CAPÍTULO 5
"No todo movimiento es avance; a veces es el miedo dando el primer paso."
El consejo de Vashgorath no estaba hecho para esperar.
Las muertes silenciosas, los vigías desaparecidos, el mensajero sin heridas… todo exigía una respuesta. Y el miedo, cuando se sienta a la mesa del poder, suele hablar más fuerte que la razón.
—Debemos atacar —dijo uno de los generales—. Mostrar fuerza antes de que el veneno se extienda.
Kael apretó los puños.
—No conocemos el terreno —respondió—. Zhaelor quiere que salgamos.
—¿Y quedarnos de brazos cruzados? —replicó otro—. El pueblo ya murmura.
El Rey Mono observó a Kael por un instante. Luego habló:
—Enviaremos una avanzada. Rápida. Contundente.
Kael sintió el golpe en el pecho. No era lo que quería escuchar… pero tampoco desobedeció.
—Yo iré —dijo.
—No —respondió el rey—. Tú te quedas.
La avanzada partió antes del amanecer. Guerreros fuertes, experimentados, confiados en sus transformaciones animales. Demasiado confiados.
El bosque los recibió en silencio.
No hubo emboscada inmediata. No hubo resistencia. Solo un camino abierto… demasiado fácil.
Y entonces, el error.
Uno de los capitanes se transformó antes de tiempo, aplastando raíces, rompiendo el equilibrio del terreno. El suelo cedió. El aire cambió.
El veneno despertó.
Gritos. No de dolor… de confusión. Algunos atacaron sombras. Otros a sus propios aliados. La fuerza se volvió contra ellos.
Cuando Kael recibió la noticia, ya era tarde.
Solo regresaron tres.
Sus cuerpos estaban marcados, pero lo peor estaba en sus ojos: culpa.
—No nos atacaron… —dijo uno antes de caer inconsciente—. Nos dejaron atacarnos solos.
El Rey Mono cerró los ojos por un largo momento.
—Zhaelor no busca vencer aún —dijo con voz grave—. Busca quebrarnos.
Kael miró al suelo, furioso.
—Y lo estamos ayudando.
Esa noche, el reino lloró a sus primeros caídos. No por una gran batalla… sino por una decisión apresurada.
Muy lejos de ahí, Zhaelor deslizó su cuerpo entre las raíces.
—El primer error siempre es el más fácil —susurró—. Ahora, que aprendan cuánto duele corregirlo.
Kael comprendió entonces una verdad que no lo abandonaría jamás:
La guerra no perdona impulsos.
Y el reino acababa de pagar el precio.