El baile del caos

Capítulo XIX - Me alegro de que estén vivos

—Ay… me duele —Murmuró Nicolás, mirando los vendajes en su cuerpo. Lentamente, empezó a mover las manos, luego las piernas—. Uf… al menos todavía puedo moverme.

Se quedó en silencio. Su rostro se ensombreció cuando el recuerdo de la batalla volvió a su mente: Heather inconsciente, el disparo que lo derribó junto a Yui, y el miedo de no volver a verlos.

—Tengo… tengo que ver si están bien —Musitó, decidido, mientras se incorporaba de la cama, haciendo una mueca de dolor.

No había nadie cerca. La enfermería estaba en un silencio espectral. Con un gruñido, Nicolás se incorporó. Se apoyó en el porta-sueros, que se arrastró con un ruido metálico por el suelo. Cada paso era una punzada de agonía, pero la imagen de Heather y Yui tendidas era más fuerte que el dolor.

Atravesó el pasillo hasta la habitación de enfrente y abrió la puerta.

La imagen lo detuvo en seco. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Heather estaba despierta, con la mirada enrojecida, mientras Tyrone se sentaba junto a ella. Ambos lloraban en silencio, tomados de la mano.

—Chicos… están vivos… —Balbuceó, Nicolás, con la voz quebrada.

—¡Nicolás, amigo! —Expresó Tyrone, y su voz se quebró al pronunciarlo.

Nicolás se acercó como pudo y los abrazó con fuerza, a pesar del dolor.

En ese instante, escucharon pasos suaves acercándose. Una figura temblorosa los observaba desde la puerta, conteniendo el llanto.

—A… a… minna… buji dattan da…! (Todos… están a salvo…) —Susurró Yui en japonés, voz aguda y temblando de alivio.

—No te entiendo, amiga… pero por favor, ven y abrázanos de una vez — Suplicó Nicolás con una sonrisa entre lágrimas.

Yui caminó hacia ellos. Se abrazaron los cuatro, un nudo humano lleno de dolor, alivio y cariño.

—Me alegra… me alegra que todos estén aquí… —Murmuró Heather, llorando sin control.

—Pensé que los había perdido… —Confesó Tyrone, apretando los ojos con fuerza, apretando los ojos con fuerza contra el hombro de Heather.

El silencio se llenó con sollozos y respiraciones entrecortadas. No necesitaban más palabras. Sobrevivieron. Y estaban juntos.

De pronto, se escucharon pasos apresurados por la enfermería. Emma entró corriendo y se detuvo al ver la escena. Se llevó una mano a la boca, intentando no romper en llanto. Lo que tenía ante sus ojos no era solo un grupo de guerreros. Eran jóvenes. Humanos. Que lloraban no por la magnitud de la guerra, sino por no haberse perdido entre ellos.

Pasaron unos minutos antes de que las enfermeras los ayudaran a volver a sus habitaciones.




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