El bastón del rey mono

La última voluntad

CAPÍTULO 7
"Hay promesas que no se hacen para vivir con ellas… sino para sobrevivir a su peso."

La retirada no se detuvo hasta que el bosque quedó atrás.

Cuando por fin el ejército se reagrupó, el silencio fue peor que los gritos de la batalla. Nadie celebró haber escapado. Nadie habló de victoria. Todos sabían lo que habían dejado atrás.

Kael sostenía el bastón con ambas manos.

No temblaba… pero por dentro, todo en él estaba quebrándose.

—Se quedó… —susurró uno de los soldados—. Nuestro rey se quedó.

Kael cerró los ojos.

Entonces lo sintió.

No fue una voz externa. Fue un recuerdo vivo, ardiente, que nació del bastón y le atravesó el pecho.

El Rey Mono, aún de pie entre enemigos.
Herido. Envenenado. Sonriendo.

—No mires atrás demasiado tiempo, Kael —dijo aquella voz—. Un rey que cae no necesita testigos… necesita herederos.

Kael apretó los dientes. Las lágrimas cayeron sin permiso.

—Escúchame bien —continuó la voz—. No te di este bastón para que gobiernes con fuerza… sino para que corras cuando otros no puedan. La velocidad no es huida. Es esperanza en movimiento.

La imagen cambió.

Vio a la hija del rey. Viva. Asustada. Fuerte.

—Protégela —dijo el Rey Mono, con una calma que dolía—. No porque sea mi sangre… sino porque será lo último bueno que deje en este mundo.

Kael cayó de rodillas.

—Lo juro… —susurró—. Por mi vida.

La visión se desvaneció.

El bastón dejó de brillar.

El Rey Mono había muerto.

Nadie gritó.
Nadie habló.

Solo el viento atravesó el campamento, como si el mundo mismo bajara la cabeza.

Kael se levantó lentamente. El peso del bastón ya no era físico. Era moral.

—Escúchenme —dijo.

Todos lo miraron.

—Hoy no perdimos a un rey —continuó—. Hoy aprendimos qué significa serlo.

Alzó el bastón.

—Él se quedó para que nosotros viviéramos. No para que huyéramos siempre… sino para que regresáramos más fuertes.

Algunos soldados bajaron la cabeza. Otros apretaron sus armas.

—No les prometo victoria rápida —dijo Kael—. Les prometo que cada paso que demos será digno de su sacrificio.

Respiró hondo.

—Por el reino.
—Por nuestra gente.
—Por nuestro rey.

Hizo una pausa. Breve. Sagrada.

—Por Rangor, el Rey Mono.

El nombre recorrió el campamento como un trueno contenido.

—¡RANGOR!
—¡RANGOR!
—¡RANGOR!

No fue un grito de guerra.
Fue un juramento colectivo.

Muy lejos, entre raíces ennegrecidas por veneno, Zhaelor abrió los ojos.

—Así que murió… —susurró—. Interesante.

Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—Ahora veamos si el heredero resiste el peso del vacío.

La guerra no había terminado.

Apenas había encontrado a su verdadero protagonista.




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