El baile del caos

Capítulo XVIII - Entre una derrota y unos nuevos recuerdos

El Rey Demonio se mantenía firme en su atril.

—… Ni siquiera su gran héroe, Félix. Porque yo mismo lo mataré —Enunció, finalizando la transmisión a la Tierra.

—Listo, señor —Señaló la demonio de aspecto humano, similar a Nicolás.

El Rey Demonio dio un paso hacia atrás. Su armadura chocó contra el suelo de cerámica con un sonido seco. Su ira era palpable.

—¡Todos a mi oficina, ahora!

Los Arquidemonios se estremecieron y lo siguieron en silencio.

El Rey se sentó detrás de una mesa enorme, sus puños se cerraron sobre el escritorio. Los demonios rodearon la mesa.

—Dame una buena razón para no estar furioso contigo, Trezkhael —Gruñó, su voz grave resonó en las paredes, dirigiéndose a T-3, el cual bajó la mirada, su tono era tembloroso.

—Lo siento, mi señor. Mi hermano Duzkhael se confió. No creyó que esos nuevos Centinelas fueran tan fuertes.

El Rey Demonio golpeó la mesa con fuerza.

—Tú, tu hermano y Primkhael tuvieron tiempo para entrenar, para fortalecerse. ¡Y aun así, una manada de novatos casi aniquila a uno de mis mejores! ¡Me han hecho perder un tiempo valioso!

T-1 y T-3 se arrodillaron, temblando.

—Lo sentimos, señor, mejoraremos. Cuando mi hermano se recupere, entrenaremos sin descanso —Prometió T-1, su voz apenas un susurro.

El Rey los observó en silencio por un momento. Luego, con frialdad calculada:

—Eso espero. Porque si fallan otra vez… yo mismo me encargaré de ustedes tres.

Su tono no dejó lugar a dudas.

—¡Fuera todos! Menos tú, Lazthiel. Necesito hablar contigo.

Los demonios se retiran. La puerta se cerró. El Rey se dejó caer en su silla, visiblemente agotado.

—Dime que lograste algún avance.

Lazthiel, la mujer similar al centinela argentino, mantenía la postura firme, pero había un leve titubeo.

—Lo siento, señor. Aún no he logrado comunicarme con los humanos infiltrados. Pero sospecho que ya deben tener algo de información útil.

El Rey suspiró hondo.

—Presiónalos. Necesitamos la ubicación de la base de operaciones principal. Pero… —Su mirada se endureció— Si no eliminamos a Félix primero, no lograremos nada.

Hizo una pausa.

—¿Todavía no hay información sobre él?

Lazthiel sacudió la cabeza con pesar.

—Ninguna, señor. Nunca se ha quitado el casco en batalla y su agencia protege su identidad con extremo celo.

El Rey Demonio apretó la mandíbula, frustrado.

—¿Así que no tenemos forma de eliminarlo? Mierda…

Lazthiel tomó un pergamino antiguo y lo extendió.

—Bueno, en realidad hay algo.

El Rey Demonio lo tomó con cautela.

—¿Qué es esto?

—Un hechizo antiguo. Tal vez… podría funcionar con Félix.

El Rey observó el texto, sus ojos se abrieron apenas.

—La única que manejaba esta hechicería era Lilith, y ya no está con nosotros.

—Lo sé, señor. Pero por favor, lea el pergamino.

El silencio llenó la habitación. El Rey estudia el contenido.

—No lo veo factible. La energía que requiere es descomunal, tendríamos que agotar todas las reservas… y además, Félix tendría que cumplir con este requisito —Señaló una línea con el dedo—. ¿Estás segura de que es el único camino?

—No tengo otra alternativa, señor.

El Rey Demonio se levantó y caminó, pensativo.

—Si fallamos, no podremos atacar antes de que se abra la Puerta de Lilith. Y eso nos complicará todo, en especial porque esos Centinelas se harán más fuertes.— El rey se detuvo un segundo pensativo — Ok… ejecuta el plan cuando tengas la ubicación de la agencia.

—Sí, señor.

—Puedes retirarte, Lazthiel.

Los pasillos del castillo estaban vacíos cuando Lazthiel llegó a un ascensor. El chirrido la acompañaba mientras desciende.

En el subsuelo, entró a una habitación oscura y encendió las luces. Un laboratorio se extendió ante ella.

—Espero que los humanos consigan algo útil… —Murmuró, masajeándose la nuca.

Se acercó a un aparato mágico y lo activó.

—Humanos, respondan.

La imagen de dos figuras cubiertas por completo apareció ante ella.

—Sí, mi señora — Contestaron al unísono.

—¿Encontraron la agencia?

—No, mi señora. Nos es imposible localizarla.

Lazthiel cerró los ojos, conteniendo su frustración.

—Me fallaron… Pero no puedo reemplazarlos ahora. Ejecutarán el plan de la runa.

Los infiltrados se tensaron.

—Se lo rogamos, denos más tiempo. No queremos usar ese método —Suplicaron.

La paciencia de Lazthiel se agotó.

—No les estoy preguntando. Si quieren sobrevivir cuando dominemos el mundo humano, obedézcanme.

Los infiltrados bajaron la cabeza, sometidos.

—Lo sentimos, señora. Ejecutaremos el plan. Pero… hemos obtenido algo de información sobre los nuevos Centinelas. ¿Desea verla?

—Entréguenla. La revisaré.

—Gracias, mi señora. No la decepcionaremos.

—Eso espero.

La comunicación se cortó.

Lazthiel revisó los archivos. Nada útil. Suspiró.

—Cada vez sirven menos… Yui, Tyrone, Heather y…

Se detuvo de golpe. Un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Nicolás? ¿Por qué…? ¿Por qué siento esto? —Empezó a temblar.

La mano de Lazthiel se posa en su cabeza, como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo.

—Lo conozco. ¿Pero quién es? —Jadeo con cierto esfuerzo.

Todo se volvió oscuro.

Una voz masculina y otra femenina, lejanas, susurraron: “No dejes a tu hermano solo en la luz.”

Lazthiel jadeaba.

—¡¿Quiénes son?! —Gritó, aturdida.

Apareció un campo verde en su mente. El viento soplaba suave, un pájaro cantaba.

Un niño de un ojo violeta la miró con alegría.

—¡Lazthiel, hermana, ven a jugar conmigo!

Su garganta se secó.

—¿Nicolás…?

De repente, una luz roja lo cubrió todo.

El niño gritó desesperado: —¡Lazthiel, noooo!

Nicolás se despertó bruscamente, empapado en sudor, jadeando en la camilla de la enfermería de la agencia. Sus ojos, azul y violeta, se abrieron con terror y certeza




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