para liberarte de esa carga, Félix. Querían que el más fuerte estuviera a salvo.
Las palabras lo golpearon con fuerza.
—Por eso te lo repito: esto no fue tu culpa. — El tono cambió a estrategia pura—. Pero el futuro sí lo será si no estamos preparados. Solo tenemos un año.
Félix se levantó, y en sus ojos ya no había duda, sino la fría claridad del deber
—Estaré listo. No. Estaremos listos. No voy a dejar que su sacrificio sea en vano.