El bastón del rey mono

El veneno se mueve

CAPÍTULO 4
"El verdadero peligro no siempre llega rugiendo; a veces se arrastra en silencio."

No hubo cuernos de guerra.
No hubo gritos.
No hubo sangre… todavía.

El primer movimiento de Zhaelor fue tan silencioso que muchos no lo notaron.

En los límites de Vashgorath, donde el bosque se volvía espeso y la tierra húmeda, los vigías comenzaron a desaparecer. No cuerpos. No rastros de lucha. Solo ausencia.

Kael escuchó el informe con el ceño fruncido.

—¿Ni una señal? —preguntó.
—Nada, mi señor —respondió el explorador—. Como si el bosque se los hubiera tragado.

Kael pidió que nadie entrara solo al bosque. Demasiado tarde.

Esa misma noche, un mensajero llegó tambaleándose a las puertas del reino. Su piel estaba pálida, los ojos desorbitados. No sangraba… pero su cuerpo temblaba como si algo lo estuviera consumiendo desde dentro.

Kael lo sostuvo antes de que cayera.

—¿Quién te hizo esto?

El hombre sonrió. Una sonrisa torcida, ajena.

—No fue un quién… —susurró—. Fue una voz.

Luego tosió. El aliento que salió de su boca tenía un olor amargo, metálico.

—Dijo… que el rey confía demasiado.

El mensajero murió sin una herida visible.

El consejo se reunió al amanecer.

—No es un ataque directo —dijo uno de los altos mandos—. Es provocación.

—Es veneno —respondió Kael—. Y no solo del cuerpo.

El Rey Mono escuchaba en silencio, apoyado en su bastón. Sus ojos estaban fijos en el mapa del reino.

—Zhaelor quiere que reaccionemos —dijo al fin—. Quiere que avancemos sin pensar.

—¿Y si no lo hacemos? —preguntó otro.

El rey levantó la mirada.

—Entonces avanzará él.

Lejos de Vashgorath, en un claro oculto entre raíces gigantes, Zhaelor observaba a sus seguidores. No gritaba. No ordenaba. Solo hablaba… y ellos obedecían.

—El reino se cree fuerte —susurró—. Pero la fuerza se oxida cuando duda.

Uno de sus siervos cayó de rodillas, convulsionando. El veneno había hecho su trabajo. Zhaelor lo miró sin emoción.

—Todo poder tiene un precio —dijo—. Ellos ya pagaron el suyo.

La serpiente alzó la cabeza, mirando en dirección a Vashgorath.

—Ahora… que sientan el mío.

Esa noche, Kael no durmió.
Por primera vez, comprendió algo con claridad brutal:

La guerra no estaba por comenzar.
Ya había comenzado.




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