Capítulo 8
"Algunos no nacen para reinar, pero si para sostener el mundo cuando el rey cae"
El camino de regreso a Vashgorath no fue de victoria, pero tampoco de derrota.
Fue de silencio.
Las ruedas de los carros crujían sobre la tierra húmeda. Los estandartes, rasgados, aún ondeaban. Los heridos caminaban apoyándose unos en otros. Nadie hablaba del rey… pero todos lo llevaban dentro.
Kael marchaba al frente.
El Bastón del Rey Mono descansaba ahora sobre su espalda, atado con firmeza, como si el mismo objeto entendiera que su lugar ya no era alzado, sino cargado.
Cada paso pesaba más que una batalla.
Las puertas de Vashgorath se abrieron lentamente.
El pueblo salió.
No hubo gritos.
No hubo aplausos.
Solo miradas que buscaban respuestas… y encontraban verdad.
Kael desmontó.
Clavó el bastón en el suelo.
El sonido fue seco, definitivo.
—El rey… —empezó alguien.
Kael alzó la mano.
Respiró.
—El rey defendió este reino hasta el último aliento —dijo—. No cayó huyendo. No cayó suplicando. Cayó de pie… como vivió.
El murmullo recorrió la plaza.
Kael continuó:
—Nos dio tiempo.
—Nos dio futuro.
—Nos dio la oportunidad de volver.
Apretó el bastón con fuerza.
—Y ese sacrificio… no será olvidado.
Un soldado cayó de rodillas.
Luego otro.
Luego decenas.
—¡RANGOR! —gritó una voz.
—¡RANGOR!
—¡RANGOR!
El nombre del rey mono retumbó contra las murallas, no como lamento, sino como juramento.
Kael cerró los ojos un instante.
Y entonces… ella apareció.
La hija del rey avanzó entre la multitud.
No llevaba corona.
No llevaba armadura.
Solo dignidad.
Sus pasos eran firmes, aunque el mundo que conocía se había roto.
Sus ojos se encontraron con los de Kael.
Él negó apenas con la cabeza.
Ella entendió.
No gritó.
No se quebró.
Se acercó y apoyó la frente contra la de Kael, como su padre solía hacer.
—Gracias… —susurró—. Por traerlos de vuelta.
Una lágrima descendió por su mejilla. No fue de debilidad, sino de firmeza… como si se negara a caer del todo.
Kael levantó la mano y, con el pulgar, limpió esa lágrima con cuidado. Sus propios ojos ardían, pero su voz se mantuvo firme, rota solo por dentro.
—No… —dijo en voz baja—. No me agradezcas a mí.
Ella lo miró.
—Estamos aquí… porque tu padre murió de pie.
—Porque no retrocedió.
—Porque eligió que el reino viviera, incluso sin él.
Kael apoyó su frente una vez más contra la de ella, apenas un segundo.
—Todos volvieron… gracias al rey.
Ella cerró los ojos.
Y por primera vez desde la caída de Rangor, el dolor no se sintió solo.
Kael se giró entonces hacia el pueblo.
Alzó el bastón.
—No les prometo paz inmediata —dijo—.
—No les prometo que el miedo desaparecerá.
Su voz se endureció.
—Pero les prometo esto: mientras yo respire… Vashgorath no caerá.
El bastón resonó contra el suelo.
—No por mí.
—No por poder.
Miró a la hija del rey.
—Por él.
El viento cruzó la plaza.
Y en ese instante, todos entendieron algo:
El rey había muerto.
Pero su voluntad… acababa de elegir a quien la cargaría.