El bastón del rey mono

La sombra del rey

CAPÍTULO 1

"La verdadera fuerza no nace del poder… nace de a quién decides servir."

El acero chocaba una y otra vez contra el aire.

No había público.
No había aplausos.

Solo respiración contenida, músculos tensos y disciplina.

Kael se movía con precisión dentro del patio de entrenamiento de Vashgorath, el corazón del reino. Cada paso era firme, cada giro calculado. No poseía dones especiales, ni magia heredada, ni marcas visibles de poder.

Pero aun así…
nadie dudaba de él.

Porque Kael no entrenaba para destacar.
Entrenaba para no fallar.

La lanza golpeó el suelo con fuerza al finalizar la secuencia. Kael cerró los ojos un segundo, controlando el pulso. El sudor caía por su frente, pero su postura seguía recta, intacta.

—Otra vez —murmuró para sí.

Antes de que pudiera moverse, una presencia cruzó el patio.

No hizo ruido.
No necesitó anunciarse.

Kael lo sintió.

Clavó la lanza en el suelo y se arrodilló de inmediato, bajando la cabeza con respeto absoluto.

—Mi rey.

Frente a él, caminando con paso pesado pero seguro, estaba el Rey Mono, soberano de Vashgorath. Su figura imponía incluso en silencio. No por tamaño, sino por historia. Cada cicatriz en su cuerpo hablaba de batallas que el reino jamás olvidaría.

—Levántate, Kael —dijo el rey con voz grave—. No estás ante un enemigo.

Kael obedeció, pero mantuvo la mirada firme. El respeto no le quitaba dignidad.

El Rey Mono observó la lanza, el sudor, la respiración controlada.

—Sigues entrenando como si mañana fuera el fin del reino.

—Porque algún día lo será —respondió Kael sin titubear—. Y cuando llegue, no puedo permitirme dudar.

Una leve sonrisa cruzó el rostro del rey.

—Por eso eres mi guardia real. No por tu fuerza… sino por tu claridad.

A unos pasos detrás, envuelto en telas antiguas, descansaba el bastón real. No era un arma común. La madera parecía viva, como si guardara energía en su interior. Se decía que aquel objeto concedía una fuerza imposible y una velocidad capaz de romper los límites del cuerpo.

Pero también se decía que no obedecía a cualquiera.

Kael evitó mirarlo. Aún no le correspondía.

—El reino está inquieto —continuó el rey—. Los exploradores hablan de movimientos en las tierras exteriores.

Kael frunció el ceño.

—¿Zhaelor?

El nombre no se decía en voz alta sin cuidado.

El Rey Mono asintió lentamente.

—Su veneno no siempre entra por la herida —dijo—. A veces entra por la duda.

El viento recorrió el patio. Por un instante, Kael sintió un escalofrío inexplicable.

—Si llega la guerra… —empezó Kael.

—Llegará —lo interrumpió el rey—. La pregunta no es cuándo, sino quién resistirá cuando todo empiece a caer.

El Rey Mono colocó una mano sobre el hombro de Kael.

—Y cuando ese día llegue… quiero saber que Vashgorath estará en pie, incluso si yo no lo estoy.

Kael apretó los dientes.

—Mientras yo respire, mi rey… este reino no caerá.

El Rey Mono lo miró con orgullo silencioso.

Muy lejos de ahí, entre raíces antiguas y sombras espesas, algo se movió.
Una figura observaba… esperando.

El primer paso hacia la guerra ya había sido dado.
Y Kael aún no sabía cuánto estaba a punto de perder.




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