El bastón del rey mono

El peso de avanzar

CAPÍTULO 6
"Hay momentos en los que avanzar no es valentía… es aceptar que algo dentro de ti va a morir primero."

El ejército de Vashgorath avanzó al amanecer.

No hubo discursos.
No hubo cantos.
Solo pasos.

Kael cabalgaba cerca del frente, con la mirada fija en el horizonte. Cada metro recorrido se sentía más pesado que el anterior. No por el miedo a morir… sino por la certeza de que algo no estaba bien.

El bosque se abría ante ellos como una herida antigua.

—Este lugar no quiere guerra —murmuró uno de los soldados—. Quiere sacrificios.

El Rey Mono marchaba al centro, firme, erguido, con el bastón apoyado contra el suelo a cada paso. No se había transformado. Aún no. Su sola presencia bastaba para sostener al ejército.

Kael se acercó.

—Mi rey… —dijo en voz baja—. No me gusta este silencio.

El rey no lo miró de inmediato.

—A mí tampoco —respondió—. Pero hay silencios que se atraviesan, no se evitan.

Kael apretó la mandíbula.

—Si algo sale mal…

—Saldrá —interrumpió el rey—. Siempre sale.

Por primera vez, Kael lo vio cansado. No débil. Cansado de cargar con todos.

—Kael —continuó—. ¿Alguna vez has dudado de quién eres?

Kael respondió sin pensar.

—Todos los días.

El rey sonrió apenas.

—Entonces estás listo.

El ataque llegó sin aviso.

El suelo tembló. Las raíces se alzaron como serpientes. Y de entre la niebla, Zhaelor apareció por primera vez ante el ejército.

No rugió.
No atacó de inmediato.
Solo avanzó.

El caos estalló.

El Rey Mono se transformó.

Su cuerpo creció, su fuerza se volvió colosal, y su rugido sacudió el bosque entero. El ejército recuperó el aliento al verlo. Ahí estaba su rey. Ahí estaba su esperanza.

Kael luchaba cerca, cortando, cubriendo flancos, gritando órdenes. Entonces lo vio.

Un destello.
Un movimiento demasiado rápido.

Zhaelor mordió al Rey Mono.

No fue un ataque frontal. Fue un error nacido de la confianza.

El veneno entró.

El rey no cayó de inmediato. Golpeó, aplastó, rugió con furia. Pero Kael lo vio tambalearse. Lo vio perder ritmo.

—¡Mi rey! —gritó.

El Rey Mono retrocedió un paso. Luego otro. Su respiración se volvió pesada.

—Kael… —dijo, ya sin transformarse del todo—. Escúchame.

Kael llegó hasta él, cubriéndolo.

—No. Aún podemos…

—No —repitió el rey—. Ya no.

Sus ojos seguían firmes. Su cuerpo no.

—El veneno es lento… pero seguro —dijo—. Y alguien tiene que quedarse.

Kael negó con la cabeza, desesperado.

—No lo permitiré.

El Rey Mono apoyó una mano enorme sobre su hombro.

—Eso es lo que más respeto de ti —dijo—. Pero ahora… manda.

Kael entendió. Y eso fue lo que más dolió.

—Retirada —ordenó con la voz rota—. ¡Retirada!

El ejército dudó. Miraron atrás. Vieron a su rey girarse, volver a transformarse, más grande que antes, lanzándose contra el enemigo.

No era un grito de victoria.
Era un grito de orgullo.

Mientras se alejaban, Kael miró una última vez.

Vio al Rey Mono rodeado. Vio su fuerza apagarse poco a poco. Vio cómo caía de rodillas.

Y entonces, el bastón voló por el aire.

Cayó frente a Kael.

El impacto resonó más fuerte que cualquier arma.

Kael desmontó. Se arrodilló. Cuando tocó el bastón, lo vio todo: las batallas, las decisiones, los sacrificios.

Las lágrimas cayeron… pero no lo rompieron.

Se puso de pie.

—Seguimos —dijo, con voz firme—. No por venganza. Por lo que nos enseñó.

El ejército levantó la mirada.

Y por primera vez desde que comenzó la guerra, avanzaron… no con fuerza, sino con propósito.




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